25 sep 2020

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HABLAN LOS MAYORES

La pandemia con ojos de anciano

Cuatro internos en una residencia geriátrica de Barcelona explican cómo están viviendo la situación

"Lo peor es estar encerrados, sin poder salir ni recibir visitas, y ver cómo está todo en el telediario", coinciden

Helena López

Mercè muestra la carta que le ha escrito al ’president’ Torra.

Mercè muestra la carta que le ha escrito al ’president’ Torra. / ELISENDA PONS

Pese al traicionero alzheimer, a sus 82 años Mercè tiene no pocas cosas claras y un bañador por estrenar. "Me encanta ir a playa, pero este año...", explica sosteniendo un papel en la mano. Con la otra, abre por unos segundos la bata verde que la cubre y protege para mostrar un colorido vestido de flores. Además de la playa, le gustan las compras. "Me he perdido también las rebajas", prosigue esta maestra de escuela y enfermera, quien trabajó durante años con infecciosos en el Hospital del Mar. Pese a que lleva dos años en la residencia, antes de la pandemia Mercè Mansilla Navarro estaba acostumbrada a salir con su nuera a hacer todas esas cosas que ahora añora. "Mi hija", puntualiza con insistencia, no por el alzheimer, sino para subrayar lo especial de su relación.

El papel que no suelta es una carta de su puño y letra para el ‘president’ Torra. Le pide una entrevista. Quiere hablar con él y contarle lo que están viviendo en las residencias de Barcelona. Pedirle que les dejen ver a sus familiares. El día 12 de marzo, el día que empezó el primer confinamiento, Mercè cumplía 82 años. No lo pudo celebrar. "Sí celebramos fin de año. Canté con mi hijo una canción del pueblo de cuando era pequeña", prosigue Mercè con una sonrisa antes de ponerse a cantar la canción, feliz recordando aquel día y quizá también su infancia en Aragón, cuando la aprendió.

"Le he escrito una carta al 'president' Torra pidiéndole una entrevista; quiero explicarle lo que sentimos las personas que vivimos en las residencias"

Mercè Mansilla

82 años

Otra de las pasiones de Mercè es la lectura. Su habitación está llena de libros. "Estoy leyendo ahora uno de una escritora que se apellida Becerra", cuenta con orgullo antes de confesar que nunca le gustaron las residencias. "Aquí estamos bien atendidos, nos cuidan, sí; pero a mí nunca me han gustado las residencias, y ahora que no podemos salir ni que nos visiten, imagina… Por eso quiero hablar con Torra. Para que entienda la situación", reitera.

También le gustaría, si pudiera volver a viajar como antes - "Europa la conozco prácticamente toda"-, volar a Estados Unidos, donde vive desde hace más de 20 años uno de sus dos hijos y donde nacieron sus nietos. Eso ya no está solo en manos del 'president'...

El hijo de Joan habla al oído de su padre, el martes, durante la entrevista. / ELISENDA PONS

Joan Bosch tiene 81 años y vive en la misma residencia que Mercè, en el distrito barcelonés de Nou Barris. Pintor, activista vecinal y sindicalista de toda la vida, igual que su mujer, fallecida hace dos años, Joan, un hombre extremadamente afable, dice sentirse prisionero. Estaba en la segunda planta, pero su compañero dio positivo y lo trasladaron a la cuarta. "El aislamiento lo llevo mal. No poder salir ni entrar es duro. Antes yo salía a tomar el café y daba una vueltecita al barrio... Que nos hayan encerrado lo llevo mal. Me siento prisionero. Como en una prisión, igual. Ni puedes salir ni tu familia puede entrar", señala al ser preguntado. Si no, él, siempre discreto, no se queja. "Nos tratan bien aquí -insiste-, pero ¿a quién le gusta vivir encerrado?".

"Menos fachada y más hechos"

Joan es independiente, comía solo, pero su hijo, que vive en el barrio, muy cerca, pasaba a verlo prácticamente cada día, y de la noche a la mañana se quedó aislado, viendo por televisión noticias sobre una enfermedad desconocida y mortífera para la que todavía no hay vacuna. Pasado el estado de alarma, parecía que volvían a ver la luz, pero el rebrote estival en la capital les volvió a encerrar. Este martes su hijo pudo entrar de forma excepcional a la residencia para acompañarle en la entrevista (y hacerle de intérprete, dadas sus dificultades auditivas). 

"A los políticos les diría que menos fachada y más hechos", concluye.

Julia Ambrón habla levantando las manos en la residencia en la que vive. / elisenda pons

Cuando llega su turno, Julia Ambrón entra en la salita de la planta baja de la residencia -con su bata y su mascarilla, como todos- ayudada por un andador del que cuelgan dos bolsas. Una pequeñita, de flores, regalo de la suegra de su nieto, en la que lleva en móvil. "Es solo es para hablar, del resto, no sé", precisa. La otra, más grande y negra, está llena de bufandas. "En esto me he entretenido todo el confinamiento. En hacer bufandas. Esta es para el sobrino de una amiga mía, de Honduras, la chica que me cuidaba antes de entrar en la residencia", cuenta mientras las saca y la muestra. Le hacen encargos, dice. Ahora tiene que hacer una blanca. "Tiempo, tengo, y me entretiene", dice con una mirada pícara tras sus gafas y sobre su mascarilla y con muchas ganas de hablar. 

"El virus ni la noté, lo que noté fue el aislamiento. Al dar positivo me llevaron a la planta de los contagiados"

Francisco Sabadiego 

88 años

El 1 de julio cumplió 85 años. "Mis hijos son unos pesaos, antes del confinamiento cada día venían a verme y a darme una vuelta para que andara", bromea cariñosa. Ahora hablan por el móvil que guarda en la bolsita floreada. "Me asomo a la terraza y nos vemos mientras hablamos por teléfono", relata la mujer, viuda desde hace 24 años. "Al principio mi cuñado me llamaba muy preocupado cuando veía por la tele cómo estaban las residencias en Barcelona, pero yo le tranquilizaba y le decía que no sufriera, que nosotros estábamos bien. Ahora se hace un poco pesado que nos hayan vuelto a encerrar, porque ya sabemos lo que es, pero qué le vamos a hacer…", concluye la mujer, quien afirma con satisfacción que también cose los uniformes de las trabajadoras de la residencia cuando se les estropean. 

Francisco recorre en un pasillo de la residencia El Molí, en la que vive  / ELISENDA PONS

Francisco Sabadiego, residente en el mismo geriátrico, pasó el Covid-19 sin enterarse. "El virus, ni la noté, noté el aislamiento. Al dar positivo me llevaron a la planta de los contagiados", explica con una lucidez aplastante sus 88 años, "Yo salía todos los días, todos los días, todos los días; iba con mi bastón, pero salía todos los días. Entonces, el encierro, ¿cómo lo voy a llevar? Mal, muy mal", se sincera el hombre, quien ingresó en una residencia después de pasar algún tiempo viviendo en pensiones tras separarse de su exmujer.

"He trabajado muchos años en el campo, en mi tierra, en Córdoba, hasta los 41 años, que vine para Catalunya, así que aquí cuido de las plantas. Tenemos un huerto: tomates, fresas, pimientos... y yo no solo me encargo de cuidarlo, también de repartir la cosecha", detalla orgulloso.

Acude también a la cita con un bolso del que saca una carpeta en la que pone su nombre. De ella saca fotografías de su niñez. Del campo, de la mili... Recuerdos. Las visitas son la excepción y hay que aprovecharlas.