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Historias importantes

De la soledad a las ganas de vivir: “Si aquí todo el mundo vive, yo también viviré”

El programa Siempre Acompañados de la Fundación La Caixa ayuda a personas mayores a superar el duelo y el aislamiento mediante el apoyo emocional y el fomento de relaciones sociales

Blanca, participante del programa Siempre Acompañados de la Fundación La Caixa, con una de las técnicas del programa.

Blanca, participante del programa Siempre Acompañados de la Fundación La Caixa, con una de las técnicas del programa. / Martí Pujol Bonastre. Fundación La Caixa

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Patricia López Avilés

Barcelona
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“La soledad aprieta, aprieta, cada vez aprieta más. Entonces dices: ‘Dios mío, o me muero o salgo de esta’”. María Teresa Mazón Sans recuerda así cómo se sentía después de quedarse viuda. A sus 80 años, habla de una etapa en la que el duelo por la muerte inesperada de su marido convirtió su casa en un lugar extraño: “El piso se me caía encima. Fue la primera vez en mi vida que me encontré sola”, recuerda. Hoy, sin embargo, ha recuperado las ganas de hacer planes y disfrutar de las pequeñas cosas: “Solo tienes que tener una ilusión. Esto te hace vivir”.

Teresa Mazón Sans, participante del programa Siempre Acompañados, con una de las técnicas del programa.

Teresa Mazón Sans, participante del programa Siempre Acompañados, con una de las técnicas del programa. / Martí Pujol Bonastre. Fundación La Caixa

Como María Teresa, Javier, Blanca y José han atravesado situaciones de soledad no deseada. Los cuatro forman parte de Siempre Acompañados, el programa de la Fundación La Caixa que trabaja desde hace más de diez años para acompañar a las personas mayores, empoderarlas y favorecer relaciones de apoyo y bienestar. Su objetivo no es simplemente que dejen de estar solas, sino que puedan encontrarse bien y avanzar hacia una vida plena.

Para María Teresa, todo cambió hace ocho años con la muerte de su marido: “Cuando se te muere una persona a la que quieres mucho es como una ola que te ahoga”, explica. El duelo fue largo y la mudanza a un piso nuevo tampoco resultó fácil, ya que allí tuvo que reconstruir su día a día. Empezó cuidando dos plantas y hablándoles como si fueran un reflejo de ella misma: “Si tú creces en este piso, yo también creceré”.

Cuando las vio brotar, pensó: “Si aquí todo el mundo vive, yo también viviré”. Poco a poco volvió a ilusionarse con cosas sencillas, y el acompañamiento de Siempre Acompañados también fue importante en ese proceso: “Me enseñaron a vivir como yo quiero”.

“Alguien está pensando en mí y yo pienso en ellos”

Javier Guiu Farrè, de 70 años, conoció la soledad tras quedarse viudo en 2022. Su mujer murió después de ser ingresada por covid y, de repente, la casa se llenó de silencio: “Cuando entras aquí en casa, ni dices buenas tardes porque las paredes no te contestan”, cuenta.

Javier Guiu Farrè, participante del programa Siempre Acompañados de la Fundación La Caixa.

Javier Guiu Farrè, participante del programa Siempre Acompañados de la Fundación La Caixa. / Martí Pujol Bonastre. Fundación La Caixa

Una de las cosas que le ayudan a sentirse menos solo es un grupo de WhatsApp donde, junto a unos amigos, se escriben cada mañana y cada noche para darse los “buenos días” y las “buenas noches”. Para Javier, ese gesto significa mucho más que un saludo: “Alguien está pensando en mí y yo pienso en ellos”.

También encontró apoyo en amistades más íntimas que lo sacan de casa y en las sesiones grupales de Siempre Acompañados, donde ha descubierto que otras personas atravesaban situaciones parecidas. “He aprendido a vivir dignamente con la soledad”, asegura, y ahora anima a quienes estén pasando por algo similar a pedir ayuda: “Que no esperen que pase demasiado tiempo”.

Blanca Polanco Borràs, de 71 años, también se encontró sola cuando sus hijos crecieron y construyeron sus propias vidas: “Me encontré muy sola, con el nido vacío”, relata. Sus hijos están ahí cuando los necesita, pero ella afirma que echa de menos algo tan sencillo como que sean ellos quienes le preguntan cómo está: “Cuando me llaman, normalmente, o pasa algo o necesitan algo. Y eso me duele”, confiesa.

Blanca, participante del programa Siempre Acompañados de la Fundación La Caixa, con una de las técnicas del programa.

Blanca, participante del programa Siempre Acompañados de la Fundación La Caixa, con una de las técnicas del programa. / Martí Pujol Bonastre. Fundación La Caixa

La muerte inesperada de su madre, su “pilar”, agravó ese sentimiento: “Solo con verme sabía lo que pensaba, lo que necesitaba”, recuerda. Blanca llegó a no querer salir de casa: “¿Para qué tenía que salir? ¿Qué tenía que hacer? Ya lo había hecho todo”, y con la ayuda de Maica, técnica de Siempre Acompañados, consiguió dar el paso: “Yo no quería ir y ella: ‘Ven, ven, que verás’”, y ahora Blanca asegura que quiere “hacer más y más y más”.

José Perucho Miralles, de 77 años, explica que siempre ha vivido solo. Tras dejar su trabajo como taxista y volver a Agramunt para cuidar de sus padres, la muerte de ambos hizo que su situación empeorara: “Al quedarme solo se me cayó el mundo encima. He tenido incluso depresión por ese motivo”, cuenta.

Pérdidas, transiciones y vulnerabilidad

Con el tiempo, José ha logrado recuperar parte de esa compañía a través de sus amistades. Con uno de sus amigos recorría los mercados de pueblos cercanos; con otro queda para tomar un aperitivo: “Lo más importante es que nos hacemos compañía el uno al otro”, explica.

Josep Perucho Miralles, participante del programa Siempre Acompañados de la Fundación La Caixa.

Josep Perucho Miralles, participante del programa Siempre Acompañados de la Fundación La Caixa. / Martí Pujol Bonastre. Fundación La Caixa

También se incorporó a Siempre Acompañados después de ver un anuncio en su centro cívico de confianza: “Me apunté y desde entonces me cambió la vida bastante”, asegura. Gracias a esto, José dice haber pasado de estar “aburrido, triste y un poco deprimido, sin ganas de nada” a encontrarse “alegre, contento y tener algo de ganas de vivir mejor”.

Las cuatro historias parten de situaciones distintas, pero comparten pérdidas y cambios que alteraron sus vidas. Como explica Javier Yanguas, gerontólogo, psicólogo y director científico del programa de Personas Mayores de la Fundación La Caixa, “la soledad no es una epidemia ni una enfermedad, sino que es parte de la condición humana”, pero el problema aparece cuando ese sentimiento no deseado se instala en la vida cotidiana.

“La soledad no es una epidemia ni una enfermedad, sino que es parte de la condición humana”

Javier Yanguas

— Director científico del programa de Personas Mayores de la Fundación La Caixa

La soledad tampoco consiste únicamente en no tener compañía, según Yanguas, está relacionada con las pérdidas, las transiciones y la vulnerabilidad, pero también con el estado de ánimo, las relaciones y el sentido de la vida. Cuando desaparece una persona significativa, no se pierde solo su presencia, también pueden romperse proyectos, rutinas y expectativas compartidas.

Por eso, salir de una situación de soledad no significa necesariamente dejar de estar solo, a veces empieza con algo tan pequeño como cuidar una planta, recibir un “buenos días”, aceptar un café o compartir una experiencia con alguien que entiende lo que estás viviendo.