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A pie de calle

Usuarios del huerto comunitario de inclusión social de Can Pinyol, en Sant Boi.

Los huertos urbanos

Laura Calvet-Mir

Son microespacios que ayudan a la integración y cohesión social y mejoran la salud y el bienestar

Uno de los retos urbanos del siglo XXI a nivel mundial, y especialmente en Europa, es conseguir ciudades más inclusivas socialmente, saludables y ambientalmente sostenibles en un contexto económicamente convulso. En un contexto de crisis económica, política y ambiental, en los últimos años la agricultura urbana, entre otras estrategias, ha suscitado un gran interés para hacer frente a estos tres desafíos urbanos (inclusividad, salud y sostenibilidad). En este sentido, múltiples iniciativas de huertos urbanos surgen como una solución económicamente viable para ofrecer nuevos espacios verdes en la ciudad. A nivel europeo se observa un resurgimiento generalizado del fenómeno de los huertos urbanos y una creciente demanda por parte de los ciudadanos.

Este hecho se ve también reflejado en la ciudad de Barcelona donde en el ámbito municipal los huertos urbanos se han promovido como una herramienta clave para conseguir ciudades más verdes y más habitables. De hecho, Barcelona ha incluido los huertos urbanos en su Pla del Verd y la Biodiversitat 2020, el cual se compromete a preservar y mejorar el patrimonio natural de la ciudad forjando una verdadera red de espacios verdes para mejorar las funciones ambientales y sociales.


'DESDE ABAJO'

Más allá de la vertiente municipal, los huertos no institucionalizados (muchos de ellos construidos en terrenos ocupados) empezaron a surgir desde el año 2002 en la ciudad y fue tras el estallido de la crisis financiera mundial en el 2008, y sobre todo con el movimiento de los 'indignados' que la siguió en el año 2011, cuando las iniciativas 'desde abajo' promovidas por los ciudadanos y los movimientos sociales alcanzaron un crecimiento sostenido e inundaron el tejido urbano. 

Esta práctica se ha contagiado en toda la ciudad con la adaptación de nuevos espacios en equipamientos como hospitales o escuelas o a través de particulares que aprovechan terrazas y balcones para desarrollar sus propios cultivos.

EDUCAR Y APRENDER

Cuando se habla de un huerto urbano no se hace referencia a un simple servicio de aprovisionamiento de alimentos naturales y de calidad. Los huertos urbanos son también microespacios de regulación climática en la ciudad, lugares donde educar y aprender, ayudan a la integración y cohesión social, mejoran la salud y el bienestar, facilitan el empoderamiento ciudadano y la recuperación del espacio urbano para fomentar las relaciones humanas al margen de las lógicas de mercantilización y monetización neoliberales que imperan actualmente en nuestro día a día.

 A nivel de ciudad, y sobre todo pensando en urbes compactas como Barcelona, ​​la agricultura urbana no debería tener como principal objetivo el aprovisionamiento de alimentos para alcanzar la autosuficiencia alimentaria, ya que es prácticamente inviable debido a las restricciones de espacio y a la gran cantidad de habitantes. Los huertos urbanos se deberían potenciar como una herramienta pedagógica y de conocimiento hacia la producción de alimentos.

De esta forma, y ​​como ya está sucediendo, las personas aprenden a conocer la temporalidad de los cultivos (el tomate en enero no se produce, excepto en invernaderos), las dificultades a la hora de cultivar los alimentos, los beneficios de cultivar de forma ecológica, etc. Estos aprendizajes llevan a tomar conciencia de lo que se está consumiendo y valorar lo que hay detrás, ayudando a un cambio en los hábitos de consumo y a una revalorización social del campesinado.

Los huertos urbanos, por lo tanto, son una herramienta de transformación social que tiene el potencial de ayudar a una transición agroecológica en el territorio donde se recupere la producción tradicional y ecológica, el interés por los productos históricos y los circuitos cortos de comercialización, como los mercados, la venta directa o las cooperativas de consumo.

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