En la Barcelona medieval tres eran las calles inmobiliariamente más cotizadas. Una era la de Mercaders, mutilada durante las obras de apertura de la Via Laietana. Una muestra del aire de lujo señorial que allí se respiraba es la Casa Padellàs, que se salvó de la piqueta y se trasladó piedra a piedra a la plaza del Rei, donde encajaba como un anillo al dedo en un solar. Hoy es la sede del Museu d¿Història de la Ciutat. Otra era la calle de Montcada. Algunas de las grandes familias burguesas de Barcelona levantaron allí sus palacios, hermosos edificios que con el paso de los siglos perdieron esplendor pero que los prohombres del catalanismo arquitectónico gotificaron a principios del siglo XX en una serie de operaciones de dudoso rigor histórico pero espléndidos resultados turísticos. Hoy la calle de Montcada es lo que es. Las opiniones son libres. Había una tercera calle señorial, con el plus de que era la que tenía más pedigrí, pues estaba dentro del perímetro de la antigua muralla romana. Ha tenido varios nombres a lo largo de la historia. Actualmente en el nomenclátor figura como calle de Lledó. Su suerte fue que quedó fuera de los planes de monumentalización del centro de la ciudad impulsados por las autoridades a caballo de los siglos XIX y XX para poner Barcelona en el mapa del turismo. A su manera, se preservó como los mosquitos de Parque Jurásico dentro del ámbar, pero, en su caso, oculta dentro de gruesas capas de roña. Puede que sea la próxima calle de moda.
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