El Periódico

Oropa, el santuario del pánico de Induráin y Pantani

La subida del Giro de este sábado causó problemas a la 'maglia rosa' en las ascensiones de 1993 y 1999, que han pasado a la historia

Oropa, el santuario del pánico de Induráin y Pantani

AP

Marco Pantani, en el Giro de 1999.

Sábado, 20 de mayo del 2017

La virgen del santuario de Oropa es negra, como la de Montserrat. Se la venera el 29 de octubre. Los peregrinos llegan por una carretera sinuosa, de las que se enganchan a las ruedas cuando para ascender se escoge una bici en vez de un coche. Son 10 kilómetros de subida, interminables casi siempre pero sobre todo en dos ocasiones. Y ambas como jornadas clave en la disputa del Giro. La meta de este sábado se afrontó un 16 de junio de 1993, a un solo día de Milán y con la victoria supuestamente amarrada, Miguel Induráin sufrió una crisis --una mal llamada pájara- casi tan grande como la que también salvó un año antes, en el Tour, otra vez en Italia, en Sestrière. Un 30 de mayo de 1999 a Marco Pantani se le salió la cadena cuando solo llevaba un kilómetro de escalada. Fue superado por todos los corredores... y luego cruzó el primero la meta, casi a los pies de la virgen.

Piotr Ugrumov, letón, delgado, un treintañero con cara de viejo, el que corría casi en el anonimato, no había dicho su última palabra en el Giro de 1993. La subida a Oropa era el obstáculo final de Induráin antes de celebrar en Milán la segunda victoria en el Giro. Un día antes, en Sestrière, había ganado la contrarreloj. Todo iba perfecto, todo... menos las piernas de Induráin. Demasiado agotamiento en una subida feroz, terrible, una curva cada diez metros, unos virajes traidores que no permitían a Induráin ver dónde estaba su rival fugado. Y fue entonces cuando el pánico se apoderó del campeón navarro.

"MIGUEL, TRANQUILO"

Por detrás, en el Mercedes del Banesto, lo seguía su director, José Miguel Echávarri, preocupado porque creía que se le podía escapar a Miguel la 'maglia rosa'. Es entonces cuando se salta todos los reglamentos, el juez chillando, pitando. A Echávarri le da igual. Solo quiere llegar a la altura de Induráin, una lucha contra el pánico. Sabe que lo van a multar. Solo quiere tranquilizar a su corredor. Dribla a los jueces. Se pone a la altura de Induráin. "Miguel, tranquilo, no lo ves por las curvas". Echávarri disimula su nerviosismo. Habla pausadamente, como siempre, aunque el momento sea delicado como en Oropa. "Tienes a Ugrumov a apenas 30 segundos. No lo ves pero está en la curva anterior. Así que tranquilo. Sube a tu ritmo y no te ofusques, que la maglia no corre peligro".

Induráin llegó a la cima de Oropa a 36 segundos del ciclista letón y a Milán a 58 de un Ugrumov que volvería a ser su gran rival un año más tarde, en el Tour, enganchado a su rueda, casi convertido en su sombra, aunque siempre controlado, menos en la cronoescalada de Avoriaz, al igual que Marco Pantani, tercero en París, en 1994, y primero de la general en Oropa, en 1999, y casi en Milán, si Madona di Campiglio y la sangre sospechosa no se hubieran cruzado en su camino.

LA AVERÍA DEL PIRATA

'El Pirata' se había hecho un hombre tras la retirada de Induráin. Era el mejor escalador. El que triunfaba en el llamado Tour del dopaje, el de 1998, el que reunía a tantos corredores sentados en el asfalto, arrancándose el dorsal o hasta testificando en comisaría, como compitiendo, a la estela de un Pantani que en 1999 afrontaba el reto de conseguir por segundo año consecutivo el doblete Giro y Tour.

Sin embargo, el mismo pánico de Induráin de seis años antes se apoderó de Pantani cuando solo había hecho kilómetro y medio de ascensión. En 1999 las bicis de los corredores profesionales llevaban dos platos; 53 dientes para el llano y 39 para las subidas (ahora la distribución ha variado). A Pantani le saltó la cadena y con los nervios y las prisas no había forma de volverla a colocar. Pero lo más grave es que él desapareció de la cabeza del pelotón, fue superado por todos los ciclistas del Giro y sus compañeros del Mercatone Uno no se percataron de la ausencia. El líder tirado en la cuneta y los gregarios forzando el ritmo del grupo como si no hubiese ocurrido nada.

Pantani, fallecido en el día de San Valentín del 2004, a causa de una sobredosis de cocaína, solventó la avería y partió el último para superar en poco más de ocho kilómetros de subida a todos y cada uno de sus rivales. Laurent Jalabert fue el último. Llegó al santuario de Oropa esprintando y ni siquiera levantó los brazos. "No sabía si quedaba algún corredor fugado y no he querido hacer el ridículo", se excusó. Seis etapas más tarde fue expulsado del Giro. Entró un túnel del que ya no salió.

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