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Lunes, 24 de febrero del 2014 - 12:44 CET

Es hermoso comprobar cómo este Barça impostado mantiene alguna de las señas de identidad que le hicieron un equipo grande, admirado o cuanto menos distinto. Nunca jamás llegó a lo más alto sin ser el mejor, el equipo más bello del mundo. Nunca. Parece que La Masia y décadas de herencia futbolera en el vestuario inculcaron a los futbolistas de la casa un escrupuloso sentido de la justicia. Por eso saben cuándo merecen ganar, y aquel día coge Iniesta y con el único pepinazo de su carrera destruye Stamford Bridge. Por las mismas razones, saben mejor que nadie cuándo merecen palmar y hay días que casi parece que se les vaya a caer literalmente la cara de vergüenza. Son, ya lo ven, justicieros hasta las últimas consecuencias.

Eso ocurrió en Anoeta. Sería injusto decir que jugaron mal. Sencillamente, no aparecieron durante los 90 minutos: el chispazo de talento de Busquets y Messi no convalida como partido. De nuevo la cruda realidad: a este oxidado campeón le van los acordes de Handel y las cenas de cubertería de plata del mismo modo que se le atragantan los menús de entre semana con el telediario de fondo.

Perdonen la melancolía, pero ahora que la obra Guardiola empieza a adquirir en nuestras cabezas la dimensión colosal que tuvo realmente, algunos echamos la vista atrás y no añoramos la brillantez, el hambre ni el vértigo; sino sencillamente un plano de televisión, uno solo, en que apareciera el banquillo o el túnel de vestuarios sin tres tíos muertos de risa. Es curioso: cuando en la banda mandaba Guardiola ahí no sonreía ni cristo pero todos éramos felices; hoy ese vestuario es una fiesta y el sonido de sus fanfarrias nos lleva de funeral. La diferencia, lo habrán adivinado, se llama tensión competitiva. Ya lo ven: hace días que Nacho Vidal abandonó su ropa interior y ahora son más de una vez al mes y cari no aprietes.

Existe una fórmula, una varita mágica, para que nuestros jugadores vuelvan a competir cada minuto como si no hubiera mañana. Sería sencillo: que TV3 televisara y emitiera todos los entrenamientos del equipo. Todos, de lunes a domingo. Alehop, volvería el gran Barça o por lo menos, un sucedáneo potable. Pero no se me ilusionen, ya saben que eso no va a ocurrir: los grandes crímenes no pueden perpetrarse sin un conveniente manto de secretismo. Si hoy pudiéramos meter furtivamente una cámara en un entrenamiento, aparecería ahí un vaquero quinqui y sudado que, cerveza en mano, nos miraría a los ojos y con voz produnda nos diría que merecemos morir.

Post publicado en el blog La caverna azulgrana

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