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La reforma educativa

En la escuela empieza todo

Toni Mollà

El dilema es este: o enseñanza pública o beneficencia con propaganda neoliberal como envolvente

Una de las ventajas de la tecnología digital es que permite recuperar con rapidez la información allá donde estés. El otro día, por ejemplo, volví a ver Ça commence aujourd'hui (Hoy empieza todo, en versión española), la película en la que Bertrand Tavernier reflexionaba hace algunos años sobre el fracaso -sí, sobre el fracaso- de la escuela pública como factor de cohesión social en un mundo cada día más complejo y fragmentado. Más allá de la heroicidad militante del protagonista, Daniel Lefèbvre (Philippe Torreton), la cinta pone de manifiesto que el voluntarismo tiene poco margen de influencia en una sociedad con un 30% de paro y una corrosiva falta de capital social causada por la crisis económica.

La tecnología, que no atiende a leyes ni censuras, me permitió recuperar seguidamente Music of the heart (Música del corazón), dirigida por Wes Craven, con Meryl Streep de protagonista principal. Otra película sobre la educación y, en este caso, sobre la (des)integración social del East Harlem, uno de los barrios más marginales de Nueva York. La película americana, claro, es más amable que la francesa, puro cine social europeo. Music of the heart cuenta la historia (basada en hechos reales) de una abnegada profesora que intenta integrar a los niños marginales, o en peligro de exclusión, enseñándoles los secretos musicales. Una posibilidad más bien utópica, tal como advierte la madre de uno de los alumnos -una hermosa mujer negra- a la elegante Meryl Streep, maestra comprometida con su propio sueño americano.

De acuerdo con el gusto americano medio, Music of the heart es una comedia más o menos dramática que explota cinematográficamente los valores individuales, que son el alma fundacional de la cultura americana. Ça commence aujourd'hui, por el contrario, es un grito en formato casi de documental de denuncia y reivindicación de las políticas públicas. Sin ánimo de comparar contextos tan alejados, no podemos olvidar que Bertrand Tavernier lleva una historia republicana (y, por lo tanto, estatista) en su mochila intelectual. Desde la revolución de 1789, la escuela pública (y laica) francesa diseñada por Jules Ferry ha sido un instrumento determinante para la superación de la idea de súbdito y la creación de citoyens. Hasta el siglo XVIII la instrucción estaba, básicamente, en manos eclesiásticas y su único objetivo era la fabricación de creyentes y la eventual salvación de sus almas. De hecho, la Iglesia católica y la cultura cortesana parisina fueron enemigos viscerales de la Enciclopedia, germen intelectual -con Dennis Diderot al frente- de una lucha, aún inacabada, contra el oscurantismo y el pensamiento de origen divino. Por su parte, Music of the heart es una reivindicación de la beneficencia, que es la manera americana de obedecer la propia conciencia. No estoy en contra de tal práctica: puede ser una solución puntual y aporta valores de solidaridad, al margen incluso de su función social. Pero dista mucho de ejercer la función sociopolítica que solemos atribuir a la enseñanza.

Ciertamente, el pensamiento ilustrado francés está en el origen de una escuela pública y laica, que nuestra tradición republicana y antifranquista convirtió también en coeducativa y arraigada en lengua y contenidos al medio sociocultural. Es decir, a las características del espacio y el tiempo en que se desarrollan las capacidades de los ciudadanos, y en las antípodas de las locuras golpistas formuladas sistemáticamente desde Madrid, ahora por el ministro Wert y los lobis empresariales católicos, y siempre por los nostálgicos de la Escola de Ribera que cantaba mi paisano Ovidi Montllor: «La pregunta era / Qui és? / La resposta era: / Déu. / La consigna era: / Pàtria. / La resposta era: / alçar el braç».

Este es todavía, en mi opinión, el dilema entre dos modelos de Estado -digo de escuela, que es lo mismo- que responden a las películas citadas. O escuela pública con todas las de la ley (propia: del Estado propio) o beneficencia medievalizante con propaganda neoliberal como envolvente. No hay más. La caridad (cristiana o no) es el último recurso al que recurrir, cuando las políticas públicas y el Estado -central y periférico, que tanto monta, monta tanto- han abdicado de su función correctora de desigualdades heredadas o sobrevenidas. Cuando, de hecho, la política ya no existe. A pesar de mis antiguas creencias pedagógicas ferreristas (de Ferrer i Guàrdia), el posibilista radical que llevo dentro me obliga a creer en la escuela -¡en la escuela francesa!- como contrapeso de un mundo cada vez más desbocado y anómico. Mientras resolvemos nuestras dudas sobre el modelo escolar, y ya llevamos algunos años, podemos estar tranquilos porque nuestros héroes los maestros no fallan aunque les recorten la tiza y el puntero.

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