DERECHO A LA VIVIENDA

Un okupa de L'Hospitalet, "el mejor vecino que podíamos tener"

  • Los vecinos de Ángel, hombre de 65 años que ocupa un piso en L'Hospitalet, firman una carta para pedir al banco propietario de la vivienda que le haga un alquiler social
  • Subrayan su amabilidad, disposición para colaborar con el resto de la comunidad en todo lo que puede ("si está en su mano, te ayuda") y su "voluntad de pagar"
Ángel, hace unos días en el piso que ocupa en L’Hospitalet.

Ángel, hace unos días en el piso que ocupa en L’Hospitalet. / RICARD CUGAT

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Helena López
Helena López

Redactora

Especialista en movimientos sociales y vecinales

Escribe desde Barcelona

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Ángel no había sido nunca muy de gatos, pero ahora cuida los cuatro -"tres gatas y un gato", puntualiza- de su antigua vecina como si fueran suyos. Le hacen compañía, algo de agradecer en los forzosamente solitarios tiempos que corren. Entró en este piso cuando le desahuciaron de su anterior domicilio, en el mismo rellano, después de que la señora, enferma de cáncer, no regresara jamás de su último ingreso hospitalario. Él tenía las llaves porque la antigua moradora le había dejado encargado de cuidar de sus gatos, precisamente, cuando ella se ausentaba. El pequeño piso, en L'Hospitalet, es propiedad de una entidad bancaria desde que la difunta lo entregara en dación en pago al no poder asumir el pago de la hipoteca. "Le hicieron un alquiler social para que pudiera seguir allí", explica Ángel. Eso, un alquiler social, es lo que pide para él. Y no lo hace solo. Cuenta con el apoyo de sus vecinos, que le han escrito -y firmado entre todos- una carta en la que expresan su buena relación con él y piden que le dejen quedarse allí. "Con lo que se ve por ahí, es el mejor vecino que podíamos tener", resume Nidia, su vecina de abajo, mientras sujeta en brazos a su bebé de dos meses. El decreto de prohibición de los desahucios sin solución habitacional aprobado este martes después de meses de presión por parte de los movimientos sociales parecía que le podría dar un balón de oxígeno, aunque finalmente no. Leída la letra pequeña del decreto, este no cubre a personas que ocupen y vivan solas; solo en los casos de que tengan hijos, discapacidad, personas dependientes a cargo o vengan de violencia de genero.

Durante el primer y más estricto confinamiento, cada vez que bajaba a comprar Ángel llamaba su timbre -en aquel entonces estaba embarazadísima- y le preguntaba si necesitaba algo de la calle. "Si tenía la basura en la puerta, que la había sacado para bajarla después, él me la cogía y la bajaba él", prosigue la joven mientras va balanceándose para calmar a su bebé. "No hace ningún ruido. No queremos que le echen. Si le desahucian quedará el piso vacío y a saber quién se mete", concluye la joven, una de las firmantes de la carta, escrita por Rosa, otra de las vecinas, quien conoce a Ángel de toda la vida. Ángel, de 65 años y quien cobra solo la renta mínima, entró a vivir en este piso de la calle de Martorell a los 12. "De niño subía este tramo de escaleras un salto", recuerda mientras se para en el estrecho rellano para tomar aire durante la subida. La mascarilla no ayuda. Los años tampoco.  

"Deberían hacerle un alquiler social. Él tiene voluntad de pagar", añade Rosario, madre de Rocío y también vecina de la finca desde que se casó, hace más de 50 años. "Ángel es buen vecino y cumplidor", subraya Domingo, su marido. Charlan en la reluciente portería del edificio.

De izquierda a derecha, Rosario, Domingo, Rosa y Ángel charlan en el portal / RICARD CUGAT

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De hecho cuando Ángel se instaló de niño en el piso lo hizo cuando su madre, quien enviudó cuando estaba embarazada de él, se casó con otro hombre, propietario del piso en el que ahora vive Nidia. Pero al morir el hombre, propietario, le dejó el piso a sus hijas de sangre, quienes lo vendieron. Entonces Ángel, que había trabajado de carpintero, electricista y fontanero, pero desde hace 10 años no trabaja, se buscó la vida. "Este es el tercer piso en el que estoy de okupa. Del primero, me dieron dinero para que me fuera, el segundo era el ático primera, que dejé cuando me venían a desahuciar y me metí en el segundo, al ver que la señora había fallecido", expone el hombre mientras acaricia a los gatos en el humilde comedor del piso por el que está peleando. Al ático primero, propiedad entonces de otro banco, entró en el 2018, y en su actual hogar, del que prácticamente no sale, en el 2019. "Salgo lo mínimo porque tengo miedo a coger el covid. A mí me ingresan 15 días en el hospital y al volver ya no tengo piso", señala.

De momento no tiene fecha de desahucio. Recibió la visita de una comitiva judicial, pero como la orden estaba a nombre de la anterior vecina, no al suyo, no pudieron ejecutarlo. Pero el objetivo de Ángel, quien acudió a los juzgados a identificarse como el actual ocupante de la vivienda, no es solo evitar el desahucio, sino que, con la ayuda de la PAH, quiere lograr un alquiler social para regularizar su situación; igual que miles de familias en situaciones muy parecidas.