La crisis de la vivienda

Cinco siglos de desahucios

  • El problema del acceso a la vivienda está documentado desde la antigua Roma y ha sido utilizado con distintos fines a lo largo de la historia

  • Los desalojos han pasado de verse como una consecuencia de la pobreza a ser considerados como una causa

’Desalojo’, pintura de 1887 que recoge el desahucio de una mujer y su hija. Se expone en una galería de arte de Queensland (Australia)

’Desalojo’, pintura de 1887 que recoge el desahucio de una mujer y su hija. Se expone en una galería de arte de Queensland (Australia) / Blandford Fletcher

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La mayoría de los no privilegiados, o por lo menos los que podían pagarse un techo, vivían hacinados en bloques mal acondicionados a cambio de un alquiler exagerado, lo que convertía este tipo de viviendas en una suculenta inversión para la élite adinerada. Lejos de ser un reflejo de la sociedad actual, esta descripción corresponde a la Roma de hace 2.000 años, donde el problema de la vivienda era un síntoma de una desigualdad rampante.

Etimológicamente, la palabra desahucio procede del verbo antiguo 'ahuciar' (dar confianza o crédito) y quiere decir "quitar las esperanzas". Está documentada, por lo menos, desde el siglo XIV. En el inglés 'eviction' procede del latín 'evincere', que significa conquistar. Según el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, los desahucios no son un efecto colateral inevitable de los procesos de urbanización sino el resultado de la intervención humana.

Para el antropólogo Stefano Portelli, el desahucio es una herramienta de conquista que siempre ha existido y que se asocia a políticas de control de la población. El momento que marca la diferencia es el nacimiento de la burguesía: "A nivel histórico lo que más se parece a lo que está pasando ahora se sitúa en la Inglaterra del siglo XVII, cuando se privatizan los espacios comunales y se produce una desposesión brutal de tierras, casas y pueblos que provoca que una masa de gente se tire a las ciudades donde están dispuestos a todo para sobrevivir”.

Primeras revueltas

A mediados del siglo XIX, la acumulación de población desposeída y las primeras revueltas genera en la burguesía un “pánico moral” que dará lugar a grandes transformaciones urbanas hechas a golpes de desahucio. De París a Barcelona, “se esponjaron y vaciaron los centros históricos donde iban a parar los inmigrantes y se crearon barrios periféricos”. A partir de entonces la dinámica siempre será la misma: “Tensión, respuesta en forma de reformas urbanas destructivas y desplazamiento de personas que responden reapropiándose los espacios”.

Para el antropólogo Stefano Portelli, el desahucio es una herramienta de conquista que siempre ha existido y que se asocia a políticas de control de la población

Para Portelli, que pasó años estudiando la demolición de las casas baratas del barrio de Bon Pastor de Barcelona, el caso más flagrante de estas políticas fue el de Estados Unidos. Tras la Segunda Guerra Mundial, se inyectaron una inmensa cantidad de recursos públicos en la renovación de los centros de las ciudades y “miles de personas fueron desahuciadas y amontonadas en cualquier parte”.

Los desplazamientos forzados afectaron sobre todo a la comunidad afroamericana, “que aún se estaba recuperando del trauma de la esclavitud”.  El resultado de estas políticas fue “una cultura de periferias, alienación e individualismo” que llega hasta hoy.

El cuadro de Blandford Fletcher

Los procesos de desalojo de la vivienda habitual están atravesados por la clase social, el género y el origen étnico y los niños son quienes más sufren las consecuencias. En el cuadro titulado 'Evicted 1887', el pintor Blandford Fletcher reproduce el lanzamiento de una mujer viuda y su hija en Steventon, una localidad inglesa cercana a Oxford. El artista narra de manera muy realista una escena que en aquella época se repetía en millones de hogares a uno y otro lado del océano Atlántico.

Después de 134 años, la expresión digna pero apesadumbrada de la madre y la mirada directa y llena de preguntas de la niña siguen impactando emocionalmente en el espectador. También lo hacen ahora algunas imágenes de desahucios que se viralizan a través de las redes sociales, en las que el empoderamiento ha sustituido a la vergüenza.

Protesta ante el desalojo de una familia en Nou Barris, Barcelona, en octubre del 2020.

