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LA OTRA CARA DE LA CIUDAD DE MODA

Bares de la resistencia

La segunda entrega de 'Barcelona on the rocks' desarrolla la historia de locales que plantan cara a la 'pijificación' de la ciudad

El primer volumen, autoeditado, fue un espontáneo 'hit' subterráneo

RAMÓN VENDRELL
BARCELONA

Autoeditado y en buena medida autodistribuido, Barcelona on the rocks (2011), de Fernando Muñiz y Sergio Fidalgo, ha alcanzado la marca de 4.000 ejemplares vendidos. Una interpretación partisana del heroico registro es: el combinado de narcisismo, hipsterismo y éxito turístico que propulsa a la capital catalana sienta como un tiro a cada vez más barceloneses.

Porque el libro cataloga y vindica bares, tascas, tabernas y bodegas con personalidad, un viejo mundo de la hostelería destruido a marchas forzadas por los efectos del citado combustible. En su lugar, establecimientos asépticamente pijos, establecimientos con falso sabor, establecimientos de impostado confort, establecimientos con simulada solera y engañabobos. Todos caros. La marca Barcelona se está merendando a Barcelona. ¿Dónde se toma un quinto aquí?, preguntaría Siniestro Total. En los mermados cuarteles de la (parece) creciente resistencia compilados por Muñiz y Fidalgo.

Que vuelven a la carga con Barcelona on the rocks 2. «En la primera entrega registramos bares con un elemento diferenciador que nunca saldrán en una revista moderna sobre la ciudad. En esta ocasión la línea es la misma, pero desarrollamos la historia que encierra el bar. Al fin y al cabo estos bares, los bares que nos interesan, son por encima de todo lugares de vida», dice Muñiz.

Nido de águilas

Por suerte Muñiz es hombre de voz fuerte. Como corresponde a alguien habituado a ganarse un espacio en conversaciones de barra de bar. Una cincuentena de pájaros cantores trinan en sus jaulas en Los Noveles (calle de Montserrat Casanova, 204), sede de la Sociedad Pajaril el Pardillo. ¿Hilo musical? No lo necesitan en este nido de águilas del Carmel.

Si en Londres existiera la afición que existe en Barcelona a jilgueros, canarios, verderones y pardillos, sin duda Ray Davies la habría consignado en una canción. Pero aquí ni Estopa le ha prestado atención. Siempre tan alejado de la realidad, el pop autóctono.

Un busto de yeso de Camarón, un óleo de mosqueteros y otro de la caza del zorro en Inglaterra destacan entre la decoración del local. En la masculina botellería chirrían unos frascos de las ginebras llamadas premium. Hasta Los Noveles llegan los efluvios de la borrachera de exquisitez que se extiende a sus pies. Aunque parece poco probable que acabe especializándose en gintónics con ensalada dentro y hamburguesas.

Historias, decíamos. «Historias que a muchos pueden parecerles una birria, pero que a mí me interesan», dice Muñiz. Casa Leto (Cartellà, 195) cuenta la de la cercana tienda de ropa Hermanos Cobo, de la que en la década de 1970 emergió el dúo de rumba-pop Hermanos Cobo, alias los Sastres Flamencos. El pub Seba's (plaza de Maragall, 9), reducto del genitivo sajón, cuenta la de la respuesta de los barrios a la Tuset Street de la gauche divine y de paso también la de Daisuke Inoue, el cantante melódico japonés que se resarció de su fracaso inventando el karaoke. La Peña del Quinto (Brutau, 17, en Sabadell) cuenta la de los misterios de la España de la transición, no en balde de sus cañerías salió en 1981 un engendro que dio pie a titulares como El monstruo de las cloacas.

Rumba fatal

Fernando Muñiz y Segio Fidalgo se apoyan en charlas con Dani el Rojo, Carlos Zanón -este elige por supuesto Casa Leo (Sant Carles, 34, en la Barceloneta), altar elevado en honor al descomunal Bambino, a cuya rumba fatal huele gloriosamente No llames a casa-, Morfi Grei, Xavier Theros o Tomás

Guasch para glosar los bares reseñados y fijar un pasado de Barcelona en peligro de extinción.

Otro día hablaremos de la estructura de vermut que se complica del libro. Ahora aparece este, ahora recuperamos esa batallita, ahora vamos allí. Una no estructura o estructura etílica que permite la comparecencia por la cara de Paco Calatrava y la inmersión en el Festival Punk Rock de la Aliança del Poblenou de diciembre de 1977, mucho más trascendente que ningún Canet Rock, pero que nunca será resucitado. Por suerte.

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