08 ago 2020

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Recuerdos del drama

Explosión en la petroquímica: la casa de los cristales rotos

Una vecina de La Canonja que sufrió el efecto de la explosión del martes vivió un hecho similar hace 33 años

La mujer que huyó de una posible nube tóxica de niña tuvo que escapar esta vez con su madre octogenaria

Óscar Hernández

Juan Gómez y María Jesús Ariza muestran los daños colaterales sufridos en su casa por la explosión en la petroquímica.

Juan Gómez y María Jesús Ariza muestran los daños colaterales sufridos en su casa por la explosión en la petroquímica. / ANNA MAS

Un 'déjà vu' con el miedo en el cuerpo. María Jesús Ariza tenía 7 años cuando de la mano de su madre tuvo que correr escaleras abajo y salir a la calle a buscar refugio el día en que un atentado terrorista causó una gran explosión en unas conducciones de hidrocarburos de la empresa Empetrol en Vila-seca. Fue el 12 de junio de 1987. La onda expansiva destrozó los cristales del piso de sus padres en la N-340, en la entrada de La Canonja (Tarragonès). Este martes a las 18.41 horas fue ella la que tuvo que agarrar a su madre de 82 años y correr a la calle otra vez con el miedo a una nube tóxica en el cuerpo.

"Estaba viendo una película en la tele y de repente el comedor se iluminó de color naranja. Entonces oí dos explosiones y al momento saltaron los cristales en trozos y hasta se levantó una moldura de la pared. ¡Otra vez una explosión en la industria!", afirma que pensó mientras señala los marcos del balcón arrancados y recoge los cristales rotos en compañía de su marido, Juan Gómez, y su madre prepara la comida en la cocina.

"Nos fuimos calle arriba, a casa de mi prima. No podíamos confinarnos porque no teníamos ventanas. Y un mosso al que preguntamos en la calle nos dijo que el aire podía ser tóxico", explica la mujer que ya no volvió a dormir a su casa. "Y todavía hoy nadie del ayuntamiento ni de la Generalitat ha venido a preguntarnos cómo estamos o qué nos ha pasado, y el nuestro es el primer edificio que hay delante de donde se produjo la explosión", añade el marido, indignado por la falta de información.

Clientes debajo de la mesa

Desde su balcón, en el número 44 de la avenida de Pineda, se ve perfectamente la empresa siniestrada, Iqoxe, gracias a la fina nube que generan los bomberos al intentar apagar el fuego. Y también se observan las carpas del puesto de mando avanzado de los bomberos,  a tiro de piedra. "Ahora veremos quién nos paga los daños porque no tenemos seguro", lamenta Gómez mientras su mujer asegura que "dos veces son demasiado" y que ya se plantea marcharse a una casa de su madre en Málaga.

Nada más salir a la calle por su portal, un envejecido burdel de carretera, de los de antes, se mantiene en primera línea frente al polígono químico. Las ventanas también se hicieron añicos y en la fachada se ven marcas de la explosión. Debajo del burdel, que estaba cerrado porque aún era temprano,  hay un bar normal de carretera.  "Estaba con dos clientes. Yo en la barra, de espaldas a la química, y notamos el resplandor y luego dos explosiones. De golpe algo nos empujó y nos tiramos al suelo. Ellos, debajo de una mesa y yo, en el suelo junto a la barra", recuerda aún conmocionada Priscila Kurosué, de 34 años y camarera del bar ubicado bajo el rótulo luminoso de 'club'.

La bola de fuego

A tres kilómetros en línea recta en dirección a Tarragona por la misma N-340, con químicas en el lado mar y barrios humildes en el lado montaña, se llega hasta Torreforta, ya en la capital. Esa fue la distancia que voló la plancha metálica en llamas que saltó del depósito de óxido de etileno que desató el desastre.

"Estaba en el parque con mis tres hijos con una amiga y vimos que el cielo cambiaba de color. Luego, las explosiones y, enseguida, un chuc, chuc, chuc... como las aspas de un helicóptero. Pero era  una bola de fuego que se metió en la casa de un vecino, el que murió", narra Cristina González, de 32 años, justo debajo de la fachada que agujereó el proyectil. "Subí con los niños  a casa y nos quedamos allí hasta que nos dijeron que ya no había peligro", añade, aliviada de poder seguir empujando el cochecito del más pequeño mientras decenas de vecinos lamentan en voz alta la absurda muerte de Sergio, "el de la frutería".