Las heridas sociales del covid-19

La pandemia contada a los menores de 90 años

Héctor Mediavilla, fotógrafo de inmensa profundidad de campo, retrata la pandemia a través de la mano inexperta de su nonagenaria tía Ana Mari y publica así un libro minúsculo y a la par colosal

Ana Mari, en el centro, con su amigo Auriol, reloj de pared con el que contó las horas de la pandemia, y a ambos lados dos fotos tomadas por ella.

Ana Mari, en el centro, con su amigo Auriol, reloj de pared con el que contó las horas de la pandemia, y a ambos lados dos fotos tomadas por ella. / Ana Mari Mediavillla / Héctor Mediavilla

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Del último libro salido del horno de Ediciones Posibles se puede afirmar, con rigor matemático, que es la octava maravilla de esta pequeña factoría de publicaciones exquisitas. ‘Mi tía Ana Mari’, ese es el título, es, efectivamente el octavo libro que publica esta editorial y, nada más salir de imprenta, se ha llevado ya un premio Arts Libris por sus formas y contenido. Ana Mari es la tía de Héctor Mediavilla, un as de la fotografía cooperativa, algo a lo que luego habrá que regresar. El caso ahora es que en las primeras semanas de la pandemia tuvo la feliz idea de comprarle a la hermana del que fuera su padre una cámara instantánea y pedirle que retratara su día a día. Ana Mari Mediavilla, de 92 años, aunque de forma atropellada al principio, hizo más que eso. Retrató la soledad de su hogar durante los más de 50 días en que no salió a la calle y, además, volcó su estado de ánimo en unas cuartillas. El resultado no solo es un libro. Es la pandemia contada a los menores de 90 años. Lo dicho, una octava maravilla.

“Desde hace unos días, en el sofá que tengo enfrente de mi sillón, coloco un reloj y voy mirando cómo van pasando las horas, los días, unos tranquilos, otros tristes, y el de hoy no es de los mejores”. El reloj era un Auriol de pared, vamos, con una esfera de casi dos palmos, pero lo sentó en el sofá y hasta le puso un cojín. “Somos amigos”, escribió. “Miro el reloj y entre los dos contamos las horas y los días”.

Ana Mari, feliz y apoyada en el capó del Seat 1430, en una excursión familiar al delta del Ebro en los años 70, cuando en el futuro era inimaginable un año aciago como el de la pandemia.

/ Familia Mediavilla

Al principio, claro, Héctor, como un Livingstone, no sabía adónde le llevaría ese viaje. La intendencia no era fácil. Eran las semanas de mayor susto, esas en las que la incertidumbre sobre los canales de contagio era mayúscula. Cada pocos días, Héctor iba a cambiar la carga de fotografías instantáneas y ello comportaba todo un ritual de limpieza de manos y objetos que sería cómico si a la par no fuera trágico por lo que significaba.

A la edad de Ana Mari, la agenda telefónica suele ser un camposanto de lápidas escritas a bolígrafo. Se han ido estos últimos años muchos amigos y, en su caso particular, su hermano, el padre de Héctor, y su marido, David, que, pese a las circunstancias, aparece en las fotos. Sus cenizas las tiene en un jarrón de cristal, algo inusual, de acuerdo, pero a ella ese color le recuerda “las playas de piedras grises de Lanzarote” que tanto le gustaban a su su pareja. No solo eso. Merece la pena reparar en el detalle de la fotografía que tomó. Sobre las cenizas hay algo. “A David le gustaba pintar gorditas simpáticas y mis amigas me regalaron una figura gordita, gordita en biquini de colores, de Botero, así que se la hemos puesto encima de ‘arena’ gris de Lanzarote”.

Las cenizas de David, en el centro, coronadas por una figurita de Botero que le regalaron a Ana Mari sus amigos, y a izquierda y derecha dos instantáneas del confinamiento.

