04 jun 2020

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Notas de un confinado (4)

La inmensidad del pensamiento

Josep Maria Fonalleras narra su experiencia como confinado después de haber estado en contacto con una persona que tuvo el coronavirus

"Tengo demasiado tiempo y demasiadas cosas para ordenar, y eso me deja indefenso ante la inmensidad donde se ahoga el pensamiento"

Josep Maria Fonalleras

Notas de un confinado. Por Josep Maria Fonalleras,

Sueño que bajo a la calle a tirar la basura y, de hecho, es lo que acabo haciendo. Había restos del rape del otro día y la cosa ya no podía esperar más. Transgredo el aislamiento, sí, pero lo hago con una civilidad extrema. Además, la primera llamada de Salut me dijo "evitar el contacto social". Atravieso el umbral de la puerta, pues, y cojo el ascensor, pero llevo unos guantes de látex y una mascarilla. Dejo la bolsa en el contenedor y aprovecho para dar un paseo, nada, una vuelta discreta para desentumecer las piernas, harto de hacer pasillos arriba y abajo, como en las celdas de las películas de prisiones. Se confirma la percepción que tenía: el mundo han dimitido mientras yo estaba aislado. No tengo contacto social porque no hay nada que contactar. De hecho, es mejor, en estas circunstancias. Si alguien me hubiera visto, tal como ando por la calle, habría podido pensar que el zombi soy yo. No veo a nadie y nadie me ve, y vuelvo a casa.

En los momentos buenos (también los hay) pienso en lo que dijo Fellini, que convendría tomárselo todo como si hubieras venido aquí a hacer el turista. Contemplar, pasear sin rumbo, vivir con la idea de una expatriación temporal, sin permanencia, aquel alejamiento embelesado. En los momentos más críticos, pienso en espirales que te engullen hacia el vacío, pero luego me llega el mensaje de un amigo que dice: "Simeón el Estilita estuvo 34 años en lo alto de una columna, ¿y tú te quejas por 14 días de cuarentena, sentado en el sofá?" Intento evitar el sofá y vivo encadenado al ordenador, pero a veces penetro en él y tengo la suerte de descubrir, por ejemplo, un documental de P.J. Harvey, 'A dog called Money', en el que habla de desconsuelos y de pérdidas.

No sé si me conviene demasiado. Vuelvo a las cosas esenciales, como llegar a la conclusión que no basta con 14 días de confinamiento para que un hombre solo pueda reconstruir una funda nórdica. Desisto y trato de poner orden en otras cosas, pero resulta que tengo demasiado tiempo y demasiadas cosas para ordenar, y eso me deja indefenso ante la inmensidad donde se ahoga el pensamiento. Un naufragio. Trato de entender el concepto de historia de Benjamin, pero al mismo tiempo intento que una escoba se mantenga derecha sola porque parece que la NASA ha dicho no sé qué del eje de la Tierra y que, estos días, las escobas se mantienen en equilibrio y no caen. Funciona. No sé por qué, pero funciona. Me parece que lo incorporaré como una metáfora. No sé de qué, pero será una metáfora. Quizá de lo que se mantiene en pie cuando la tendencia inevitable es la caída.

Otro amigo me dice que tener tanto tiempo no necesariamente es lo mejor para hacer todo lo que querrías hacer con tanto tiempo por delante. Me temo que tenía razón. Releo a Prévert. La historia de un hombre que compra unas flores y, en el momento de pagar, tiene un ataque al corazón y las flores caen al suelo y también el dinero, que se desliza por la calle. Y la florista no sabe por dónde empezar: por el dinero, por las flores o por el hombre que se está muriendo. Debe de ser otra metáfora.