Envejecimiento poblacional
España avanza estratégicamente hacia la nueva longevidad, pero aún con déficits en dependencia, vivienda y cuidados
El envejecimiento de la población plantea grandes retos más allá de las pensiones y a la ayuda a la dependencia, dado que en 2075 tres de cada diez españoles tendrá más de 65 años

Un hombre que camina ayudado con bastones junto a la playa de la Barceloneta. / JORDI COTRINA / EPC
España envejece y, poco a poco, está entendiendo que el reto no solo consiste en lograr recursos para financiar más pensiones, sin duda un desafío importante, sino también en organizar una sociedad para que un grueso importante de sus habitantes viva 20 o 25 años después de los 65, con situaciones de salud y autonomía muy distintas.
Atrás queda la imagen de un retiro asociado a enfermedades y decrepitud. Ahora vivimos más años y en mejores condiciones que las generaciones anteriores, lo que abre una ventana de oportunidades y demuestra que no hay una única manera de envejecer y no se puede meter a todas las personas mayores en el mismo saco. "Hace 50 años, la vejez era la parte final de la vida y tenía poco valor: la gente dejaba de trabajar y llegaba en condiciones de salud muy limitadas", recuerda Javier Yanguas, psicólogo, gerontólogo y director científico del programa de Personas Mayores de la Fundación La Caixa. "Hoy tenemos la oportunidad de vivir el doble de tiempo que nuestros abuelos o bisabuelos", por lo que "tenemos la obligación moral, personal y ética de buscar una vida buena, una vida con sentido y propósito".
Pero, para ello, aún persisten déficits importantes en el sistema de ayuda a la dependencia, los cuidados, la vivienda o la soledad no deseada. La orientación estratégica va por buen camino, pero falta la infraestructura social y la financiación necesaria. Estos son las cifras que explican el fenómeno y los principales retos pendientes:
España es uno de los países con más esperanza de vida. Los últimos datos del INE indican que ha escalado ya hasta los 84 años, por lo que una persona de 65 años puede esperar vivir, de media, 19 años más. La prolongación de la vida y el menor número de nacimientos hacen que España sea uno de los países más envejecidos de Europa. El porcentaje de mayores de 65 años alcanza, en la actualidad, al 21,2% de la población y, con la llegada a la vejez de las generaciones del ‘baby boom’, las proyecciones indican que en 2045 representarán el 29% y en 2075 el 30,9%.
Cada vez más voces abogan porque los 65 años no sean considerados ya la edad en la que comienza la vejez. La mayoría de personas llegan al retiro con buena salud y aprovechan el fin de las responsabilidades laborales para disfrutar del ocio, formarse o ayudar a los demás. Según el VI Barómetro del Consumidor Senior, siete de cada diez viajan, asisten a actividades culturales y ocho de cada diez son activos digitalmente.
“Vivir más años es una oportunidad, pero también es un reto. Cuando en términos económicos y de salud estamos bien, hay que llenar de sentido y de proyectos esos 30 años de vida. Una buena vejez está asociada al desarrollo personal, a la autonomía, a la contribución a los demás y a la sociedad; en definitiva, enlazar nuestro bienestar y nuestra felicidad con la de los otros”, apunta el gerontólogo Javier Yanguas.
En este escenario, una de las fronteras que se está desdibujando es la edad de retiro y la posibilidad de combinar trabajo y pensión, ya que ahora uno se puede jubilar a su edad, antes, parcialmente, después siguiendo en activo, o volver a trabajar tras haberse jubilado. Así, hay cinco grandes caminos para jubilarse: la jubilación ordinaria (dejar de trabajar al alcanzar la edad legal que corresponda según los años cotizados); la jubilación anticipada voluntaria (retirarse por decisión propia hasta 2 años antes de la edad ordinaria); la jubilación parcial (reducir la jornada de trabajo y empezar a cobrar una parte de la pensión, combinando empleo y jubilación); la jubilación demorada y activa (consiste en seguir trabajando después de la edad ordinaria a cambio de incentivos); y la jubilación flexible (para quien ya se ha jubilado y está cobrando su pensión, pero decide volver a trabajar de forma parcial. Mientras trabaja cobra una parte de la pensión y, al terminar, recupera la pensión completa).
El gasto en pensiones ha subido un 6,3% en septiembre, hasta un nuevo máximo de casi 14.500 millones de euros. De esta cifra, casi tres cuartas partes se han destinado a pensiones de jubilación, con un importe global de 10.654 millones de euros, un 6,9% más que en septiembre de 2025. El resto corresponde al pago de las pensiones de viudedad, orfandad y a las prestaciones en favor de familiares. La pensión media se sitúa ahora en los 1.374,6 euros mensuales, un 4,6% más.
Uno de los principales problemas es que, pese a los avances médicos, la esperanza de vida con buena salud a partir de los 65 se sitúa en unos 9,7 años de media, por lo el resto se vive con limitaciones. De hecho, la mitad de las personas entre 65 y 75 años tiene enfermedades crónicas y, entre los mayores de 85, el 75%. Por eso, las principales investigaciones en longevidad están centradas no tanto en alargar la vida, sino en que los últimos años se vivan con mejor salud. Además, el reto de las administraciones es cómo atender a todas esas personas con enfermedad y dependencia.
Por el momento, el sistema de ayuda a la dependencia no cubre, ni de lejos, todas las necesidades. Es cierto que gracias a las últimas inyecciones de fondos, hay 1,7 millones de beneficiarios, un 11% más que un año antes. Pero las listas de espera y la burocracia siguen siendo exasperantes: el tiempo de espera es de casi un año: 314 días de media, con comunidades, como Murcia, que llega a los 551 días. Según el Gobierno, la aprobación de la reforma de la dependencia y una nueva remesa de fondos tienen que traducirse en la reducción a la mitad de las listas en el año 2027 y su desaparición en 2028, pero aún está por ver si se cumple el vaticinio.
