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LA SEMILLA DEL TERCER REICH

La macabra herencia de Himmler y Mengele

La abogada Tania Crasnianski indaga en el libro 'Hijos de nazis' sobre el legado de los descendientes de ocho destacados acólitos de Hitler

Anna Abella

Heinrich Himmler, con su esposa Marga y su hija Gudrun, en 1930.   / periodico

Heinrich Himmler, con su esposa Marga y su hija Gudrun, en 1930.
Albert Speer observa cómo Hitler le señala la maqueta de un proyecto arquitectónico, en 1936.
Josef Mengele (centro) y Rudolf Höss (izquierda), en Auschwitz.
Katrin Himmler, sobrina nieta de Heinrich Himmler, durante su visita a Barcelona en el 2011.

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Unos reniegan de su apellido y de su lazo de sangre, esterilizándose para no transmitir la semilla nazi, ordenándose sacerdote, convirtiéndose al judaísmo o aliviándose ante la foto del cadáver de su progenitor. Otros siguen idealizando y defendiendo a sus padres y negando el Holocausto, como las mimadas hijas de Himmler y Göring. El único denominador común entre estos “hijos de héroes que pasaron a ser hijos de verdugos” fue “el duro legado” y la “imposibilidad de ignorar la historia familiar”. La abogada criminalista Tania Crasnianski -nacida en Francia, de madre alemana, padre ruso-francés y abuelo militar de la Fuerza Aérea que nunca quiso hablar con ella de la guerra- indaga en ‘Hijos de nazis’ (La Esfera de los Libros) cómo han vivido su herencia criminal los descendientes de ocho destacados acólitos de Hitler, entre ellos, Mengele y Albert Speer.

LOS HIJOS DE RUDOLF HÖSS, COMANDANTE DE AUSCHWITZ

Eran cinco niños que en su lujosa casa al lado de Auschwitz olían a carne quemada, recogían fresas sucias de ceniza, tenían criados de pijamas de rayas que jugaban con ellos y de vez se sentaban en las rodillas de “tío Heini” (Himmler) cuando este iba de visita. Su cariñoso padre, que les contaba cuentos y les leía poesía, era Rudolf Höss, comandante del campo de exterminio, con “una apatía de esquizofrénico y una falta de empatía digna de los mayores psicópatas”, según el psiquiatra de la prisión donde acabó sus días antes de ser ahorcado en 1947. Su hija Brigitte buscó el anonimato en Estados Unidos, donde trabajó para una familia judía que no la despidió a pesar de averiguar quién era. Ella siempre ocultó su identidad, hasta a sus hijos, pero siempre vivió en “la negación” del Holocausto, como la mayoría de la familia, que consideran “un traidor” y un “mentiroso” a Rainer Höss, hijo de Hans-Jürgen, segundo hijo varón del jefe nazi, quien tampoco le había contado quién era en realidad. Este nieto se enteró brutalmente en el internado, cuando fue golpeado por el jardinero, superviviente de Auschwitz. Desde entonces, Rainer no pudo “cerrar los ojos” y sintió el peso de la herencia familiar, que exorcizó luchando contra la extrema derecha. “Si supiera dónde está enterrado mi abuelo, iría a orinar sobre su tumba”, confesó.

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MUSEO DEL HOLOCAUSTO DE NUEVA YORK

Josef Mengele (centro) y Rudolf Höss (derecha), en Auschwitz.   

ROLF MENGELE, VÁSTAGO DEL 'ÁNGEL DE LA MUERTE'

Frío y cínico, el doctor Josef Mengele era 'el ángel de la muerte' de Auschwitz, donde decidía quién vivía y quién moría y donde se nutría de los cobayas, sobre todo gemelos, que aniquilaba en su laboratorio. Tras la guerra fue una de las presas más codiciadas de los cazadores de nazis pero murió libre, ahogado en una playa de Brasil en 1979. Dos años antes había ido a visitarle en secreto su hijo Rolf, nacido en 1944 y al que su madre le ocultó quién era su padre durante años. Su vástago, abogado izquierdista que se cambió el apellido, quería verle “en carne y hueso” para intentar “comprender cómo ese hombre, que pese a todo seguía siendo su padre, había podido participar activamente en aquella empresa de muerte”. En el encuentro, Mengele lloró, pero su hijo llegó a la conclusión de que “no se arrepentía de nada, se mantenía fiel a los ideales del nacionalsocialismo y convencido de la superioridad de la raza aria”, alegando que solo había cumplido con su deber. Rolf, “dividido entre el amor filial y el rechazo”, no volvió a verle, pero fue incapaz de traicionarlo y denunciar su paradero. 

GUDRUN HIMMLER, LA MUÑEQUITA DE PAPÁ 

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Himmler y su hija Gudrun, en la portada del libro de Crasnianski.

