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alerta por una droga

El tráfico de heroína se dispara en Barcelona a la sombra de los narcopisos

Las incautaciones policiales llevan cinco años creciendo y en este 2017 han aflorado los pisos de la droga

Las autoridades sanitarias, no obstante, defienden que el consumo se mantiene estable

Guillem Sànchez

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Una jeringuilla usada en el aparcamiento ubicado debajo de la C-31 a su paso por Sant Roc (Badalona). / ALBERT BERTRAN

La demanda de heroína en Barcelona ha crecido. Las cantidades que ha intervenido la policía se han disparado desde el 2012. El grupo 3 de estupefacientes del Cuerpo Nacional de Policía -especializado en los grupos criminales organizados que trafican con heroína en Catalunya- lleva 5 años siendo el que más cantidad de caballo interviene en toda España. Entre el 2012 y el 2017 el total anual decomisado por este grupo ha trazado una línea ininterrumpidamente ascendente que ha terminado multiplicando por diez la comparativa de los últimos cinco años. En buena medida se debe al cargamento de 331 kilos interceptado el pasado mes de noviembre y que viajaba escondido dentro de 7.000 sacos de cemento. Este modus operandi burló los escáneres del puerto –cemento y heroína se confundían en la pantalla- y a los perros de narcóticos -el olor del cemento ocultó el de la heroína-. Se trata de un récord sin precedentes en el Estado, que obliga a cuestionarse si el consumo de esta sustancia también está creciendo en la capital catalana.  

A escala global, el repunte queda reflejado en el 'Estudio de Opio en Afganistán 2017'. Según este informe de la ONU, el presente año la producción de la amapola real ('Papaver sominferum'), la planta de la que se extrae el opio -la droga a partir de la que se sintetiza la heroína-, ha crecido un 87% y ha alcanzado un volumen de 9.000 toneladas. Es una conclusión con eco mundial, porque el 90% de la heroína que se consume en el planeta procede de Afganistán y, en consecuencia, significa obligatoriamente que hay más demanda. En Estados Unidos el aumento del consumo de heroína ya recibe la consideración de epidemia

Salut lo desmiente 

Según la Agència de Salut Pública de Barcelona, ningún indicador confirma este aumento del consumo. Fuentes del organismo, que valora aspectos como la afluencia de toxicómanos a los Centros de Atención Sanitaria (CAS) -'narcosalas'- o las jeringuillas repartidas a los adictos, subrayan que las cifras se mantienen estables, en niveles parecidos a los de la última década y muy alejados de los que se registraron hasta los Juegos Olímpicos de 1992, años en los que esta droga devastó a miles de familias catalanas.  

Según Núria Calzada, coordinadora del obervatorio Energy Control, que sitúa la pureza de la heroína en Barcelona alrededor del 25% y denuncia el uso de sustancias peligrosas para cortarla, tampoco ha habido un incremento del consumo. Ni inyectada, ni fumada, ni esnifada. A diferencia de los adictos que se pinchan, las otras vías se asocian al consumo recreativo, "pero no son nuevos", asegura.

Lo que sí ha aumentado, reconocen las autoridades sanitarias, es la exposición pública de los toxicómanos. Un factor que guarda relación con la proliferación de narcopisos, que han alejado a los adictos de las salas de venopunción supervisadas. 

Toxicómanos en la calle 

Durante este 2017 ha aflorado definitivamente en Barcelona la problemática de los narcopisos, que ha desenterrado en el distrito de Ciutat Vella imágenes del pasado, como las de un toxicómano zigzagueando entre los peatones o de una jeringuilla abandonada sobre la acera. Los Mossos d’Esquadra y la Guardia Urbana han clausurado este año 29 domicilios ocupados por traficantes y han detenido a 35 personas. 

El complejo fenómeno de los pisos de la droga, estrechamente ligado a la centrifugación vecinal motivada por el encarecimiento de las viviendas que ha dejado centenares de pisos vacíos, se ha focalizado mediáticamente en el Raval. Pero lleva años siendo una realidad en otros puntos de la corona metropolitana, como en el Besòs, en Barcelona, o en Sant Roc, en Badalona.

Una hipótesis que explicaría la discrepancia entre vecinos y policías con las autoridades sanitarias es que muchos toxicómanos son extranjeros y todavía no han entrado en el radar de organismos como la Agència de Salut Pública. Hay debate sobre si el consumo ha crecido o no. No lo hay sobre el incremento del tráfico. 

La ruta de la heroína

Tradicionalmente la heroína llegaba hasta Barcelona procedente de Turquía. Últimamente, sin embargo, la mayoría de los decomisos llegan de Pakistán. En la capital catalana reside más población paquistaní que en ningún otro punto de la geografía española. "Ni mucho menos debe cometerse el error de asociar el tráfico de heroína con esta nacionalidad", avisan fuentes policiales. Pero lo cierto es que las organizaciones criminales paquistanís afincadas aquí -las que nutren de heroína los pisos de la droga- aprovechan los viajes de compatriotas a su país de origen para ocultar en sus maletas heroína producida en Afganistán. Y si se empeñan en traer heroína hasta Barcelona, mantienen los policías, es porque aquí hay gente que la compra. Sobre todo, en los narcopisos

Jeringuillas bajo la C-31 

El fenómeno de los narcopisos no es algo exclusivo del distrito de Ciutat Vella de Barcelona. Existen pisos de la droga en otros puntos de la corona metropolitana, como el barrio de Sant Roc (Badalona), donde los vecinos aseguran que en los últimos años han notado un aumento de los toxicómanos que acuden a pincharse bajo la autopista C-31. Fuentes policiales consultadas por este diario relacionan la presencia de heroinómanos en esta zona con traficantes afincados en el interior de domicilios. "Cuando ya ha anochecido tengo miedo porque se acercan y me dicen cosas o me piden dinero”, explica Adriana, que diariamente usa el Trambesòs para regresar a casa y observa a menudo adictos que se inyectan escondidos entre los coches. En el aparcamiento, junto a varias de las columnas que soportan el autopista, resultan visibles las jeringuillas usadas y heces fecales humanas. A menudo, junto a vehículos que parecen abandonados y que -según estas fuentes policiales- también utilizan para pincharse. 

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