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Gente corriente

Vicens Prats : «Lo mío con la flauta fue un acto de rebeldía»

Gemma Tramullas

Son casi las diez de la noche y Vicens Prats (Palamós, 1960) hinca el diente con ganas a un solomillo tamaño tiranosaurio. Lleva todo el día escuchando audiciones en la Escola Superior de Música de Catalunya -a donde se desplaza quincenalmente desde París para dar clases- y aún tiene energía para relatar con pelos y señales su historia, la del hijo del carnicero de Palamós que en 1991 se convirtió en primer flauta solista de la prestigiosa Orquesta de París. A sus pies reposa el estuche que contiene una flauta de oro puro con un escudo del Barça en la base.

La historia del hijo del carnicero de Palamós que acabó tocando una flauta de 24 kilates en la Orquesta de París.

-Su abuelo fue pastor y se hacía flautas mientras arreaba las ovejas. Usted toca una flauta de oro de 24 kilates en París. Tener una flauta de oro no tiene ningún mérito, solo tienes que poder pagarla. En un flautista la belleza del sonido es muy importante pero hay gente que, incluso con una flauta de oro, toca mal.

-Los Prats de Palamós comparten un ADN muy musical. Mi bisabuelo cantaba en el coro de misa; mi abuelo fue pastor y carnicero, pero tenía voz de tenor; mi padre se dedicó a la carnicería pero siempre ha tocado el violín, y mi primera profesora de música fue mi tía paterna. Yo era -soy- más bien tímido y reservado, y me tocaba suceder a mi padre en la carnicería.

-Pero la flauta se impuso al bistec. Empecé con el violín, pero no se me daba bien, y pedí la típica flauta dulce. Me gustó su sonido y seguí tocando. Nadie tocaba la flauta en Palamós, era como ir contracorriente. Lo mío con la flauta fue como una terapia o más bien un acto de rebeldía.

-Empezó a estudiar como loco. Vine a Barcelona y por la mañana iba a la Facultad de Geografía e Historia, por la tarde al conservatorio y luego practicaba en casa hasta las diez de la noche. Mis compañeros de piso estaban desesperados. ¡Llegaron a tirarme petardos! Durante tres años estudié seis horas al día, peti qui peti, y pasé de un nivel bajísimo a un nivel aceptable.

-En 1980 el chico de pueblo llegó a París. Era septiembre y pasé de estar en la playa con mis amigos a estar solo en una gran ciudad donde llovía y hacía frío. La primera vez no me aceptaron en el conservatorio y me quedé para volver a intentarlo al año siguiente. Vivía en un hotel con goteras y los cristales de las ventanas rotos. Tenía tanto frío que para ir a dormir me ponía la chaqueta. Pero no dejaba de estudiar ni cuando los vecinos aporreaban la pared.

-Su obstinación acabó dando frutos. Fui el primer flautista español que entró en el conservatorio de París y en 1984 salí con el primer premio. Tantas horas de estudio me salvaron. Yo era un chico de pueblo que tocaba de oído; no tenía didáctica, ni cultura musical, ¡ni siquiera leía bien las partituras! Pero tenía cosas que se valoraban, como la expresividad. «¡Oh, qué temperamento!», me decían los franceses.

-¿Por la forma de tocar se puede saber cómo es la persona? Claro, igual que se puede intuir cómo es alguien por su forma de escribir. ¿Conoce la metagenealogía de Jodorowsky? Dice que a través de nuestra genealogía -hermanos, padres, abuelos...- se puede saber, más o menos, cómo somos. Yo tengo alumnos que acuden a mí para que les haga una especie de psicoanálisis a través de la flauta que les permita tocar mejor.

-¿Podría explicar algún caso? Después de escuchar atentamente a una chica le dije: «Eres la mayor de cuatro hermanos y siempre has tenido que ocuparte ellos». Ella me miró llorando, incrédula. Son muchos años de dar clases e interesarme por las personas. Uno puede tocar muy bien y estudiar mucho, pero si tiene un bloqueo emocional o físico llega un momento en que no puede progresar más, a no ser que vaya a la raíz del problema.

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