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Siria, una triste ruina de lo que fue

Los yihadistas han destruido una gran parte de un patrimonio cultural milenario

Siria, una triste ruina de lo que fue

AFP / ZEIN AL RIFAI

Un miliciano camina por entre las ruinas que han dejado los bombardeos en el zoco antiguo de Alepo, una ciudad habitada desde hace 7.000 años.

Lunes, 14 de marzo del 2016 - 19:38 CET

Es una pena, pero cuando llegue la anhelada paz, que esperemos que sea pronto, Siria ya no será la maravilla que conocimos. El país seguirá ostentando el mismo nombre, pero la muerte omnipresente, la huida masiva de sus gentes y la destrucción del patrimonio cultural lo habrán convertido en una triste ruina de lo que fue.

La lista de monumentos destruidos por la guerra es larga. En Palmira, uno de los lugares más deslumbrantes que he tenido la suerte de conocer, el templo de Bel fue dinamitado por los yihadistas, igual que el pequeño templo de Baal Shamin y tres torres funerarias. El impresionante arco de triunfo también ha sido dañado. Nada que no tenga que ver con el Islam, han pregonado los fanáticos, merece ser conservado.

Templo de Bel en Palmira, en junio del 2011

Entre tanto odio, no es de extrañar que los milicianos mataran en mayo de 2015 a Jaled al Asad, un pacífico arqueólogo de 81 años que entre 1964 y 2006 fue director de Palmira. Todavía recuerdo la pasión con la que conseguía hacer revivir las ruinas en 2009, cuando visité Palmira con él como guía de lujo. Hoy, las fotos hechas por satélite informan día a día de nuevos destrozos. Palmira, la ciudad de la ruta de las caravanas que deslumbró al mundo, está hoy herida de muerte.

La UNESCO ha alzado la voz contra tanta destrucción, pero la barbarie no se detiene. En Homs, el monasterio católico de San Elián también ha sido dañado, igual que el de Nuestra Señora de Saidnaya. Mientras, en Dura Europos, los yihadistas hacían puntería contra los muros milenarios y en Deir ez Zor destruyeron el monumento que recordaba el genocidio armenio de 1915. Dolor sobre dolor.

La destrucción de Alepo

Alepo merece comentario aparte. Esta antigua ciudad, centro de reñidos combates y bombardeos, ha perdido en los últimos años su espléndido zoco, uno de los más bellos de Oriente Próximo, el minarete de la Gran Mezquita, del siglo XI, y parte de la ciudadela. El horror no se detiene ante nada. Incluso el imponente castillo de Krak de los Caballeros, elogiado por Lawrence de Arabia como el más bonito del mundo, ha sufrido daños en los combates entre los rebeldes y el ejército de Siria.

El escritor británico William Dalrymple publicó en 1997 un excelente libro, 'Desde el Monte Santo', en el que narra un largo viaje desde Grecia hasta Egipto, pasando por Turquía, Siria, Líbano e Israel. En él escribe que fue en Siria donde encontró una mayor tolerancia religiosa. Ahora, por desgracia, esta actitud se ha desmoronado.

La Asociación para la Protección de la Arqueología de Siria cifra en más de 900 los monumentos afectados por la guerra. Incluso varios barrios de la capital, Damasco, han sido escenario de combates, y la Ciudad Vieja ha sido objeto de atentados. Recuerdo que años atrás los sirios me mostraban los agujeros que habían hecho en el tejado del zoco las balas de unos combates lejanos. La diferencia es que entonces eran sólo una curiosidad. Hoy la desgracia se extiende por todo el país.

La antigua mezquita de los Omeyas, los restos de las murallas y el arco de triunfo romano que separaba la ciudad musulmana de la cristiana también han sufrido daños, mientras que la ciudad romana de Bosra, en el sur, fue escenario de combates. No muy lejos, la población de Malula, con una población católica que todavía habla arameo, la lengua de Jesucristo, también sufrió los estragos de los enfrentamientos entre el ejército y los yihadistas.

Poco antes del inicio de la guerra, mi amigo el escritor Khaled Khalifa me insistía en que yo tenía que volver a Siria. “Te acompañaré por todo el país y te mostraré cosas maravillosas que casi nunca ven los turistas”, me decía. Desde que estalló la guerra, sin embargo, Khaled sólo me escribe para dar cuenta de la destrucción y el dolor que sufre su querido país. “Estoy seguro”, me decía hace sólo unas semanas, “que a pesar de todo, la paz llegará un día y Siria resurgirá de sus cenizas. No puedo resignarme a pensar que seré un 'homeless' en el mundo”.

Espero que, para el bien de todos, la paz llegue muy pronto a Siria.

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