De niña, cada Año Nuevo visitaba a su ‘tío’ Hitler y este le regalaba una muñeca y una caja de chocolates. Para Heinrich Himmler, el jefe de las SS y uno de los artífices de la Solución Final, su adorada Gudrun era su “püppi” (muñequita, en alemán), la “princesa” del nazismo, precisa Crasnianski, una “alemanita perfecta, de rubias trenzas y rostro angelical”, que hoy, a sus casi 88 años, mantiene lazos activos con la extrema derecha y grupos neonazis y sigue absolutamente fiel y defensora de la figura e ideas de su padre (que se suicidó con una cápsula de cianuro cuando los aliados lo capturaron en mayo de 1945). Dos meses antes, una Gudrun de 15 años escribía en su diario: “En Europa ya no tenemos aliados, dependemos de nosotros mismos. Y entre nosotros hay tanta traición (...). Göring, ese fanfarrón, no se ocupa de nada. Goebbels hace mucho, pero siempre quiere figurar. Todos reciben medallas y condecoraciones, menos papá, cuando debería ser el primero en recibirlas”. Era hija de Himmler y de su esposa Marga, de la que este se separó en 1940 para vivir con su secretaria, Hedwig Potthast, con la que tuvo dos hijos más, un niño y una niña, dando ejemplo de la bigamia preconizada por las SS para engendrar más niños de pura raza aria. Pero el 'reichsführer' nunca dejó de lado a su mujer ni a Gudrun, a la que escribía continuas cartas, llamaba a diario por teléfono (siempre andaba de viaje) y enviaba regalos.    

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JOAN CORTADELLAS

Katrin Himmler, sobrina nieta del líder nazi, en una visita a Barcelona para presentar 'Los hermanos Himmler'.

Mientras que Gudrun llevó su macabra herencia con orgullo, para Katrin Himmler, sobrina nieta del líder nazi, que se casó con un judío descendiente de víctimas del gueto de Varsovia, su apellido era una vergüenza. Exorcizó el pasado familiar en ‘Los hermanos Himmler’ y coordinó ‘Himmler, según la correspondencia con su esposa’.

EDDA GÖRING, EL "RAYO DE SOL" DEL NERÓN NAZI

Edda Göring, como Gudrun, era otra “princesita”, el “rayo de sol” del “Nerón de la Alemania nazi”, escribe Crasnianski, que da cuenta de que su padre, el jefe de la Luftwaffe y lugarteniente de Hitler, que llegó a pesar 145 kilos y era morfinómano, fue un “amante del lujo y la opulencia” que “adoraba pavonearse” y recibir a los invitados en toga romana, con las uñas pintadas de rojo, maquillado y con anillos de diamantes. Hija única, nacida en 1938 de un Göring viudo de 45 años y de su segunda mujer, Emmy, actriz de teatro, tuvo a Hitler de padrino y creció mimada y sin privaciones en una ostentosa mansión llena de obras de arte expoliadas a los judíos por su padre, con crías de león, piscina cubierta y 600 metros de trenes eléctricos. Como Gudrun Himmler, sigue fiel a los movimientos neonazis, siempre ha reivindicado su apellido con orgullo, siente un “amor inalterable por su padre y se niega a ver” su papel en el Holocausto. Criminal juzgado en Núremberg, antes de ser ahorcado se suicidó, como Himmler, con cianuro en 1946. Edda tenía entonces 7 años; con 76, en el 2015, reclamó al Parlamento bávaro que le restituyeran los bienes confiscados a Göring, demanda que se desestimó. 

Y como Katrin Himmler, también la sobrina nieta de Göring, Bettina, y su hermano Matthias, rechazan la herencia de sangre y el “fervor nazi” del resto de su familia. Ambos se esterilizaron “para interrumpir el linaje y no engendrar otro Göring” y Matthias, además, se convirtió al judaísmo y se fue a Israel: “No me siento culpable. Existe una culpa espiritual en nuestra familia, la nación alemana, y es nuestra responsabilidad declararlo abiertamente”, asume.

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Hermann Göring, girándose para hablar con un impasible Rudolf Hess, en el banquillo de los juicios de Núremberg. 

RÜDIGER HESS, VÁSTAGO DEL "MÁRTIR DE LA PAZ"

Rudolf Hess, delfín de Hitler y tercer hombre del Reich, voló solo y en secreto a Escocia en 1941 con una propuesta de paz para Inglaterra creyendo cumplir -o cumpliendo (el misterio aún rodea el episodio)- los deseos del ‘führer’. Su único hijo, Rüdiger, tenía entonces 4 años y Hitler era su padrino. Hess pasó el resto de la guerra prisionero, luego fue juzgado en Núremberg y condenado a cadena perpetua. Sufría, según los aliados, paranoia aguda y esquizofrenia. Para su vástago, que no entendió ni aceptó nunca la sentencia, su padre, aunque nunca renegara de su fanatismo y antisemitismo, era un “mensajero y un mártir de la paz”. Rüdiger no volvió a verlo hasta 1969 porque durante 24 años Hess se negó a que su familia lo visitara en la prisión de Spandau, donde moriría con 93. Pero siempre luchó para rehabilitarlo, intentó mejorar las condiciones de detención y liberarlo, y escribió tres libros sobre él intentando demostrar que Hitler estaba al corriente del viaje a Inglaterra. Ante la sospechosa muerte de Hess, ahorcado con cable eléctrico, siempre dudó que fuera un suicidio y denunciaba un asesinato por parte de los británicos. 

