El Periódico

Una tradición cuestionada / La historia de la fiesta

La barretina por montera

La importancia de sus plazas, diestros e intelectuales engrandece la tradición taurina de Catalunya

BCN se convirtió en la capital del mundo de los toros a mitad del siglo XX

JOSÉ I. CASTELLÓ
BARCELONA

Domingo, 25 de julio del 2010

Si un aficionado de la plaza de toros de la Barceloneta del siglo XIX resucitase en la arena de la Monumental de nuestros días quedaría asombrado de la intensa historia que ha vivido la tauromaquia catalana. Toda ella bien documentada y muy notable, en la que toreros, ruedos, intelectuales y empresarios hicieron mucho para avalar la catalanidad de la fiesta y realzar el protagonismo de Barcelona.

Desde el primer brindis taurino en una lengua que no fuese castellana –pronunciado en catalán en 1862 por el torero de Torredembarra Pere Ayxelà, Peroy, y documentado por Néstor Luján en su libro Tauromaquia– hasta la barretina por montera que lució el pasado mayo el diestro de Montcada i Reixac Serafín Marín, han transcurrido dos siglos de historia de la fiesta de los toros en Catalunya. Tiempo de consolidada tradición taurina, mamada en centurias anteriores con las primeras noticias de la celebración de festejos organizados por Juan I en 1387 y de una fiesta en 1601 para homenajear el natalicio de una de las hijas de Felipe III.

También hay constancia de espectáculos con toros en tiempos de Felipe IV, Carlos IV y Fernando VII. Fiestas en ruedos ocasionales de la Barceloneta, las Drassanes y el Born, hasta que en 1827 la monarquía dio permiso a la Casa de Caridad de Barcelona para edificar una plaza estable. La andadura de este coso de la Barceloneta, al que se llamó El Torín, fue polémica. Una corrida de 1835 culminó en una revuelta popular que acabó con la quema de conventos. Un cántico popularizó la protesta: «El dia de Sant Jaume/ de l'any trenta-cinc/ va haver-hi bullanga/ dintre del Torín./ Van surtir sis toros/ que van ésser dolents./ Això fou la causa/ de cremar els convents».

Víctor Balaguer, cronista

A finales del siglo XIX fue tan intensa la actividad taurina en Barcelona que en la capital llegaron a publicarse más revistas especializadas que en ningún otro lugar de España, al margen de Madrid. Un poco antes, Víctor Balaguer, eminente catalanista, poeta, literato, político y crítico de arte, se ocupó de publicar las reseñas de las corridas en el Diario de Barcelona.

A lo largo de tantos años, las anécdotas fueron innumerables con la cantidad de festejos que se celebraron. Barcelona tuvo el honor de hacer sonar por primera vez la música durante una faena y pudo presumir de tener a la vez tres hermosos coliseos para complacer el gusto de muchos catalanes: El Torín, Las Arenas y la Monumental.

La plaza de Las Arenas, de inspiración mudéjar, se inauguró el 26 de junio del 1900, según el proyecto del arquitecto August Font Carreras. Tenía capacidad para 14.900 espectadores y fue testimonio de hechos trascendentales de la historia de Catalunya, como el mitin de Salvador Seguí, el Noi del Sucre, con ocasión de la huelga de La Maquinista.

El 14 de abril de 1914 abrió sus puertas el coso Sport, con un aforo para 8.000 personas y obra del arquitecto modernista Joaquim Raspall Mayol. La plaza fue después ampliada por Ignasi Mas Morell y se rebautizó como Monumental, con capacidad para 19.000 espectadores.

Barcelona alternó las tres plazas hasta 1946, cuando fue derribado El Torín. Y hasta una década antes del cierre de Las Arenas, en 1977, la ciudad se situó en lo más alto del escalafón taurino español. Porque nunca faltaron público ni espadas de primera fila. Ni uno de los grandes iconos de las edades doradas del mundo de los toros: la rivalidad entre dos figuras. Así, ya a finales del XIX, los aficionados catalanes tomaron como suyo en sus ruedos el duelo entre Lagartijo y Frascuelo; después, entre Gallito y Belmonte; acabada la guerra civil, entre Manolete y Arruza, y en los últimos años de éxtasis taurino barcelonés, entre Chamaco y Bernadó. Por los cosos catalanes también desfilaron otras figuras del toreo, entre ellos matadores de la tierra como Gil Tovar, Mario Cabré, Luis Barceló y, últimamente, Serafín Marín.

Auge en los años 40

Barcelona se convirtió a mediados del siglo XX en la primera capital taurina del mundo: tanto en número de corridas –en los años 40 ni Madrid logró superarla– como en la calidad de carteles y toreros. El artífice fue Pedro Balañá Espinós, cuyo apellido sigue presente en la actualidad porque la tercera generación de la familia es propietaria de la Monumental. Este empresario hizo de la ciudad el epicentro del orbe taurino durante 30 años. Atrajo a los ruedos a tanta gente como la que hoy visita la Sagrada Família un domingo de agosto. Y logró que en las calles barcelonesas se hablase de toros durante toda la semana de enero a diciembre.

De esta vida taurina catalana se sabe por los intelectuales. Porque desde las primeras tertulias sobre Manolete en el restaurante Can Solé, hasta las actuales charlas sobre José Tomás en Casa Leopoldo, ilustres arquitectos, políticos, médicos, empresarios y artistas catalanes dejaron testimonio del gusto del pueblo por los toros. Ellos no solo hablaron de la Barcelona taurina. También de la Tarragona torera y de la fiesta en Girona, donde hubo corridas desde 1715, y de la plaza de Olot, construida en 1859 y de las más antiguas de España.

En Girona pasó lo mismo que en Barcelona: la película Pandora y el holandés errante (1951), interpretada por Ava Gardner y el torero catalán Mario Cabré, hizo que a finales del franquismo muchos turistas sin vocación taurófila fuesen a las plazas atraídos por el imaginario colectivo del typical spanish.

Décadas después, los altos precios, las campañas antitaurinas, las segundas residencias y las nuevas alternativas de ocio propiciaron la decadencia. Más tarde, ni los Litri, Jesulín, El Juli, Ponce, Espartaco y El Cordobés reanimaron el espíritu taurino catalán. Solo José Tomás ha sido capaz estos últimos años de sacarle a la tauromaquia de Catalunya los mejores olés de su residual estado. Quizá los últimos de su intensa y larga historia.

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