Un merecido obituario colectivo

Doce vulcanólogos que engulló la lava

Los más experimentados estudiosos del malhumor de Vulcano han muerto desde 1980 en anunciadas erupciones, víctimas de lo que en su caso es un accidente laboral

Katia o Maurice Krafft, imposible distinguirlos bajo el disfraz de amianto, en una de esas aproximaciones al cráter del volcán que tan célebres les hicieron.

Katia o Maurice Krafft, imposible distinguirlos bajo el disfraz de amianto, en una de esas aproximaciones al cráter del volcán que tan célebres les hicieron.

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Dice el Apocalipsis de San Juan que el mar devolverá a sus muertos, pero los volcanes, ¡ay, los volcanes!, estos parece que no estarán por la labor visto el destino de la decena larga de vulganólogos que durante los últimos 40 años han muerto, por decirlo de algún modo, en accidente laboral. Siempre se van los mejores, se dice por cortesía, pero en este caso es verdad, porque algunos de los vulcanólogos hoy ausentes fueron en su día pioneros en su área y salvaron con sus predicciones a miles de personas cuando fueron escuchados por las autoridades. Esto es, por lo tanto, un homenaje a quienes no tuvieron la suerte, por ejemplo, de Dougal Jerram, quien logró escapar por piernas cuesta abajo nada menos que de un repentino flujo piroclástico durante una erupción del volcán mexicano Colima, una cumbre tan inquieta que no hay manera de determinar su altura exacta.

Todo repaso a las ocasiones en que un vulcanólogo ha perecido literalmente engullido por su gran pasión se supone que debe comenzar obligatoriamente por el caso del matrimonio formado por Maurice y Katia Krafft , una pareja que muchos creerán no conocer, pero eran los protagonistas habituales de las más famosas fotografías que durante los años 70 y 80 ilustraban las páginas de cualquier enciclopedia , en la que aparecían con sus trajes de amianto en las mismas puertas del infierno, frente a gigantescas lenguas de fuego que empequeñecían sus siluetas. La fotografía con teleobjetivo alteraba un poco la realidad, pero lo cierto es que estaban lo más cerca que se podía estar del malhumor de Vulcano. Por variar, su caso se dejará para más adelante, ni que sea por una simple cuestión de cronología o de ‘crescendo’ narrativo.

Katia y Maurice Krafft, de quienes hoy podría decirse que mantenían una relación abierta con los volcanes.

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La lista podría encabezarla, por supuesto, Plinio el Viejo, que no era exactamente un vulcanólogo, pero sí un gran todólogo de la Antigüedad. Su afán por poder relatar algún día la erupción del Vesubio en una de sus obras fue su condena a muerte. Visitó Pompeya en el peor momento.

Las otras brasas de Humboldt

Un repaso a la historia de la vulcanología debería hacer un alto, por supuesto, en Alexander von Humboldt (1769-1859), quien en su faceta de inagotable explorador cabe incluir la cartografía exhaustiva de buena parte de los volcanes de sur y Centroamérica. No murió en esa misión, pero su paso por los volcanes andinos puede decirse que fue intensamente tórrido. Su presencia parece que irritó sobremanera al naturalista local por excelencia, Francisco José de Caldas, quien se apresuró a denunciar la licenciosa vida antes de cada ascensión, se supone que con amores homosexuales. “Venus se ha mudado de Chipre a Quito”, dejó escrito esta suerte de Salieri de la vulcanología. Humboldt salió indemne de las lavas y de las insinuaciones, y con el tiempo hasta le dedicaron una corriente del Pacífico, aunque lo contradictoria es que fuera una fría.

El obituario vulcanológico moderno podría tener su punto de partida en 1980, en un trágico episodio que parece escrito por un guionista de aquel cine que sostiene que al destino no se le puede burlar.  El 18 de mayo de 1980, Harry Glicken tenía, por decirlo de algún modo, guardia en la observación del volcán Santa Helena, en el estado de Washington, que había dado ya varios avisos de una pronta erupción. En aquellas fechas, la fama de Glicken como vulcanólogo ya estaba consolidada. Había investigado a fondo los deslizamientos de tierras de los volcanes y había diagnosticado cómo tienden a colapsarse las bocas de las erupciones en función de su altura. Esa fama hizo que justo aquel día le llamaron para una entrevista y dejó en su lugar a un colega de profesión, David Johnston.

