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Joan Barril

La soledad del chulo

Miércoles, 2 de enero del 2013

Oriol Junqueras y Artur Mas, en el Parlament.

El otro día me escribió un amable lector de Cervelló que me comparó con Intereconomía y cosas peores. Los lectores siempre son amables, porque a veces no leen bien, pero leen. Y a veces llevan razón, y nos obligan a afinar las palabras para que nos expresemos mejor. A mí no me molesta la idea independentista. Digamos que me molesta mucho más la bronca falaz y sistemática de un Estado incompetente que la quimera de un eventual Estado que continúa despreciando cuanto ignora.

En el panorama que se nos presenta tenemos a clarísimos exponentes de la secesión, algunos como ERC dispuestos a conseguir una Catalunya nueva desde la perspectiva doctrinal. Que ERC abogaba por la independencia total ya se sabía. Que considerara un triunfo patriótico gravar las bebidas azucaradas y no la bollería o los productos lácteos ha sido una sorpresa. Pero lo de Convergència es curioso y demuestra una vez más un extraño y exagerado sentido de la autoestima del partido fundado por Jordi Pujol. Intentaré explicarme: la verborrea de la política italiana habló en su día de los partidos mangiatutto, que iban a integrar en sus filas el máximo de cómplices, amigos, conocidos y movimientos de todo tipo. En inglés se define como el all catch party, que se lo traga casi todo y lo digiere para llegar a amables y extensas mayorías.

Sin embargo, CDC, desde sus inicios, no ha ido a seducir a nadie y ha mantenido con los grupos adversarios un contumaz aislamiento. Ha ejercido siempre la soledad del chulo. El propio Pujol senior jamás hizo ningún acercamiento al mundo intelectual de la izquierda. Incluso destituyó al conseller democristiano Joan Rigol tras haber pergeñado un llamado pacto cultural en el que figuraban gentes de las ideas a las que había que dar de comer aparte. CDC solo ha ido a buscar nuevos adeptos en jardines ajenos cuando les ha tentado de uno en uno, aprovechando la debilidad de socialistas y comunistas y la tentación de un carguito.

Los emisarios

Hoy, el problema de Convergència se repite. Hasta ahora era el partido de los empresarios, pero al haberse asociado con ERC y sus testimoniales políticas fiscales, puede darse de bruces contra sí misma. Y, lo que es peor, puede encontrarse con algún banquero o algún gran empresario que diga a los emisarios o recaudadores de la federación que rige el Gobierno catalán: «Gracias por la visita, pero no voy a votaros más mientras estéis con esa gente». El empresario es conservador y no le gustan las aventuras.

Tal vez estamos ante una época en la que otros partidos, pequeños pero potentes, acabarán representando a los empresarios y les darán instrucciones y confianza sobre lo que han de hacer para mantener el mercado y el tinglado. De nada sirven las grandes ideas si no hay unanimidad en aquellos votantes que dan apoyo al partido mayoritario. Cuidado con el orgullo excesivo. Ese es el problema de Convergència. Ha ido a buscar apoyos fuera y puede encontrarse con una vía de agua en el casco y unos socios que gritan «¡sálvese quien pueda!» Y que se van.

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