/ Ángel García

Uno de estos lanzamientos tuvo lugar en octubre pasado en el barrio de Ciutat Meridiana de Barcelona, donde una familia con tres hijos fue expulsada de su hogar cuando ya oscurecía, en pleno estado de alarma por la pandemia y entre fuertes medidas de seguridad. Las fotografías y los vídeos de los niños alejándose de su casa con las mochilas escolares a cuestas causaron tal conmoción que la entidad bancaria propietaria del piso rectificó y les devolvió las llaves. La imagen de los Mossos d’Esquadra aún se resiente de aquel episodio.

La tipología de los desahucios ha variado a lo largo de la historia y, tras la crisis hipotecaria, dominan los lanzamientos de inquilinos que no pueden asumir el alza de precios o que han ocupado pisos vacíos de grandes tenedores a falta de otra alternativa habitacional. También los argumentos de los jueces varían según el lugar y el momento histórico. "La vivienda es a la vez una necesidad esencial y un instrumento formidable de opresión", afirmaba un juez del Tribunal Supremo de Argentina en 1922.

Propiedad privada y función social

En plena elaboración de la nueva ley de vivienda por el PSOE y Unidas Podemos, de momento el Tribunal Constitucional ha anulado la ampliación de la ley antidesahucios catalana alegando cuestiones de forma y también ha admitido a trámite el recurso contra la ley que regula los alquileres en Catalunya, ambas conseguidas tras años de intensa lucha de los activistas por la vivienda.

El impacto que provocan imágenes de desahucios que se viralizan a través de las redes sociales ha hecho que el empoderamiento haya sustituido a la vergüenza

La tensión entre el derecho ilimitado a la propiedad privada y la función social que la Constitución le atribuye a la vivienda genera opiniones encontradas: “Si no hubiera desahucios, simplemente no habría alquileres -afirma el catedrático de Económica Aplicada Francisco Cabrillo-. En España, donde las familias solían invertir en pisos para los hijos, si se entiende que cuando el inquilino no pueda pagar alegará necesidad y no pasará nada se dejarán de alquilar pisos”.

Cabrillo cuestiona que la entrada en juego de las sociedades de inversión inmobiliaria y los fondos buitre haya generado más desahucios, pero sí ve una relación directa entre la oferta turística y la escasez de viviendas. Sin embargo, recuerda que en España ha habido épocas de “mayor escasez” y apunta a los años 50: “¿Qué hizo entonces el Gobierno de Franco? Intervenir el mercado y controlar las rentas de una manera no muy distinta a como se está haciendo ahora. El resultado fue que España se convirtió en el país europeo con menos oferta de alquiler”.

El economista admite que hay un desajuste del mercado porque los salarios no están en consonancia con los alquileres en las ciudades con más población, pero considera que la regulación de los alquileres acabará reduciendo aún más la oferta y subiendo los precios. Desde su óptica, la solución pasa por incentivar la iniciativa privada para construir viviendas y aumentar las ayudas públicas al alquiler.

En el otro extremo, existen enfoques sobre la vivienda que ponen el énfasis en la experiencia de las mujeres. Desde el urbanismo feminista, la arquitecta Zaida Muxí, autora de 'Mujeres, casas y ciudades', rescata uno de los modelos más antiguos: los beguinajes, que se iniciaron en el siglo XIII. “Eran grupos de mujeres que decidían vivir juntas y que acogían a otras mujeres sin dinero -explica-. Formaban comunidades y barrios enteros dentro de las ciudades”.

Modelos de covivienda

Durante el siglo XIX se sucedieron otras experiencias de edificios con espacios comunes que han derivado en los actuales modelos de covivienda donde la propiedad es colectiva. Uno de los proyectos más conocidos es el de La Borda, en el barrio de la Bordeta, que se levanta en un solar cedido por 75 años por el Ayuntamiento de Barcelona.

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Allí donde los lazos comunitarios son más fuertes hay menos riesgo de desahucio: “Este modelo comunitario quizá no sea para todo el mundo, pero el actual tampoco lo es -afirma Muxí-. La vivienda no es el problema de una persona a quien no le ha ido bien en la vida, es un asunto colectivo. Tenemos que dejar de pensar en la propiedad como la única forma de acceder a la vivienda y pensar otras alternativas”.

En las últimas décadas, el enfoque sobre la vivienda está cambiando y los desahucios han pasado de verse como una consecuencia de la pobreza a ser considerados como una causa. El derecho a la vivienda también se está incluyendo en el concepto más amplio del derecho a la ciudad que, más allá de un techo, incluye el derecho colectivo a transformar la ciudad según los anhelos de la mayoría de la ciudadanía.