MARTIN ADOLF BORMANN, EL PRIMOGÉNITO QUE TOMÓ LOS HÁBITOS  

Hitler también fue padrino de Martin Adolf, el primogénito de diez hermanos y el que más sufrió el distanciamiento y la frialdad de su estricto padre, el maquiavélico y poderoso Martin Bormann, al que los otros jefes nazis temían y del que desconfiaban por la confianza que el 'führer' le mostraba. Se crió sin cariño en la casa que la familia tenía en el Obersalzberg, los dominios bávaros de Hitler a los que Bormann también llevó a su amante, bendecida por su esposa, Gerda, que estaba a favor de la bigamia. Pronto, el joven Martin Adolf fue enviado a un internado donde creció en el marco disciplinario estricto de una educación nacionalsocialista, marcando el definitivo distanciamiento con el resto de la familia. El final de la guerra le pilló con 15 años y se refugió en el anonimato, acogido por una familia católica y rural. No se sabe con seguridad si Bormann murió cerca del búnker de Hitler en Berlín, en 1945, como apuntarían unas pruebas de ADN. Lo que sí es cierto es que su hijo mayor se hizo sacerdote en 1958 y ejerció de misionero en la guerra civil del Congo, donde fue torturado. Convaleciente en el hospital de un accidente de coche en 1971, se enamoró de una religiosa y ambos colgaron los hábitos y se casaron. Nunca pudo hablar con sus padres de su pasado, pues su madre murió de cáncer en 1946 y sus hermanos fueron a familias de acogida.

ALBERT SPEER JR., EL LEGADO DEL ARQUITECTO

El hijo mayor de Albert Speer, el ministro y arquitecto de la megalomanía de Hitler, comparte nombre y profesión pero como sus otros cinco hermanos, nunca tuvo una relación fácil con su padre, que condenado en Núremberg a 20 años salió de la cárcel de Spandau en 1966, con 61. Sus vástagos, que eran muy niños durante la guerra, le consideraban un “criminal de guerra”. Para ellos era un extraño, tenían problemas de comunicación con él, no se entendían, y acabaron evitándole ya en libertad. Estando preso, Speer escribió sus memorias y se exculpó buscando la rehabilitación y alegando que se sintió fascinado por Hitler, que solo se veía como un arquitecto. Sin embargo, admitió su responsabilidad. “Si no vi nada es porque no quería ver (...) Sospechaba que pasaba algo espantoso”, admitió a la prensa. Hilde, su hija preferida, que en fotos de niña aparece cogiendo la mano de Hitler, un contacto que ahora le “repugna” y un recuerdo, que como sus hermanos, prefiere reprimir, ayuda a una fundación de mujeres judías. Todos sienten, señala Crasnianski, más vergüenza que culpa. 

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Albert Speer observa cómo Hitler le señala la maqueta de un proyecto arquitectónico, en 1936. 

NIKLAS FRANK, HIJO DEL 'CARNICERO DE CRACOVIA' 

Niklas, hijo menor de Hans Frank, el 'carnicero de Cracovia', se masturbaba cada aniversario de la muerte de su padre, ejecutado en la horca cuando él tenía tan solo siete años, tras los juicios de Núremberg, y siempre lleva consigo una fotografía de su cadáver: “Me satisface el aspecto de la foto: está muerto”. Eran cinco hermanos, criados con todo lujo en un palacio renacentista pero con unos padres fríos, dominadores y distantes. Solo Niklas y el mayor, Norman (quien decidió no tener hijos para no perpetuar el gen a pesar de reconocer que le quería), aceptaron que su padre era “un criminal”, el resto abrazaron “la negación”. “Su culpa es nuestra herencia”, asume Niklas, entrevistado por la autora, que constata que “la falta de arrepentimiento de su padre le resultó insoportable”. Para él, era un “asesino”, además de vanidoso, hipócrita, cobarde y patético “lameculos”, al que detestaba y que estuvo a cargo de los guetos polacos. El pequeño Niklas, “el principito”, se quedaba en el interior del Mercedes con chófer con el que su madre visitaba el gueto de Cracovia para hacerse con joyas, pieles y aquellos “corsés tan bonitos que hacían los judíos”. Ya escritor y periodista, publicó dos libros demoledores, uno contra el padre y otro contra la madre, que le valieron ataques públicos de los hermanos que no renegaban de su apellido.

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