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Manel Fuentes

Al contrataque

Manel Fuentes

Periodista

Brasil

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Martes, 2 de julio del 2013 Imprimir Enviar esta noticia Aumentar/ Reducir texto

A mi amigo Pere Soley, el gastrónomo más libre y radical que conozco, siempre le ha fascinado lo que pasa alrededor del fútbol. Él comercia con los mejores vinos y champagnes del mundo y ve que muchos de los precios de los embotellados son estratosféricos y equivocados, pero me cuenta que el papanatismo viaja en paralelo con los nuevos ricos, y así, ya sea en China o en Angola, el esnobismo de alta gama sigue siendo sostenible. Pero en el fútbol no. No comprende que un estadio de gente que tiene que ir en metro y que a duras penas sigue pagando el abono y trata de llegar a final de mes aplauda a rabiar y dé su vida y su garganta por unos tipos que no es que sean ricos, es que manejan cifras de multinacional. Pero mucho ojo, porque esto ahora puede estar empezando a cambiar.

Aparte de la burbuja financiera del deporte rey, que se detecta por el volumen de su deuda, en parte auspiciada por la Administración del Estado al permitir que los clubs no estén al día con Hacienda pero también por la de los clubs con otros clubs y con sus jugadores y empleados, el fútbol empieza a tener problemas de coherencia que lo pueden hacer estallar.

La etiqueta del precio

Ya no nos quedamos hipnotizados con las palabras y las historias de arrabal de nuestros nuevos fichajes millonarios, sino que ya hemos aprendido a mirar la etiqueta del precio. De Neymar, aparte de sus goles, a los culés ya nos interesan las cifras del fichaje y ya empezamos a calcular amortizaciones y a debatir si hemos comprado o no a buen precio.

Ahora que todos vamos tomando conciencia económica de las cosas viendo que nada es gratis y que todo se paga ni que sea con nuestros salarios, nuestra sanidad o nuestros depósitos bancarios, el fútbol nos ayuda a ver el escándalo. No vaya a ser que la burbuja del fútbol también la acabemos pagando nosotros, cosa que de momento no parece que vaya a pasar. Pero en este ambiente de derrota que nos inflige la letra pequeña, y escarmentados como estamos, el fútbol puede ser la palanca que nos lleve a la revolución. Lo hemos visto en Brasil. Cada vez son más los que han entendido que es el mejor altavoz para despertar conciencias. El coste de reparación del estadio de Maracaná se disparó hasta los 300 millones de euros, y desde su interior se ven barrios enteros de favelas. Estadios nuevos, oro para el fútbol y miseria en las calles. Servicios de tercer mundo a precios cada vez más altos y una economía, la brasileña, que también va frenando.

El fútbol puede pasar de opio del pueblo a odio del pueblo. Es su referente. Siempre se lo pusieron delante, y hoy que empieza a ver y a comprender la tramoya en Brasil empieza a decir basta.

Una pancarta rezaba: No estamos contra el fútbol, sino contra la corrupción. Pero cuando se empieza a quebrar el espejismo de los sueños y vemos el precio que pagamos por él, todo puede cambiar. Todo. El fútbol es así.

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