Estafas sentimentales

El fugitivo italiano que arruinó a una familia de Barcelona

  • Joana y sus hijos Toni, Patricia y Álex revelan a EL PERIÓDICO el infierno que el fugado Milvio Lamacchia ha desencadenado en su vida durante los últimos 20 años

Toni, que muestra una foto de Lamacchia, junto a Patricia y Álex.

Toni, que muestra una foto de Lamacchia, junto a Patricia y Álex. / RICARD CUGAT

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Guillem Sánchez
Guillem Sánchez

Redactor

Especialista en Sucesos, tribunales, asuntos policiales y de cuerpos de emergencias

Escribe desde Barcelona

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A finales de 2001, Milvio Lamacchia (Milán, 1959) sedujo a Joana acudiendo cada mañana a la cafetería del barrio de Gràcia donde desayunaba. Joana era una mujer divorciada y madre de tres hijos y Lamacchia, según explicó, era dueño de un acaudalado negocio inmobiliario. Era mentira. Era un peligroso estafador, un fugado de la justicia italiana que antes de atraparla a ella, en la década de los 90, había seducido y arruinado a varias mujeres de Trieste (Italia), Palma de Mallorca o Santa Cruz de Tenerife. Joana, enamorada y engañada, dejó que se colara en su casa un parásito que planeaba quedarse con todo lo que tenían –750.000 euros– y que iba a desatar un infierno que ha durado 20 años. Joana y sus tres hijos –Toni, Patricia y Álex– han contactado con EL PERIÓDICO para revelar su experiencia y para pedir ayuda porque las denuncias que presentaron han sido archivadas y Lamacchia los ha amenazado de muerte. “Si yo voy a la cárcel, tu madre irá al cementerio”, avisa la voz del estafador en una grabación telefónica.

Lamacchia pasó en pocos meses de ser un hombre encantador que le regalaba flores a actuar como un gran enmarañador que aisló a Joana de sus tres hijos y de sus nietos. "Si hablaba conmigo, criticaba a Álex. Si hablaba con Álex, me criticaba a mí", recuerda Toni para resumir una estrategia que usó para tomar el control de la familia. A Patricia, la hija, intentó comprarla regalándole bolsos e incluso motos y cuando comprendió que con ella no podría porque lo había calado, la distanció de su madre.

Hablamos con las víctimas de un estafador sentimental

La estafa

Con Joana lejos de sus hijos, activó el plan para estafarla. Le contó que tenía mucho dinero en cuentas corrientes de un banco de Suiza y que para sacarlo necesitaba pagar unas comisiones elevadas. Lamacchia y Joana viajaron en dos ocasiones a Zurich para entregar un maletín cargado de dinero en efectivo que recogieron hombres que fingieron ser banqueros pero que eran en realidad sus cómplices. Joana no firmó ningún documento y del dinero en el banco suizo que iba a liberarse con esos pagos nunca supo nada. Pero Lamacchia siguió inventándose nuevas cláusulas que requerían nuevos 'préstamos' por parte de Joana. Y ahora jugaba con ventaja. "Me decía que si no le daba más dinero, no podría devolverme lo que ya le había adelantado". Por aquel entonces, además, Lamacchia, 15 años más joven que Joana, ya se comportaba como un maltratador colérico. "Me amenazaba, me gritaba, tiraba el café por las paredes, rompía los cuadros, el baño", enumera la mujer señalando rastros que resultan todavía visibles en el piso. El mármol del lavamanos está partido por la mitad. Una violencia que en ocasiones también usó contra la mujer y que acabó por anularla tanto que evitó que pidiera ayuda a sus hijos.

Álex, el hijo que estaba al frente de la empresa familiar que Joana descapitalizó engañada por Lamacchia, descubrió lo que estaba pasando al saber por un trabajador de la entidad bancaria habitual que no había ni un euro en la cuenta corriente. “Todo estalló en 2008”, explica. Y lo que sucedió a continuación, avisa, tiene que ser comprendido por “la desesperación” que sintió toda la familia.

Milvio Lamacchia en una imagen reciente.

