Elecciones en EEUU

La carrera a la Casa Blanca / Los protagonistas

Cerebral y pragmático

BARACK OBAMA. Nació en Honolulu (Hawai). Tiene 51 años. Se casó en 1992 con Michelle y tiene dos hijas, Malia y Sasha.

RICARDO MIR DE FRANCIA
CHICAGO ENVIADO ESPECIAL

Miércoles, 7 de noviembre del 2012

  • AL MANDO 3 Arriba, a la izquierda, Obama sigue la operación que acabó con la muerte de Bin Laden.ESTUDIANTE 3 En su época de estudiante de Derecho en Harvard, arriba a la derecha.EN FAMILIA 3 A la izquierda, momentos de intimidad con sus hijas, Malia y SashaEN FORMA 3 A la derecha, en una de sus aficiones favoritas, el básquet.

  • AL MANDO 3 Arriba, a la izquierda, Obama sigue la operación que acabó con la muerte de Bin Laden.ESTUDIANTE 3 En su época de estudiante de Derecho en Harvard, arriba a la derecha.EN FAMILIA 3 A la izquierda, momentos de intimidad con sus hijas, Malia y SashaEN FORMA 3 A la derecha, en una de sus aficiones favoritas, el básquet.

  • AL MANDO 3 Arriba, a la izquierda, Obama sigue la operación que acabó con la muerte de Bin Laden.ESTUDIANTE 3 En su época de estudiante de Derecho en Harvard, arriba a la derecha.EN FAMILIA 3 A la izquierda, momentos de intimidad con sus hijas, Malia y SashaEN FORMA 3 A la derecha, en una de sus aficiones favoritas, el básquet.

  • AL MANDO 3 Arriba, a la izquierda, Obama sigue la operación que acabó con la muerte de Bin Laden.ESTUDIANTE 3 En su época de estudiante de Derecho en Harvard, arriba a la derecha.EN FAMILIA 3 A la izquierda, momentos de intimidad con sus hijas, Malia y SashaEN FORMA 3 A la derecha, en una de sus aficiones favoritas, el básquet.

La CIA no estaba del todo segura de que estuviera en aquella casa de Abottabad y el Pentágono temía que se repitiera un fiasco como el que acabó de hundir la presidencia de Carter en 1980. Así estaban las cartas aquel 28 de abril del 2011, el día en que Barack Obama tomó la decisión más difícil de su mandato, la operación que acabaría con la vida de Bin Laden. «No os voy a decir ahora cuál es mi decisión ahora. Voy a pensar un poco más en ello», le dijo a un impaciente equipo de seguridad nacional.

Su forma de actuar aquel día dice mucho sobre la identidad política y la personalidad de Obama. Aquel candidato que cautivó a medio mundo por el atrevimiento de sus ideas y la osadía de sus promesas, se ha comportado como presidente extraordinariamente cauto, cerebral y prudente. «Tiene tendencia a tomar distancia y examinar la vida como si fuera un tablero de ajedrez, tratando de averiguar por donde le podría llegar el jaque mate», ha escrito David Maraniss en Barack Obama: The Story.

Eso no significa que Obama no haya asumido riesgos. La decisión de ir a por Bin Laden es un ejemplo. Pero también su apuesta para ir desde el principio a por la reforma sanitaria cuando pocos en la Casa Blanca pensaban que pudiera prosperar y cuando la peor crisis económica desde la gran recesión centraba las preocupaciones del país. Aún hoy muchos piensan que se equivocó porque el desgaste político fue enorme, aunque pocos dudan de que este será su legado para la historia.

Obama llevó a la Casa Blanca ideas frescas y la intención de cambiar la forma de hacer política en Washington. Pero, seguramente, el exorganizador comunitario no supo reconocer a tiempo las limitaciones que enfrenta un presidente en un país donde todas las grandes decisiones pasan por el Congreso.

El diálogo

Y no es que Obama le haya dado la espalda. Simplemente empleó mal su tiempo. Trató de cumplir sus promesas buscando el apoyo de los republicanos, pero lo hizo sin cultivarlos desde un plano personal y demostrando cierta incapacidad para doblegar voluntades. Quizás por su propio carácter.

Quienes lo conocen, describen a Obama como un hombre reservado y poco amigo de la conversación intrascendente, que prefiere pasar horas con sus dos hijas o jugando al baloncesto que perderse en los arcanos legislativos. En Washington, además, ha llevado una vida bastante insular. Como cuenta Jodi Kantor en The Obamas, ha declinado prácticamente todas las invitaciones que ha recibido para asistir a cenas y galas en una ciudad poco acostumbrada a los desplantes. Su regla de oro consiste en no perderse más de dos cenas familiares a la semana.

A los estadounidenses, aunque se les haya pasado el flechazo o no confíen en su gestión económica, Obama les sigue cayendo bien. Lo ven esencialmente como un tipo cool, una palabra de doble filo. Algo así como guay y legal pero también frío. Eso en lo personal, porque en lo político se ha revelado como un idealista pero actúa como un pragmático. Y cuando se pretende cambiar el mundo, el cálculo político y el exceso de prudencia se antojan incompatibles con las grandes ideas.

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