Fuego

En el kilómetro cero del incendio del Moncayo

Recorremos los alrededores de Añón de Moncayo con una de las patrullas vecinales que, de forma voluntaria, trata de controlar que las llamas no se aviven y enfriar las zonas humeantes

Incendio de los municipios de Alcalá y Añón de Moncayo (Aragón), a mediados agosto.

Incendio de los municipios de Alcalá y Añón de Moncayo (Aragón), a mediados agosto. / Fabián Simón / Europa Press

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M. Calvo Lamana

"¡Ruso! ¿Cómo vas? ¿La casa bien?". Y el Ruso, extenuado: "Vengo de estar con los bomberos. Los han mandado a los chalés, que estaban echando humo otra vez. Yo, a ver si me echo un rato, que la noche la hemos salvado, por lo menos". Los vecinos de Añón de Moncayo, en la límite en el que la provincia de Zaragoza toca ya con Soria, vivieron la tarde del pasado domingo una especie de parálisis del sueño, a medio camino entre la pesadilla y la gris, llorosa y humeante realidad que les rodea.

La decena de jóvenes y no tan jóvenes que se quedó a controlar el perímetro del municipio aún en ascuas no había dormido, y se reunieron en lo más alto del pueblo con los rostros negruzcos, las ropas rasgadas y el alma deshecha a organizar un operativo de control para tratar de pasar la segunda noche en la que un pueblo cercado por las llamas.

Al mismo tiempo, los añoneros que se marcharon con la evacuación a la vecina localidad de Borja regresaban al turno de relevo. "Allí tenéis de todo. Han dicho que bajéis a descansar y que ya subáis para la noche" les decía una mujer. Alguno se echó una cabezada, otros ni eso quisieron. Con toda la voluntad llevaban botellas de agua para que los que iban apagando llamas con cualquier herramienta se hidratasen. "¿Y a Luis? ¿Lo has visto? Vamos a llevarle agua, venga, que está solo por ahí". Pero nadie sabía dónde quedaba Luis. Solo hay cobertura de forma intermitente y los walkies se van quedando sin batería. Tampoco hay luz para ponerlos a cargar.

Conforme se baja por las empinadas calles de Añón hacia el castillo, el olor a quemado se vuelve intenso. Hay rescoldos y troncos que no dejan de humear cerca de la calzada. Restos de un municipio que se vio obligado a dejar sus recuerdos y posesiones al paso de las llamas. Representan, ahora que el fuego se aleja, el mayor peligro para los vecinos.

Latas de conservas, buzones e incluso pelotas de tenis aparecen calcinadas por el camino que lleva al río y que conecta muy a lo lejos con la urbanización Cumbres del Moncayo. También la piscina municipal presenta un aspecto terrible, cercada por las cenizas. El término municipal está asolado, aunque la velocidad virulenta con la que se desplazaron las llamas hizo que el incendio no absorbiera todo el combustible. Se advierten incluso brotes verdes allá a lo lejos.

"La solana (en la cara opuesta de la localidad) ardió la noche del sábado. Nos fuimos hacia las 3 y se quedó la UME por aquí", contaba Enrique, mientras salía de casa con una sulfatadora. "Esto es lo mejor que tenemos ahora", decía. Para el resto: palas de plástico, cubos y garrafas. Incluso ramas grandes sirven de apagafuegos. Hay que salvar el pueblo, aunque ahora, además de olor a humo, se respira tranquilidad.

Y de repente... "¡Mira, mira! ¿Qué es eso? Maveruela, parece...". Y sí: una columna de humo negro escala por mitad del monte, justo en la encrucijada que separa los términos municipales de Añón, Litago y Vera de Moncayo. Como si implosionara el corazón boscoso de carrascas, monte bajo y espinos que circundan esta seca zona de las faldas del Moncayo, que linda con el parque natural, el verdadero pulmón de la comarca y la provincia.

"No me dio tiempo ni a calzarme y ya estaba todo fuego todo el campo de atrás"

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"Madre mía... ¡Y con el viento hacia Morca!", gritaba Cristina, justo delante de la residencia de menores extranjeros no acompañados. Ellos, el sábado, antes de ser evacuados, fueron los primeros en llegar al epicentro del incendio. "Gritaban: ¡cubo, cubo cubo! Con chancletas vinieron y casi descalzo uno al que se le rompió la sandalia. ¡Cómo nos ayudaron!", contaba Félix, que salvó su casa al borde de las llamas en los primeros momentos del incendio. Fue su hijo pequeño quien le avisó del olor. "Pero no dio tiempo. Semejante viento... No me dio tiempo ni a calzarme y ya estaba todo fuego todo el campo de atrás", relata, casi emocionado.

La preocupación les regresó a los añoneros de golpe tras una jornada diurna de cierta tranquilidad. Allí se quedan los añoneros con una larga noche por delante. Otra más, con la esperanza de que sea la última. Otra más de este dantesco puente de agosto en las faldas del Moncayo.