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Los efectos del debate identitario

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Soberanía y desigualdad

Josep Oliver Alonso

El nuevo Gobierno catalán debería situar la lucha contra la desigualdad y el fracaso escolar como estandartes de una nueva política pensada para la mayoría

Finalizado el proceso electoral, quizá convenga regresar a asuntos que, sumergidos por el torbellino del debate identitario, han desaparecido del panorama político. Temas sobre los que el próximo gobierno debería comenzar a pergeñar propuestas, dado su escaso avance en los debates y programas partidarios. Me refiero, en particular, al cáncer de la creciente desigualdad, tanto en lo relativo a ingresos como, en particular, a riqueza y oportunidades. Bien está, para los que crean que es hoy posible, la definición de la nueva República. Pero mejor estaría desbrozar algo el terreno y conocer en qué su despliegue -en el caso que así sea- va a incidir en aspectos tan críticos. Aunque, dados los muy distintos intereses en presencia, poco puede esperarse del nuevo gobierno independentista: el avance social quedará, lastimosamente, supeditado al avance nacional.

Pero, mientras aquí discutimos acerca de la soberanía y la restitución de la Generalitat, el mundo de la economía no se detiene. Quiere ello decir que continúan operando las tendencias de fondo que han presidido el funcionamiento de nuestra sociedad en los últimos años, y sus intolerables consecuencias sobre el nivel de vida y el bienestar de millones de catalanes.

Para tranquilidad de algunos, no es este un problema específico de Catalunya, ni de España. Hace unos días nos lo recordaba el 'World Inquality Report', publicado por la Paris School of Economics: la desigualdad del ingreso no ha dejado de aumentar en las últimas décadas, en particular en EEUU, China y Rusia. En este deprimente contexto, en Europa las cosas solo han ido algo peor: mientras en 1980, tanto aquí como en EEUU, el 1% de aquellos con mayores ingresos conseguía el 10% de la renta generada, en el 2016 ese peso se había elevado al 12% en Europa y a un insólito 20% en América. Y la reforma fiscal de Donald Trump, un gran regalo a los que más tienen, no solo no va a mejorar esta tendencia sino que la acentúa. Son resultados constatados una y otra vez en EEUU, donde el Inequality.org, del Institute for Policy Studies, viene denunciando esa lacra desde el 2011. Y si de los ingresos se pasara a la riqueza, la desigualdad que emerge sería mucho mayor, inclusive en países europeos líderes como Alemania.

Hogares pobres

Aquí, las sucesivas oleadas de la Encuesta de Condiciones de Vida no dejan de recordarnos que, en los últimos años, más del 22% de los hogares son pobres. Unas familias que, además, acogen a cerca del 30% de los niños del país. Y en eso Catalunya no es distinta. Añadan a ello el fracaso escolar, directamente vinculado al ingreso, y tendrán una realidad que debería avergonzarnos. Pero no se alteren: el mapa del fracaso escolar es un secreto guardado en los arcanos de los gobiernos de la Generalitat, sean del signo que sean. No sea que conocer la verdad nos pusiera colorados a todos.

¿Un fenómeno fatalmente ineludible? En absoluto. Pikketty viene insistiendo en la necesidad de una fiscalidad europea común que se dirija a reducir las desigualdades en ingreso y oportunidades, ya que la igualdad en riqueza, muy condicionada por la herencia, no existe. Recuerdo tiempos, ya lejanos, en los que los economistas investigaban sistemáticamente sobre la carga fiscal soportada por los distintos contribuyentes (desde la imposición sobre la renta y sociedades al IVA y las cotizaciones sociales).

La síntesis general de aquellos trabajos, hoy lastimosamente ausentes del interés académico, era la necesidad de reforzar la progresividad fiscal. En la actualidad, inmersos todavía en los efectos de la crisis financiera, hablar de impuestos sobre la riqueza o de incrementos de la imposición es algo que, por estos lares, no se puede mentar. Y ahí, el Gobierno español tiene aliados importantes: no encontrará en la Comisión Europea, tan proclive a demandar austeridad a los países en dificultades, ningún estímulo en esta dirección.

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Lo dicho. El nuevo Gobierno catalán debería situar la lucha contra la desigualdad y el fracaso escolar como estandartes de una nueva política pensada para la mayoría. Pero tengo para mí que, los próximos años, continuaremos debatiendo sobre el ser y la existencia de Catalunya como sujeto político. Algo sin duda muy relevante, aunque Madrid no quiera reconocerlo. Pero creo estarán conmigo que ese conflicto esconde otros quizá de mayor enjundia, aunque no exciten tantas pasiones. En el interín, el debate, ese sí esencial, hacia una sociedad más justa, con mayor igualdad de oportunidades para todos, continuará en el cajón de los recuerdos.

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