Confinamiento domiciliario

Pandemia: un año de la liberación infantil

  • El 26 de abril de 2020 el Gobierno permitió a los menores de 14 años salir a pasear tras 44 días encerrados en casa

  • "¿Se pudo hacer mejor? Sí. Pero no convirtamos a los niños en víctimas. Van a salir de esto más valientes y más resilientes", explica la psicóloga Agnès Brossa

Una niña juega en una calle de Barcelona el 26 de abril de 2020, cuando el Gobierno decretó que los menores podían salir de sus casas

Una niña juega en una calle de Barcelona el 26 de abril de 2020, cuando el Gobierno decretó que los menores podían salir de sus casas / Jordi Cotrina

Se lee en minutos

26 de abril de 2020. Después de 44 días encerrados a cal y canto en sus casas por precaución sanitaria frente a una nueva enfermedad de la que se sabía muy poco, los menores de 14 años pudieron volver a pisar la calle, un derecho que no se quitó a los perros, cuyos dueños tenían bula para sacarlos a pasear en mitad de un confinamiento domiciliario sin precedentes.

 

La primera orden de ‘liberación’ fue, sin embargo, un mazazo para las familias: los niños y las niñas podían acompañar a sus progenitores a realizar tareas imprescindibles: ir a la compra, al banco o a la farmacia. Eran tres actividades de alto riesgo (sitios cerrados y con aglomeración) y la presión hizo reflexionar al Gobierno, que dio un giro de guion. Pablo Iglesias, entonces vicepresidente, pidió perdón a los niños y las niñas y anunció que se les permitía salir a pasear. Lo podían hacer una vez al día y, como muy lejos, a un kilómetro de casa. Estaba permitido que corrieran y que saltaran. Podían llevar juguetes, patinetes y bicicletas. Pero no se podían juntar con otros niños ni tampoco divertirse en los columpios. No hay padre ni madre que no recuerde ese momento de libertad infantil.

El principio de precaución y la intuición científica de que los menores podían ser vectores de contagio porque tocan todo y se mueven mucho -especialmente, los más pequeños- hicieron al Gobierno tomar una medida durísima que hoy se sabe que fue injusta e inútil. La infancia no es supercontagiadora y, además, al aire libre el riesgo de contagio es bastante menor. La evidencia científica ha demostrado que el cierre de colegios -los primeros en echar la persiana- no es una medida de prevención válida para disminuir la incidencia del covid-19. 

El encierro infantil -del que se libraron los niños con necesidades especiales- impidió dos cosas básicas para la salud: el ejercicio físico (un simple paseo al día disminuye las probabilidades de sufrir enfermedades) y la vitamina D del sol. Los niños se tuvieron que conformar con correr por el pasillo de su casa y salir al balcón, en caso de tenerlo. Más allá del presidente de Aragón, el primero en pedir algo de libertad para los críos, ningún responsable político mencionó a la infancia en los discursos oficiales durante el inicio de la pandemia, demostrando que los niños son invisibles para el sistema. El miedo al covid desató la niñofobia y más de una mamá sufrió el grito de algún policía cuando bajaba a la calle para tirar la basura acompañada de su bebé. 

“¿Se pensó en la infancia? No. ¿Se pudo haber hecho mejor? Sí. ¿Se tenía que haber hecho mejor? Desde luego”, explica Agnès Brossa, psicóloga especializada en infancia, adolescencia y familia. Sin embargo, la experta pide no convertir en víctimas a los niños, que son mucho más fuertes de lo que pensamos. Hablamos de niños sanos que pertenecen a familias de clase media, con casas confortables, conexión a internet y sin carencias económicas ni afectivas.

Coautora de 'Compartir la vida educa' (Eumo), Brossa está convencida de que la mayoría de peques van a salir mejores de la pandemia. “Son la primera generación que tienen todo y han tenido que vivir una situación dura. Pero no han ido a una guerra ni han vivido una posguerra. No seamos hiperpadres e hipermadres y no les convirtamos en víctimas. Van a salir de esto más valientes, más conscientes, más flexibles y más resilientes. Ha aumentado su tolerancia a la frustración”, destaca. “No hemos perdido ninguna generación. Si alguien piensa así, entonces, ¿qué pasa cuando un niño tiene una enfermedad y ha de permanecer un tiempo en casa o en el hospital? ¿Es un niño perdido? Para nada”, añade. 

Noticias relacionadas

Vanesa Tobella, psicóloga de niños y adolescentes, reconoce que el confinamiento ha sido una experiencia dura, “pero no tanto para causar un trauma de por vida” en el caso de los menores que han tenido sus necesidades cubiertas. La pandemia ha sido y está siendo una debacle sanitaria, social y económica, pero Tobella reclama mirar cosas positivas. Por ejemplo, el hecho de que las agendas infantiles -habitualmente repletas de actividades- se han desestresado.

Tanto Tobella como Brossa -que trabajan en consulta con menores- aseguran que preguntar a un niño si tuvo ansiedad durante el confinamiento es “una pregunta tendenciosa” porque, obviamente, la respuesta es que sí. En su opinión, la pregunta debería ser más neutra. Por ejemplo: ¿Cómo viviste el confinamiento?. Las respuestas sorprenderían, concluyen las psicólogas.