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Enlaces de Barcelona

Oriol Bohigas

Los problemas de continuidad entre nuestros barrios son paralelos a los que aparecieron hace un siglo

El Laboratorio de Urbanismo de la ETSAB, fundado y presidido por el catedrático Manuel de Solà-Morales, ha sido durante muchos años -y lo es todavía- el mejor centro de investigación en temas de urbanismo y política territorial. Solà convocó en el 68 a un grupo de jóvenes urbanistas -especialmente arquitectos- que han profundizado las teorías y los objetivos fundacionales: por un lado, la metodología que implican los instrumentos del proyecto urbano y, por otra, la inclusión en las búsquedas los diversos temas que ha planteado la ciudad de Barcelona durante el largo periodo de su afirmación.

Ahora, con la sentida ausencia del maestro Solà, veo que el laboratorio sigue su camino. Se acaba de inaugurar una muestra con una selección de proyectos y propuestas de la última hornada de estudiantes. El catálogo de esta muestra -editado por los profesores Josep Parcerisa y Carlos Cross- explica muy bien su contenido, estructurado sobre siete puntos del tejido urbano de Barcelona, que tienen una capacidad de nudos centrales, pero que presentan unas evidentes deficiencias de continuidad y que interrumpen, por tanto, la eficacia de la urbanidad.

Acertadamente, la exposición se titula Barcelona. Enlaces. Digo acertadamente porque se refiere a los problemas actuales sugiriéndolos como una paralela a los que se experimentaron en los primeros años del siglo pasado con la decisión de estructurar de arriba a abajo el sistema de enlaces entre las poblaciones del Pla de Barcelona -recientemente agregadas al municipio de Barcelona-, lo que se concretó en un concurso internacional del que salió el Plan de Leon Jaussely y el Plan de Enlaces, cuya vigencia fue escandalosamente mínima, a pesar de ser, después de Cerdà, la primera propuesta de control total del ámbito urbano. Quizá tuvo más consecuencia en las polémicas sobre el uso y la representatividad del lenguaje, derivado, otra vez, de las euforias napoleónicas, que en la aplicación de un principio estructural de enlaces.

El primer acierto de esta operación docente es haber escogido muy bien los siete escenarios de investigación: 1. Gran Vía-Bellvitge. 2. Estació de Sants. 3. Sants-La Torrassa. 4. Gran Vía-Besós 5. Diagonal-Marina-Aragó. 6. El Carmel-La Rovira. 7. Diagonal-Esplugues. Todos -con mayor o menor intensidad- ya han pasado por algún cedazo de polémicas vecinales y, por tanto, ya no se pueden presentar como figuras asépticas, sino como problemas marcados por la sociología, la historia y la política. Además, todas las posibles soluciones deben relacionarse indefectiblemente con sistemas que abarcan una buena parte del Área Metropolitana: no son temas de simple esquina, sino, incluso, temas que se adentran en la imagen y las funciones de la ciudad. Y, para acabar de entender la complejidad, algunos estudios demuestran que, además de los enlaces -reducidos, a veces, en el trazado físico, los formularios de los ingenieros y los paisajistas- que pueden resolver parcialmente la continuidad, hay que utilizar otros instrumentos apropiados y difíciles de conseguir solo con la aplicación de la concordancia geométrica.

Necesitamos parámetros vitales. ¿Sabemos qué queremos decir cuando hablamos de hacer «una plaza activa»? ¿Una calle significativa? ¿Un barrio en el que los coches no embarranquen al peatón y este disponga de transportes adecuados? Todo esto pertenece al alma del barrio, un alma que es muy difícil de reproducir y -no digamos- de inventar. ¿Cómo se regula en la redefinición de un barrio esta alma colectiva? ¿Es posible o, tal vez, es mejor no confiar en los enlaces y esperar a que la permanencia y la superposición vayan autocorrigiéndose y acaben inventando un nuevo sistema con resultados más eclécticos, menos ambiciosos pero más ligados a una indefinida realidad social?

Esta línea de investigación universitaria puede tener también otras consecuencias muy positivas: puede crear, por ejemplo, unos sustitutos de las formas de participación popular hoy tan reclamadas, pero, a menudo, tan mal ordenadas. El Laboratorio de Urbanismo siempre ha sido un instrumento útil cuando se le ha consultado en las decisiones de las autoridades y los técnicos municipales. Pero quizá se podría pensar en una participación más sistemática. Por ejemplo: preparar a la opinión popular -y la de los especialistas que deseen intervenir- con estudios e investigaciones, planteados en fases anteriores a la inminencia de una realización. Esto, quizá, permitiría huir de las banalidades y de las demagogias que casi siempre manchan la normalidad científica de un proyecto. El laboratorio permitiría que los ciudadanos intervinieran sobre una base más clara y, sobre todo, con batallas no banales, sino enfocadas a los grandes núcleos de los problemas ciudadanos. Arquitecto.

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