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Los SÁBADOS, CIENCIA

Biología y cuidado de los hijos

Salvador Macip

La habilidad de ser buenos progenitores viene fijada por condicionantes sociales y no por los cromosomas

Hay pocos sonidos más insoportables que el llanto de un niño. La mayoría de humanos reaccionamos al oírlo con una incomodidad que nos empuja a buscar una solución, aunque el emisor no sea hijo nuestro. Un artículo publicado el mes pasado en la revista American Naturalist descubría que este instinto trasciende los límites de las especies: un ciervo, al oír un llanto grabado anteriormente, correrá a auxiliar de la misma manera a una cría suya que a una de foca, de marmota o incluso humana. De hecho, hace tiempo que se sabe que los perros responden cuando oyen llorar a bebés, igual que lo hacemos nosotros si un perro se queja, pero se creía que esto era un efecto secundario de la domesticación. Parece que no: en el llanto de un mamífero hay un componente ancestral y universal que dispara las alarmas de todos los otros animales de la misma clase, aunque en algunos casos nos separen hasta 90 millones de años de evolución.

El experimento se hizo con un ciervo hembra pero, al menos en humanos, todo indica que debería funcionar en ambos sexos. Existe la concepción, tan errónea como fuertemente arraigada, de que las mujeres están biológicamente más preparadas para la paternidad que los hombres. Que esto no es cierto lo demuestran estudios como el que apareció este mayo en la revista PNAS, donde un grupo de científicos explicaban que el cerebro de los padres experimenta los mismos cambios a nivel hormonal y funcional que el de las madres cuando ellos son los principales encargados de cuidar a los hijos. Estos datos corroboran un trabajo del 2011, también visto en PNAS, que decía que la paternidad hacía disminuir en los hombres los niveles de testosterona, una hormona normalmente implicada en actividades poco relacionadas con la atención a los bebés.

Así pues, las diferencias entre géneros en cuanto a la habilidad de ser buenos progenitores parecen determinadas sobre todo por condicionantes sociales, no por los cromosomas. Lo más grave es que no es solo la actitud machista de algunos hombres lo que perpetúa esta falacia, sino que muchas mujeres se sienten cómodas admitiendo su supuesta superioridad maternal, sin darse cuenta de que así entorpecen los esfuerzos que hacemos para evitar la discriminación en el mercado laboral.

Es evidente que aún existe el famoso techo de cristal que hace que algunos hombres vean a las mujeres menos capaces para ocupar puestos de responsabilidad en una organización, aunque me gustaría creer que la concienciación de las últimas décadas ha hecho que las nuevas generaciones ya no caigamos tanto en esta trampa. Pero, aparte de este impedimento, existe otro motivo que sabotea las carreras de las mujeres, y que se basa en esta malentendida capacidad biológica de ocuparse mejor de los niños. Tengo la impresión de que juega un papel importante en determinar estadísticas como la que se publicó en noviembre del año pasado en la revista Family Relations, donde se decía que, a pesar de que muchas parejas jóvenes creen que la responsabilidad de criar la descendencia en los primeros años debe ser compartida, a la hora de la verdad las madres pasan una media del 70% del tiempo libre cuidando a los hijos, mientras que en los padres esta cifra llega como máximo al 50%.

Solo hay una diferencia insalvable entre hombres y mujeres cuando hablamos de paternidad: los hombres no podemos incubar un embrión dentro de nosotros. Pero pasados los nueve meses de gestación no hay motivos biológicos para cargar el mochuelo mayoritariamente a las mujeres. Incluso la lactancia se puede compartir. Existen bombas que extraen leche, y si no, tenemos alternativas muy buenas que deberían dejar de demonizarse: aunque la leche materna es sin duda más recomendable, ningún niño ha sufrido daños irreversibles por haber sido criado con leche de tarro. Si este es el precio a pagar para recuperar una parte de la competitividad de la mujer, tal vez vale la pena hacer el sacrificio.

Es muy sencillo luchar por la igualdad de géneros cuando podemos echar toda la culpa al machismo ruidoso y atávico, fácilmente identificable con los estratos más casposos de la sociedad. Aunque es cierto que todavía quedan restos, es más peligroso este machismo social insidioso que llevamos hombres y mujeres interiorizado después de milenios de inmovilidad de los papeles sexuales en la pareja. Hasta que no seamos todos conscientes de que ese tipo de machismo existe, no haremos los primeros pasos para erradicarlo. La biología no lo apoya.

Que quede claro: no existe ningún impedimento físico para que los hombres que lo deseen puedan ocuparse más de los hijos que de su trabajo, del mismo modo que debería ser perfectamente normal que una madre escogiera dedicar más tiempo a su vida laboral que a tener cuidado de las criaturas, como mayoritariamente han hecho siempre los hombres.

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