David Johnston, fotografiado por el propio Harry Glicken 13 horas antes de la erupción del volcán Santa Helena y de que el dejara al frente de la misión de observación.

/ Harry Glicken

Johnston era otra eminencia en la materia. Gracias a sus conocimientos y su tozudez, el área de influencia del volcán Santa Helena permaneció cerrada antes de la erupción. Las autoridades y el lobi turístico, como si de la película ‘Tiburón’ y Amity Island se tratara, insistían en minimizar los riesgos, pero al final cedieron. Lo que aquel vulcanólogo de apenas 30 años no pudo prever fue la violencia con que el Santa Helena iba a despertar. Estaba a 10 kilómetros del cráter y, sin embargo, quedó sepultado por los escombros. Su cuerpo jamás se localizó. Tan solo de los restos de su furgoneta se supo algo, pero 13 años más tarde.

El Coliseum de Oriente

Glicken jamás superó aquel trauma. Le acompañó la pena hasta el 3 de junio de 1991, una fecha fatídica en la historia de la vulcanología. Despertó por enésima ocasión el monte Unzen, en la isla japonesa de Kyushu, el equivalente oriental del Coliseum de Roma. A sus fauces de fuego lanzaban los shogunes a aquellos cristianos que no querían renunciar a su fe. El caso es que algunos de los más reputados vulcanólogos del mundo pusieron rumbo al monte Unzen aquel verano de 1991, entre ellos, Glicken, al que perseguía su destino, y, lo dicho antes, el matrimonio Krafft. Lo que allí sucedió fue literalmente vesubiano.

Las visitas a Pompeya siempre sorprenden, porque el tiempo parece congelado, con los amantes abrazados en mitad de la calle, el pan a medio cocer dentro de los hornos y los grafitos de las paredes de la ciudad como recién pintados por un gamberro. La creencia errónea es pensar que una lluvia de ceniza cubrió Pompeya. Eso sería muy poético. Sobre la ciudad se abalanzó un flujo piroclástico no muy distinto del que el 3 de junio de 1991, a 100 kilómetros por hora, engulló a los Krafft, a Glicken y 41 personas más.

El flujo piroplástico del monte Unzen de 1991, una mortífera erupción que permite comprender mejor la suerte final de Pompeya.

Lo excepcional de aquella erupción no fue que sucediera, pues antecedentes los había (que le pregunte a Plinio el Joven por ello, que dejó escrita la imprudencia de su tío ‘el Viejo), sino que la televisión nipona tenía una cámara fija que enfocaba justo en dirección al valle por el que la nube de ceniza incandescente avanzaba como si fuera el fin del mundo. Aquel material sirvió al cineasta Werner Herzog para coser un trepidante documental, ‘Into the Inferno’, que ensalzaba la vida profesional de los Krafft con una galería de aquellas escenas que les hicieron célebres y que encogen las gónadas, y que ahora Netflix tiene previsto reestrenar.

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En Cumbre Vieja, lo cual no debería ser ni siquiera necesario que fuera subrayado, no ha muerto nadie por fortuna, aunque algún susto se han llevado como mínimo tres vulcanólogos a los que sorprendió una lluvia de piedras el pasado 1 de octubre. En la isla canaria las bajas se miden en el número de drones perdidos, varios, según las fuentes consultadas.

Nada que ver con el último episodio reseñable en esta necrológica volcánica. El Galeras, un cráter que ha inspirado a todo tipo de rapsodas colombianos, ha sido protagonistas de frecuentes erupciones desde finales de los años 80, y en una de ellas, una de las menos violentas de la serie, en 1993, murieron de una tacada seis vulcanólogos, entre ellos el jefe de la misión, Geofrey Charles Brown, considerado un pionero del monitoreo gravimétrico de los volcanes, con lo que ello quiera decir. A primera hora de la tarde, él y, por cierto, tres turistas, algo que nunca falta en estos casos, se adentraron en una espesa niebla cuando ascendían a la cresta más alta del Galeras. La erupción duró apenas 15 minutos. Nunca más se supo del grupo. Sus cuerpos, que se lo digan a San Juan, nunca fueron encontrados.