El debate de la movilidad urbana

El futuro de las ciudades: Estocolmo y la movilidad sostenible

La capital de Suecia aborda la crisis climática con más bicis eléctricas públicas, autobuses rápidos, reparto ecológico de última milla y colaboración ciudadana

Aparcamiento de bicicletas subterráneo, en una céntrica plaza de Estocolmo

Aparcamiento de bicicletas subterráneo, en una céntrica plaza de Estocolmo / Carlos Márquez Daniel

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Carlos Márquez Daniel
Carlos Márquez Daniel

Periodista

Especialista en Movilidad, infraestructuras, política municipal, educación, medio ambiente, área metropolitana

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Estocolmo vivió una primera revolución ambiental a partir de los años 70. Tenía que ver con el agua, con el tratamiento de todos los residuos y vertidos que generaban los hogares y las industrias. En un país tan rodeado de lagos y ríos que van camino del mar Báltico, era fácil que todo lo malo terminara en el mismo sitio. Hasta que se empezó a poner remedio y la ciudad, y el país, decidieron vivir de cara y no de espalda a uno de sus principales valores. Plantas de tratamiento, mejor infraestructura y normativas estatales y municipales fueron de la mano de una conciencia ciudadana creciente, de un compromiso hacia lo que es de todos y no es de nadie. Hoy, la gran metrópolis sueca dispone de más de 30 zonas públicas de baño, algo impensable en los tiempos en los que el río era conocido como la "zanja sucia". En 2022 solo falta tener agallas para meterse en tan frías aguas. Ahora la ciudad vive inmersa en una segunda revuelta sostenible, en este caso, contra la contaminación, menos visible pero igual de dañina. Esta es su receta y estos sus instrumentos de cocina. Con una diferencia respecto al agua: no hay tanto margen de maniobra.

Un ciclista pedalea por las calles de Estocolmo, el pasado 31 de marzo, en plena nevada

/ Carlos Márquez Daniel

No es este un reportaje de comparativas, de repetir lo de siempre, que en el norte de Europa nos llevan una vida de ventaja en materia de movilidad sostenible (700 kilómetros de carril bici, por ejemplo, el triple que Barcelona con la mitad de población). No lo es, además, porque seguramente en los últimos 10 años se ha evolucionado más por debajo de Bélgica que por encima. Y no lo es porque hay muchas variantes (sociales, económicas, climáticas, políticas...) que hacen imposible ponerlo todo en un mismo saco, remover, y sacar una bolita homogénea que aplique igual para todos. La colaboración ciudadana, por ejemplo, es algo difícil de replicar. Pero sí de admirar.

Buena convivencia

Sucedió en Suecia a principios de siglo, cuando las autoridades y la sociedad se conjuraron para reducir la siniestralidad. Y lo consiguieron, vaya si lo consiguieron: marcaron la tasa de accidentalidad más baja de todo el continente, y todavía hoy, conducir o moverse por el país, da hasta una cierta impresión si uno viene del calor mediterráneo. Pasos de peatón respetados, límites de velocidad que no se superan, claxon testimonial, escrupulosa veneración a la pirámide de la fragilidad en el transporte (peatón-patinete-bici-moto-coche-furgoneta-autocares)...; una ciudad, en definitiva, en la que se respira convivencia.

La bici goza de muy buena salud en Estocolmo, donde el 20% de los desplazamientos se hacen a pedales (10 puntos más que hace 10 años). Pero queda camino por recorrer, como el que tiene entre manos el ayuntamiento con un nuevo sistema de bicicleta eléctrica compartida (el primer servicio era idéntico al anterior de Barcelona, pero las bicis de Clear Channel aquí eran blancas y negras). La principal peculiaridad será la ausencia de estaciones de aparcamiento y carga. Los usuarios tienen zonas de estacionamiento marcadas en el suelo y deberán dejar las bicis en el interior o en el entorno en el caso de que estén llenas. Más les vale a los usuarios cumplir, pues se enfrentan a una posible sanción de 40 euros. La empresa concesionaria, una filial de la catalana Moventia, se encarga de controlar el estado de las baterías con furgonetas que irán recorriendo la ciudad.

Furgoneta eléctrica para realizar el reparto de última milla en el distrito de Södermalm, en Estocolmo

/ Carlos Márquez Daniel

El proyecto, que ha superado un lustro de trabas burocráticas y judiciales, atraviesa su primera fase, con mil bicis (más otras 120 'cargo bikes'), con la idea de que en abril de 2023 sean 5.150 que podrán dejarse en 300 puntos repartidos por todo Estocolmo. Será uno de los servicios de bici solo eléctrica más ambiciosos de toda Europa. Sin estaciones fijas, además, el sistema podrá ir modificando estas áreas de entrega y recogida en función de la demanda. El precio del servicio, por cierto, es de derribo: 15 euros al año (el Bicing tiene un coste base de 35 euros) más un extra de un euro por hora superados los 90 minutos de pedaleo. Lo pueden usar los turistas, cosa que nunca se ha permitido en la capital catalana. Por ahora.

