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Mármol y poder

Lluis Hortalà reflexiona sobre sus últimas creaciones, expuestas en la galería Rocío Santa Cruz

RAMÓN DE ESPAÑA / BARCELONA

barceloneando Hortala Rocio Santa Cruz

Lluís Hortalà en la galería Rocío Santa Cruz.  / ALBERT BERTRAN

A sus dieciséis añitos, cuando ya llevaba dos casada con el heredero al trono de Francia, María Antonieta tenía una némesis particular en la figura de Madame Du Barry, la amante de su suegro, el libertino Luis XV, quien había hecho todo lo posible por convertir Versalles en una casa de tócame Roque. O eso le parecía a la princesita, que no perdía ocasión de tratar a la Du Barry como lo que era, una furcia de alto standing. El problema era que esa mala relación entre las dos mujeres rebasaba lo doméstico y llegaba hasta lo nacional y lo internacional, no en vano la princesita era de origen austríaco y la pelandusca, francesa de pura cepa. La cosa se solucionó de manera críptica el día en que María Antonieta se derrotó (aparentemente) y pronunció la frase "Hoy hay bastante gente en Versalles", que fue interpretada en la corte, por motivos que se me escapan, como una muestra de aceptación de su rival. Yo sigo prefiriendo lo de "Si no tienen pan, que coman bollos", pero parece que nunca la pronunció, aunque a los revolucionarios de finales del XVIII les dio lo mismo, ya que la guillotinaron igualmente.

Lluis Hortalà reflexiona con sus últimas obras sobre la relación metafórica entre el poder y el mármol

Estas cosas me las cuenta Lluís Hortalà (Olot, 1959) a la entrada de la galería Rocío Santa Cruz, donde exhibe sus últimas piezas, centradas en la relación metafórica entre el poder y el mármol como material más adecuado para hacer entender a los demás que tú cortas el bacalao y ellos son unos piernas. En esa entrada se enfrentan, desde muros opuestos, dos chimeneas, la de la Du Barry y la de María Antonieta, discreta y elegante ésta y un pelín ostentosa y como de nuevo rico la de la cortesana. Una frente a otra, las dos chimeneas enfrentan a dos versiones del poder, pero Hortalà, un adicto al trompe l ¿oeil, no ha reproducido el mármol con mármol, sino con pintura sobre madera, como si quisiera decirnos que el poder tiene mucho de cartón piedra. Y las demás piezas de apariencia marmórea que integran la exposición también son de madera, desde las elegantes baldosas repartidas por el suelo hasta el muestrario de diferentes mármoles colgados de una pared, pintados a mano por el artista y abarcando los diferentes diseños utilizados en Versalles (de ahí el título de la pieza, Le choix du roi).

TRAMPANTOJOS

Estamos ante un inmenso trompe l¿oeil en fascículos, por así decir, cuya inspiración, según me comenta Hortalà, procede de una estancia en una escuela de arte de Bruselas en la que fue expuesto a todo tipo de rutilantes estructuras marmóreas que le llevaron a plantear esta exposición metafórica sobre las relaciones entre mármol y poder. Hortalà ha aplicado el hiperrealismo a objetos inanimados, otorgándoles así una entidad que tal vez solo existía en su imaginación, pero el resultado es brillante y proporciona food for thought, que dicen los anglosajones, algo muy de agradecer en una época en la que el arte conceptual se va convirtiendo a gran velocidad en una parodia de sí mismo.

El trompe l¿oeil reina también en lo que podríamos definir como un interesante complemento de la muestra: unas enormes fotografías de la montaña de Montserrat que, cuando te acercas a ellas, ves que no son fotografías, sino dibujos al carboncillo. En su adolescencia, Hortalà practicó el alpinismo y llego a escalar el Everest. En esa época empezó a cultivar la pintura y la escultura relacionadas con la naturaleza, practicando un paisajismo que no tardó mucho en aburrirle. De hecho, esos dibujos de Montserrat parten de unos encuadres que no existen: sería inútil buscar el punto exacto de la montaña que coincida con la imagen de turno, pues el artista, a la manera de Constable –aquel pintor inglés que fabricaba paisajes tan bellos como falsos a base de juntar elementos que no compartían escenario en la vida real, volviendo así tarumbas durante años a los estudiosos que recorrían el país en busca de un encuadre exacto que jamás encontrarían- se inspira en fotografías, pero no las reproduce, sino que va pillando en ellas diversos elementos que luego acaban juntos en sus dibujos. Las imágenes son de Montserrat, sí, pero de un Montserrat fiel al espíritu de la montaña, pero no a su orografía. El resultado, como con los falsos mármoles, es tan bello como inquietante.

Sus paisajes de la montaña de Montserrat son tan fascinantemente falsos como los que hicieron célebre al británico Constable

El señor Hortalà es un hombre aparentemente normal, un conversador amable y cordial, pero a mí no me la da: sé que en ese cerebro hay un punto de fuga que le lleva en una dirección determinada que me gusta mucho. El habla de metáforas sobre el mármol y el poder, pero yo le adivino una fascinación absoluta por lo falso, lo que parece una cosa (mármol) y es otra (madera), las piedras que podrían estar juntas en Montserrat, pero que en realidad llevan siglos guardando las distancias entre ellas. Tendré que llamarle un día de estos para hablar sobre lo falso, un concepto que me fascina.

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-Sus paisajes de la montaña de Montserrat son tan fascinantemente falsos como los que hicieron célebre al británico Constable.

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