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Las nuevas fuentes de energía

Francesc Reguant

Francesc Reguant

Economista

Agrocarburantes: cómo y dónde

La obtención de combustibles a partir de productos de la tierra es un riesgo para la alimentación

Lunes, 10 de enero del 2011

El petróleo vuelve a mostrar signos alcistas y el cambio climático reclama actuaciones. Esta pareja de hechos recuerda el interés hipotético de la producción de agrocarburantes. Sin embargo, los llamados de primera generación -combustibles como el etanol y el biodiésel, obtenidos a partir de productos de la agricultura (maíz, caña de azúcar, colza, girasol, etcétera)- han nacido cargados de polémica. En abril del 2008, en plena crisis alimentaria, John Ziegler, relator de la ONU para el derecho a la alimentación, llegó a afirmar que la producción masiva de agrocarburantes era un crimen contra la humanidad. ¿Cuál es el pecado? Competir con la alimentación en un mundo con 1.000 millones de desnutridos. ¿Y el argumento para producirlos? Que se trata de una energía renovable. ¿Con que estímulo? La fácil obtención de un combustible renovable que no requiere apenas modificaciones en los motores de los vehículos actuales.

Los agrocarburantes están teniendo un peso significativo en la demanda agrícola. Brasil y Estados Unidos son los principales productores, pero el impulso de su producción es global. Solo en EEUU, en el 2010 se destinó el 35% de la producción de maíz a etanol. El dato es relevante, ya que EEUU produce el 40 % del maíz mundial.

Un reciente estudio del Banco Mundial sobre el papel de los agrocarburantes como detonante de la espiral especulativa de la crisis alimentaria del 2007-2008 y la ambigüedad de sus logros medioambientales propone reconsiderar el optimismo sobre estos combustibles y sugiere la adopción de más precauciones en el futuro. El mismo estudio considera que solo puede afirmarse que los agrocarburantes actuales ayudan a la reducción de gases de efecto invernadero si no se contabilizan los efectos del cambio de uso del suelo -el desplazamiento de otro cultivo alimentario o la deforestación-, algo que sin duda sucede cuando se plantea una producción a gran escala. Ante esta conclusión, un estudio de Danielsen sugiere que reducir la deforestación puede ser una vía más efectiva en la mitigación del cambio climático que el uso de agrocarburantes.

En cuanto a su relación con la seguridad alimentaria, es indudable que la escalada productiva de agrocarburantes no pasa desapercibida por los mercados. Es más, la posibilidad de obtener combustible a partir del trigo, el maíz o la caña de azúcar ha establecido una fuerte correlación entre los precios de los alimentos y los del petróleo. Por otra parte, la tensión oferta-demanda parece cada vez más evidente: entre marzo y noviembre del 2010, el precio del maíz en la lonja de Barcelona se incrementó un 49%. Y no todo es especulación, pero si la hay -que la hay-, alguna razón la alimenta.

Añadir factores de riesgo en un mercado tan sensible y esencial como la producción de alimentos solo debería hacerse desde marcos de coordinación global. Bajo este supuesto, la producción de agrocarburantes podría jugar un papel en la regulación de mercados, asumiendo la función de absorción de excedentes dentro de unos márgenes convenidos de equilibrio oferta-demanda. Eso supondría la modificación de la dinámica de producción de las plantas transformadoras al pasar a depender de una oferta condicionada. El modelo podría asemejarse al de otros centros de producción energética como las centrales eólicas, fotovoltaicas, termosolares o hidroeléctricas, donde la fuente de energía está condicionada por factores externos, en este caso meteorológicos.

Como contrapunto al marco global, debemos preguntarnos cuál es el papel que puede o debe jugar la agricultura local ante esta alternativa. En términos simples podemos responder que se trata de una alternativa productiva más y dependerá del precio que ofrezca el mercado, precio que puede venir influido por determinadas políticas de estímulo que hagan interesante esta vía.

Pero un posible aliciente coyuntural o una moda importada no deben cegarnos sobre la realidad estructural de esta alternativa. Para producir agrocarburantes solo se pide biomasa, es decir, cantidad, cuando precisamente Catalunya, con clima mediterráneo, obtiene en secano bajos rendimientos productivos y en regadío hay que tener en cuenta el coste de un agua cada vez más escasa. Por el contrario, eso y unas condiciones edafoclimáticas (suelo y clima) tan variadas ofrecen la mejor plataforma para una producción diversificada orientada a la calidad. Y, en cualquier caso, Catalunya es deficitaria en alimentos, por lo que en parte debe importarlos, sobre todo para su ganadería, base de su potente industria alimentaria. No tendría mucho sentido invertir en plantas industriales transformadoras para obtener etanol con materia prima importada o compitiendo con unos alimentos que de otro modo también deberemos importar.

Simplificando, Catalunya tiene energía hidroeléctrica, mar, viento, sol y biomasa de sus poco productivos, aunque extensos, bosques, pero no un clima apropiado para inmovilizar recursos a largo plazo para producir agrocarburantes. Economista.

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