Y añadir beneficiarios no basta. Hay que mejorar la intensidad y la calidad del apoyo, dado que un gran dependiente apenas recibe dos horas y media de ayuda a domicilio, de lunes a viernes, y son personas que necesitan ayuda permanente.
Por todo ello, los cuidados siguen recayendo, mayoritariamente, en las familias. Según el I Estudio del Observatorio de los Cuidados, avalado por la Sociedad Española de Geriatría y Gerontología, el 51,1% de los cuidadores pertenece a la denominada ‘generación sándwich’, dado que cuida simultáneamente de hijos y padres, lo que incrementa la carga. Y los cuidados recaen, mayoritariamente, en las mujeres. Seis de cada 10 cuidadores son mujeres y, en el 75,6% de los casos, la persona atendida es su padre o su madre. Ante esta realidad, destacan iniciativas como la Escuela de Cuidadores de la Fundación La Caixa, un recurso gratuito para aprender a acompañar con calidad a las personas que se encuentran en situación de enfermedad avanzada o final de vida, y aprender a cuidarse mientras cuidan.
En este contexto, una de las trasformaciones más profundas puestas en marcha va encaminada a que la vejez se viva en casa, el mayor tiempo posible. Es la filosofía de la Estrategia Estatal para un nuevo modelo de cuidados 2024-2030, dotada inicialmente con 1.300 millones, y de la reforma de la dependencia. El objetivo es un abandono progresivo del esquema centrado en geriátricos y sustituirlo por apoyos personalizados en el domicilio, con asistencia personal y teleasistencia. Asimismo, la estrategia prevé centros de día y residencias de menor tamaño, más parecidas a un hogar, para cuando vivir en casa ya no sea posible.
Pero el horizonte aún está lejos. La cobertura del servicio de ayuda a domicilio apenas ha variado un punto desde el año 2010, del 4,7% al 5,8% de personas mayores de 65 años. Su intensidad es también muy baja, con una media de 21,1 horas mensuales.
Una realidad creciente que se debe afrontar como sociedad es el de la soledad no deseada, que afecta a alrededor de tres millones de personas mayores en España. "La soledad no se cura porque no es una enfermedad, es algo propio del ser humano con lo que tenemos que aprender a vivir", reflexiona Javier Yanguas, que recuerda que "la soledad es una experiencia muy compleja y que la compañía no lo soluciona todo". "Algunas veces nos faltan personas, pero otras, nuestra soledad tiene más que ver con sentimientos de vacío o abandono, o con la pérdida del sentido de la vida. Tenemos que aprender a afrontar la soledad y gestionarla porque es parte de nuestro existir", afirma el director científico del programa de Personas Mayores de la Fundación La Caixa, que combate esta problemática trabajando con las personas individualmente, pero también con el entorno comunitario, con el territorio, además de buscar concienciar a la sociedad
En este contexto, el programa Siempre Acompañados impulsado por la entidad hace frente a situaciones de edadismo, fragilidad y soledad no deseada. En 2025, ha atendido de forma personalizada a más de 3.600 personas en acciones de intervención individuales y grupales, y más de 7.000 personas en actividades y acciones de sensibilización en las distintas ciudades. Según el último estudio llevado a cabo, tras su paso por el programa, más del 80 % de los participantes perciben un aumento de la confianza en sí mismos, comprenden mejor sus emociones y conectan más con sus amigos y familiares.
Otra de las dificultades está relacionada con el encarecimiento de la vivienda. En la actualidad, el 86% de los mayores tienen una vivienda en propiedad, pero ocho de cada diez no están adaptadas a una posible situación de dependencia. Y una casa con bañera, escalones, pasillos estrechos o sin ascensor puede convertir una limitación moderada, en una dependencia severa.
Al igual que vivir en un barrio o pueblo sin transporte público, comercios cercanos o relaciones comunitarias pueden incrementar el aislamiento, aunque la persona se encuentre bien. Por eso, los especialistas apuestan por adaptar las viviendas, los barrios, los transportes y la comunidad a la nueva longevidad, teniendo en cuenta que la soledad no deseada afecta al 20% de los mayores de 75.
Otro de los retos es que el sistema de salud transite de priorizar la respuesta a las enfermedades agudas a una atención basada en la prevención y la persona en su conjunto, con Atención Primaria, los especialistas, los servicios sociales y los cuidadores coordinados. Es uno de los pilares de la Estrategia de Atención a la cronicidad, que aboga por un sistema de salud preventivo y coordinado. En este escenario, el sistema sanitario presta cada vez más atención a la nutrición, el ejercicio y el sueño como los grandes pilares de la longevidad.
Cómo afrontar el final de la vida, también es una asignatura que necesita mejoras. Según Xavier Gómez-Batiste, director científico del programa para la Atención Integral a Personas con Enfermedades Avanzadas de la Fundación La Caixa, “España está en una situación relativamente intermedia en la implementación de los cuidados paliativos y hay gran variabilidad entre diferentes comunidades”, con “varios ámbitos con necesidades que no están del todo cubiertas”.
Fundaciones y entidades sin ánimo de lucro complementan la labor del Estado y trabajan en red para llegar a aquellas personas que más lo necesitan. La Fundación La Caixa, presidida por Isidro Fainé, por ejemplo, en el último año ha acompañado a más de 550.000 personas mayores en su empoderamiento y propósito, y ha ofrecido apoyo a más de 80.000 personas con enfermedades avanzadas y sus familiares mediante atención psicosocial y espiritual en la fase final de la vida y en el duelo.
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