Ideal para 'riders'

Para los que apuesten por bicicleta propia, que aquí son mayoría, la ciudad dispone de aparcamientos como el de Odenplan, una plaza que estaba destinada a albergar un centro comercial hasta que la lucha vecinal lo evitó. Subterráneo, y con capacidad para 350 bicis y decenas de taquillas para guardar ropa, casco o lo que sea menester, está situado a escasos metros de una estación ferroviaria, con servicio de metro y de cercanías. El templo de la intermodalidad que Barcelona y muchas otras metrópolis llevan tiempo soñando. Un almacén, sin embargo, que no pasa desapercibido a los nuevos vientos sociales y de consumo, puesto que son multitud los 'riders' repartidores de comida y bultos que usan este aparcamiento como centro logístico. Aquí dejan su ropa, se cambian e inician su jornada laboral. Por la noche dejan la bici y se marchan a su casa. Y hasta el día siguiente. "Venimos de muy lejos en tren y nos es muy cómodo", explica uno de ellos. Algunas de las plazas, algo más caras, disponen de punto de recarga, y el recinto queda totalmente cerrado y alejado de los amigos de lo ajeno.

Hilera de bicicletas aparcadas en una calle de Estocolmo, a finales de marzo

/ Carlos Márquez Daniel

La capital de Suecia es la perfecta demostración de cómo la infraestructura es la mejor herramienta para inducir a un cambio modal en la movilidad. Sucedió con los carriles bici y ahora es el turno de la electrificación. La ciudad tiene repartidos 300 puntos de recarga de vehículos en la vía pública (calles de recarga, las llaman) que operan cuatro empresas privadas distintas. En 2021, el 45% de los coches adquiridos ya eran eléctricos o híbridos (en España fueron el 33,3%). La previsión de 2022 es que ese porcentaje escale hasta el 60%. Sucederá porque también muchos de los aparcamientos subterráneos también disponen de enchufes. La previsión es que en 2023 el 30% de las plazas estén reservadas a automóviles menos contaminantes. La carga, por cierto, es gratuita, tanto bajo tierra como en superficie.

Un metro con vistas

Estocolmo dispone de siete líneas de metro (algunas estaciones, como la de Thorildsplan o la de Kungsträdgarden, son auténticas obras de arte) que funcionan entre las cinco de la mañana y las 0.30 horas. Comparte el reto metropolitano con Barcelona, y por eso en materia de transporte público de superficie se están doblando los esfuerzos para conectar más y mejor la gran ciudad con los municipios del entorno. Para ello, la empresa privada que gestiona el servicio (una compañía con cerca de 12.000 empleados) tiene en funcionamiento desde 2020 un servicio de BRT (bus rapid transit), un sistema que aspira a ser un metro con vistas, es decir, a unir con agilidad, y en viales segregados y sin taxis, el centro de la capital con las afueras.

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Joan Maria Bigas es el director del área de Movilidad, Transporte y Sostenibilidad del Área Metropolitana de Barcelona (AMB); un perfil ideal para tomar el pulso a la situación en la gran urbe catalana. Sobre el BRT admite que hay "mucho camino por recorrer, y señala que el proyecto de "avenidas metropolitanas" que expone el plan de desarrollo urbanístico (que debe substituir el plan general metropolitano de 1976) es un primer paso hacia un transporte público en superficie más eficiente. "Aunque será un bus con un carácter más urbano e integrado", detalla.

Acceso y salida de uno de los aparcamientos subterráneos para bicis de Estocolmo

/ Carlos Márquez Daniel

Sobre el 'sharing', Bigas avanza la intención del AMB de sentar las bases de un servicio de moto eléctrica compartida que pueda saltar de municipio, cosa que ahora es imposible con las empresas que operan en el interior de la capital catalana. También se dará un salto con el 'sharing' metropolitano de bicis eléctricas que debería estar en marcha a principios de 2023 en una quincena de municipios. Y está también en tareas pendientes extender la ciclologística, el reparto sostenible de mercancías, una modalidad que el AMB ejecuta junto con Estocolmo a través del proyecto Hallo, ya en marcha en Suecia y pronto, en seis ciudades del entorno de Barcelona. Sucede que las grandes urbes, aunque partan de diagnósticos distintos, coinciden en los retos. Luego llega el tratamiento. Y claro, los doctores capaces de llevarlo a cabo.