/ El Periódico

La detención

En marzo de 2009, la policía italiana interceptó una llamada de Lamacchia en la que revelaba que se ocultaba en una casa de Barcelona. Las autoridades italianas contactaron con la Policía Nacional y esta, guiada por esa pista, localizó a Lamacchia y lo arrestó cuando paseaba por una calle del Eixample junto a Joana. Llevaba encima un carnet de identidad falso a nombre de Emiliano Benelli. Fue extraditado a las pocas semanas e internado en un centro penitenciario de Porto Azzurro por los delitos de estafa, falsificación documental, extorsión y homicidio por imprudencia. En la zona de Trieste había engañado a varias mujeres italianas, americanas y suramericanas a principios de los noventa. También había alquilado apartamentos propiedad de una de sus víctimas a integrantes del crimen organizado italiano. Tanto lío había armado en su tierra natal que se dio a la fuga. Anduvo por Palma de Mallorca, porque constaba una denuncia por estafa presentada en 1995, y por Santa Cruz de Tenerife, porque existe otra denuncia, de 2001, también por estafa. Cuando conoció a Joana a finales de 2001, estaba huyendo de los últimos engaños que había dejado en Canarias y buscaba un refugio.

Otra fuga

En 2014, Lamacchia contactó de nuevo con Joana desde Italia. Le contó que ya lo habían soltado, que la echaba de menos y que iba a devolverle hasta el último euro que le debía. La llamada de Lamacchia puso a Joana y a sus hijos en una situación imposible. No querían saber nada de él pero al mismo tiempo no podían menospreciar la oportunidad de recuperar los 750.000 euros que les había quitado. Toni, a petición de Joana, fue a recogerlo a Italia y lo trajo de nuevo a Barcelona. Lamacchia había mentido, como siempre. No lo habían soltado, había aprovechado un permiso penitenciario para darse a la fuga.

Durante los últimos años, Lamacchia ha seguido enredando a la familia. Sobre todo a Toni, a nombre de quien ha abierto líneas de crédito falsificando su firma. Y amenazándolos a todos. Toni ha pedido protección a las autoridades por miedo a sus represalias. "Nos decía que conocía a gente, que nos mandaría un sicario".

"Haber conocido a este hombre ha supuesto mi destrucción como persona. Y he arruinado a mis hijos. Soy víctima pero también soy culpable. Tenía que haberme dado cuenta antes", se sincera Joana frente a sus hijos, antes de echarse a llorar. Para Patricia, lo peor no ha sido el dinero perdido, sino que Lamacchia la distanció de su madre. "No era bienvenida nunca [en mi casa]. Mi madre no pudo disfrutar de sus nietos. Él lo boicoteaba todo. Ha sido una violación de nuestra vida, de nuestra privacidad. Es un psicópata", afirma. Un adjetivo que comparten Álex y Toni.

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Lamacchia fue arrestado de nuevo en diciembre de 2020 por el grupo de fugitivos de la Policía Nacional. Vivía en casa de otra mujer de Barcelona que desconocía su pasado. Fue extraditado otra vez a Italia el pasado mes de marzo. Debe cumplir una condena de 1 año y 9 meses que debe a la justicia italiana por los delitos que motivaron su primera detención en 2009. Por el dinero que ha robado a esta familia, por el daño que les ha hecho a Joana, Toni, Patricia y Álex durante 20 años, no ha sido juzgado.

"¿Eres Milvio?"

Carlos Gil es inspector jefe del Grupo de Fugitivos de la Policía Nacional, la unidad que detuvo por última vez a Milvio Lamacchia en diciembre de 2020. Este segundo arresto se produjo en un domicilio de la calle de Calàbria propiedad de una mujer a la que Lamacchia también había seducido. Su enésima víctima. "Los dos agentes que fueron a su encuentro ese día, se dieron de bruces con él y una de las policías, a pesar de que Lamacchia había envejecido mucho con respecto a la imagen que teníamos de él, lo reconoció", explica. La mujer, sin embargo, quiso estar segura y le preguntó a Lamacchia si sabía dónde vivía el presidente de la comunidad. Lamacchia respondió que sí y se ofreció a acompañarla a ella y a su compañero hasta el piso del presidente. Entraron en la finca y mientras subían por la escalera, la policía le preguntó de dónde era –tiene un fuerte acento italiano– y Lamacchia respondió que de Italia. Al saber su nacionalidad la agente supo que era él pero le puso una última trampa: le llamó directamente por su nombre. “¿Milvio?”, preguntó. Y Lamacchia se giró de vuelta y respondió “¿Si?".

Con aquella respuesta, los agentes del Grupo de Fugitivos le comunicaron que ya no hacía falta ir a buscar al presidente de la comunidad, que habían venido a arrestarlo a él. “Lamacchia, de 61 años, reaccionó rogándoles que no lo llevaran al calabozo porque tenía una dolencia en el corazón”, recuerda Gil.