El caso de Adrián Rozas se repite en miles de jóvenes españoles. Hace un año, dejó los estudios de la ESO tras chocar contra un muro que le resultó imposible de saltar en aquel momento. "La ESO no me fue nada bien. Entonces no estaba concienciado de la importancia que tienen los estudios", confiesa este joven de 17 años. Lo dice enfundado en una bata blanca y con un gorro protector mientras amasa pan en un curso que imparte el centro Cal Molins de L¿Hospitalet, en colaboración con el Gremi de Flequers de Barcelona.
La historia se repite. Los estudios van mal, tensión familiar y abandono de las clases. Al dejar la enseñanza obligatoria, chocó contra otro muro, el del mercado laboral. A diferencia de los jóvenes que dejaron las aulas por el ladrillo, Adrián Rozas se encontró, en plena crisis, con la competencia de cientos de miles de parados mejor cualificados que él, incluso con una legión de universitarios en busca de empleos por debajo de sus posibilidades. "Sin tener los estudios de secundaria --reconoce-- era muy complicado encontrar trabajo".
Ahora Adrián desprende ilusión y motivación: "Sin este curso no tendría nada. Me ayudará a buscar una salida, aunque es verdad que ahora las posibilidades de encontrar un trabajo son reducidas, pero si estás preparado serán más altas". También se plantea seguir estudiando un grado superior de Formación Profesional para llegar a ser un buen panadero o pastelero. Ha empezado a buscar panaderías para llevar a cabo sus prácticas y, quien sabe, seguir trabajando.
Adrián parece que se ha familiarizado con los hábitos laborales que imparten en el curso. "Funcionamos como una empresa, es decir, los alumnos tienen que ser puntuales, no faltar a clase y estar motivados", dice José Alcántara, organizador de los cursos en Cal Molins, que forman parte de la oferta del Servei d¿Ocupació de Catalunya. En general, la motivación es buena, ya que acuden voluntariamente, no cobran nada y hay muy pocas expulsiones.