Información publicada en la página 117 de la sección de (vacia) de la edición impresa del día 23 de julio de 2010 VER ARCHIVO (.PDF)
Los juguetes protagonistas de Toy Story 3 representan la niñez misma. Deshaciéndose de ellos, el joven Andy dice adiós a su infancia, del mismo modo que muchos amantes de Toy Story (1995) lo han hecho en estos últimos 15 años. Y gracias a la lucha por la dignidad y la supervivencia de esos objetos plásticos adorados y hoy desechados, el fantasioso universo de Pixar se apropia aquí de la pegada emocional de una obra de Tennessee Williams, porque, ya puestos, los intentos de Buzz y Woody de que vuelvan a jugar con ellos no son sino un recordatorio de la condición finita de nuestra existencia.
Dado su foco en la transitoriedad de la vida humana, Toy Story 3 es algo más sombría que sus antecesoras, cualidad que el director Lee Unkrich procura contrarrestar con una serie de trepidantes secuencias de acción que convierten la película en una especie de versión cartoon de La gran evasión y que por momentos también alude a otros títulos del cine de fugas carcelarias, de terror y también del wéstern ¿de hecho, los obstinados intentos del viejo vaquero Woody de reconstituir una unidad familiar fracturada parecen sacados de Centauros del desierto.
Mientras articula esas citas, Toy Story 3 explora una gama de técnicas cinematográficas inimaginables en los primeros dos capítulos ¿coreografías dignas de una película de Jason Bourne; astutas composiciones y ágiles movimientos de cámara; cambios en la saturación del color y en la textura de la luz¿, que más bien parecen emparentarla con Wall-E y Up, recientes producciones de los estudios Pixar que, no es casualidad, también hablan con melancolía del valor de la memoria, la muerte y el apego a la vida. Y también, dicho sea de paso, son obras maestras.
22/05/2012 Sociedad
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