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DOS MIRADAS

Lo que se podía leer como una maniobra independentista se ha convertido en una indefensión a la que solo se puede hacer frente con una insurrección democrática

El Estado ha alcanzado el límite del acosador cuando se defiende y dice: "Lo he hecho porque ella me estaba provocando". Esta es la filosofía que anida en las palabras de Rajoy: "Nos obligarán a llegar a dónde no queremos llegar". Y después anuncia la valerosa acción de la Guardia Civil contra unos carteles no como un ejercicio natural (y, pues, aséptico) de la legalidad sino como un acto bélico, como quien exhibe las armas requisadas al enemigo, entre aplausos entusiastas. 

Los baches y los desatinos que hemos vivido esta semana terminaron con una concentración de alcaldes que ya no reivindicaban sino que se sublevaban. Esta es la clave de la cuestión. En estos días, asistimos a la batalla de los relatos y en la lucha por ver quién se lleva la verdadera y autenticada bandera de la democracia. Y, en este combate de legitimidades, que es una dialéctica política, está ganando el discurso a favor del referéndum.

Insurrección democrática

¿Por qué? Porque lo que se podía leer como una maniobra independentista en el Parlament se ha convertido en una indefensión ante el poder a la que solo se puede hacer frente con una (pacífica, por supuesto) insurrección democrática. Aquí, la maquinaria estatal está perdiendo, porque se desmonta la lógica de las élites por el ejercicio masivo de la soberanía popular. Han conseguido que el centro de gravedad se haya desplazado hacia "donde no querían llegar". Y llegar hasta aquí implica represión y descrédito. Es decir, derrota. 

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