/ Ana Mari Mediavilla

El libro, aunque sobre subrayarlo, tiene algo de material documental para la posteridad, como esas cartas de soldados en el frente que en ocasiones se leen en los documentales sobre cualquiera de las grandes guerras, con la salvedad de que en esta ocasión la trinchera estaba aquí, en cada hogar. Pero ‘Mi tía Ana Mari’ tiene también algo de relato corto de Paul Auster, como ese cuento de Auggie Wren en el que el punto de partida del escritor neoyorquino para construir la historia fue también una cámara, en ese caso robada a un ladrón, con la que protagonista tomaba una fotografía desde la misma esquina y a la misma hora cada día del año, la confluencia de la avenida Atlantic con la calle Clinton, en la novela, y en la calle 16 con Prospect Park West, en ‘Smoke’, la versión cinematográfica de aquella memorable filigrana narrativa.

La calle es el riego sanguíneo de la vida cotidiana. Así lo entendió Auster y, a su manera, también, la tía Ana Mari. “Cuando sale un día radiante, siento envidia de los que están en la calle, pero disfruto desde mis ventanas árboles, bancos, padres con niños, otros con perros y sintiendo cómo se miran entre ellos aunque sea a dos metros de distancia”. El confinamiento, que no se le olvide a nadie, fue algo realmente muy distópico.

El libro será presentado el próximo 1 de julio en la Biblioteca Agustí Centelles del Eixample Esquerra, en cuyo auditorio, dicho sea de paso, se exhibió en febrero del 2020 otras de las maravillas de Ediciones Posibles también premiada ahora con un Arts Libris, ‘Blank’, una mirada sobre el desolador Guernica inmobiliario en que se convirtió Barcelona durante la crisis del 2008. Allí estará, por supuesto, Ana Mari y, también Héctor, de quien estaba en deuda desde el primer párrafo una mirada más paciente.

Es autor de varias inmersiones fotográficas excepcionales. La más cercana geográficamente es la que en 2003 realizó al antiguo cuartel barcelonés de Sant Andreu, desmilitarizado desde 1996 y que cuando Héctor Mediavilla lo visitó era la ‘okupación’ más grande de España y posiblemente en esta categoría la campeona de toda Europa, con más de 1.000 residentes de 33 nacionalidades distintas.

Una niña residente en el Grande Hotel de Mozambique se asoma por una puerta de ese edificio fantasma abandonado en 1963.

/ Hector Mediavilla

Aquella fue una misión documental, dentro de los parámetros de Mediavilla, muy africana, pues en ese continente ha desarrollado este fotógrafo algunos de sus trabajos más radiantes. Por ejemplo, cuando exploró las ruinas habitadas del antiguo Grande Hotel de Mozambique, inaugurado en 1955 como el establecimiento más lujoso de África y convertido en un edificio fantasma desde que cerró sus puertas en 1963.

O, en otro ejemplo, cuando retrató a varias decenas de ‘sapeurs’, esa excentricidad congoleña de gentes que visten como dandis en las calles de Brazzaville, en homenaje a Grenard André Matsoua, un miembro de la etnia ‘bakongo’ que a principios del siglo XX viajó a Francia y y cuando regresó a casa vestido como un elegantísimo ‘parisien’ dejó boquiabiertos a todos sus convecinos, hasta el extremo de que quisieron imitarle, en una broma imperecedera que dura hasta hoy en día.

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Cuatro 'sapeurs' posan para Héctor Mediavilla en Brazaville.

/ Héctor Mediavilla

Al lado de esos y otros trabajos anteriores, ‘Mi tía Ana Mari’ parecerá un proyecto que, de tan íntimo, luce minúsculo, pero no es así. En una sociedad decantada en infantilizar a sus ancianos, el libro, además de estrechar la relación familiar entre Héctor y su tía, es una mirada impagable sobre cómo han sufrido la pandemia quienes tienen ya más pasado que futuro y desean los años que les queden ver crecer, como es el caso de Ana Mari, a su bisnieta, Lima.