crónica

Peter Gabriel, el eterno aventurero

El cantante británico protagonizó una sugerente y audaz experiencia orquestal en el Palau Sant Jordi

Fragmento de la actuación que el cantante británico ofreció en Barcelona. / FERRAN SENDRA

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JORDI BIANCIOTTO
BARCELONA

Asumiendo que su fertilidad creativa actual es incomparable a la de hace tres décadas (sus cuatro primeros discos en solitario pusieron alto el listón), Peter Gabriel se las ingenia para ofrecer siempre algo nuevo que, además, suele ser interesante. Su propuesta orquestal, que pasó el jueves por el Sant Jordi, no es autocomplaciente, ni ostentosa; no es un grandes éxitos ni una demostración de poder. Es una aventura refinada y despierta, que no desentona en su dignísima hoja de servicios.

Una ocurrencia cara, con una cincuentena de músicos en gira, que en el Sant Jordi se encontró con un bonito telón negro cubriendo una porción de las gradas. Sí, solo 4.000 personas, una tercera parte que en el último recital de Gabriel (2003), se sintieron atraídos por una propuesta que, a priori, podía desprender un vago aroma a tabarra sinfónico-new age. Pues no lo fue. Sí, hubo momentos en que se acercó más a Steve Reich que a aquello que conocemos como pop, pero pocas veces se ha afrontado un crossover de este tipo con tanta elegancia y resolución.

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La primera parte, donde desfilaron las 12 versiones de piezas ajenas que constituyen su último disco, Scratch my back, fue la más dura. La New Blood Orchestra, con arreglos de John Metcalfe, suministró soluciones audaces para piezas como Heroes (Bowie), My body is a cage (Arcade Fire) y Après moi (Regina Spektor), alternando el minimalismo y unas dinámicas casi expresionistas, con ángulos y músculo. Movimientos de tierra que nunca desubicaron a un Gabriel de serenidad zen, arropado a distancia por las voces de su hija Melanie y Ane Brun (valiosa cantautora noruega que abrió la sesión con dos piezas a voz y guitarra).

NUEVAS FORMAS / En la segunda parte, tras un descanso, Gabriel se dirigió a su repertorio propio para darle nuevos perfiles. Una selección severa, con pocos guiños populares; sin Sledgehammer, ni Shock the monkey, ni Biko. Los puntos de luz de San Jacinto fueron un buen comienzo, y el temario se creció con las dramáticas Signal to noise y Rhythm of the heat, la serenidad de Mercy street y un crescendo que, vía Intruder y Red rain, desató la fiesta con Solsbury hill, donde se rompieron las distancias y el público se situó a pie de escenario. En los bises, In your eyes, Don't give up (con Ane Brun reescribiendo el papel de Kate Bush) y The nest that sailed the sky sellaron casi tres horas de música desafiante. Gabriel sigue vivo.