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Viernes, 6 de mayo del 2016 - 16:50 CEST

Leo 'Marienbad eléctrico', el nuevo billete de entrada a la Casa de los Espejos Literarios de Enrique Vila-Matas, y en las primeras páginas aparece la figura de Arthur Rimbaud. No me sorprende: el poeta francés es para él una referencia desde hace años, cuando escribió un texto precioso sobre el camino a la escuela por el paseo de Sant Joan ('La calle Rimbaud'). Ahora Vila-Matas recuerda la fascinación que siente por Rimbaud y cita una de sus frases más reconocidas: "Je est un Autre" (Yo es Otro). La afirmación proviene de una carta que Rimbaud escribió en 1871 y el fragmento entero dice:"Sería falso decir que yo pienso; más bien debería decirse: se me piensa. Perdón por el juego de palabras. Yo es otro".

Hacía años que no leía esta frase, quizá porque tengo la poesía de Rimbaud un poco olvidada, pero en cambio reconozco al instante la importancia y el atrevimiento de sus palabras, esa urgencia por desligar la persona que escribe de su voz poética en si misma. De alguna forma, con ese error gramatical adrede -"Yo es"- Rimbaud subrayaba el misterio que surge de cualquier texto, el escalón que habrá siempre entre lo que alguien escribe y lo que el lector entiende, sobre todo cuando la distancia entre autor y narrador parece mínima (y precisamente la obra de Vila-Matas es un buen ejemplo de ello).

Curiosamente, unos años antes otro autor francés vino a decir lo mismo, pero al revés. "Madame Bovary c’est moi", dijo Flaubert, "Madame Bovary soy yo", y aquí el equívoco no es gramatical, sino un juego de travestismo. El autor es la protagonista, es decir, el yo es Otra (es Emma). Rimbaud huye de la asimilación con lo que escribe porque hace poesía moderna; Flaubert reclama esa asimilación porque escribe novela realista.

Ahora que está tan en boga la autoficción y los ejercicios en primera persona, estas afirmaciones nos recuerdan que el autor siempre se disfraza de alguien más, incluso cuando parece que no. Y si todavía quedan dudas, podemos recordar las palabras de Gombrowicz que Vila-Matas también recoge en su libro: "Yo no era nada, por lo tanto podía permitírmelo todo".

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