Regreso a la carretera de la muerte

La N236 concentra la tragedia del incendio de Portugal: allí encontraron su tumba 47 de las 65 personas falecidas

Un operario trabaja en la N236, este miércoles.

Un operario trabaja en la N236, este miércoles. / EFE / MIGUEL A LOPES

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GUILLEM SÀNCHEZ / FIGUEIRÓ DOS VINHOS

Los operarios allanan el asfalto que hirvió, estiran el nuevo tendido eléctrico y cambian los quitamiedos. En este tramo de la N236, que une Castanheira de Pera y Figueiró dos Vinhos, ya no queda ningún coche carbonizado. Pero ninguna reparación podrá evitar que la historia la recuerde como 'la carretera de la muerte'. Aquí encontraron su tumba 47 de las 65 personas que intentaban huir del incendio de Pedrógao Grande. Los operarios tampoco podrán hacer nada para arreglar el color del paisaje: un bosque gris de esqueletos de eucalipto.

Este miércoles, quinto día de fuego en Portugal, los bomberos están cerca por primera vez de vencer a las llamas. También hoy ha terminado el duelo oficial de tres días decretado por el Gobierno luso y han comenzado los primeros entierros. Los diarios nacionales dedican muchas páginas a homenajear a las víctimas. En la portada del 'Correio da Manha' aparecen las fotografías de todos los desaparecidos bajo un titular que no pretende mantener ninguna distancia: "Mártires". Por encima de esta palabra, solo hay seis caras, todas de niños.

Recuperar la alegría costará casi tanto como cambiar la vegetación. "Psicológicamente está siendo muy duro", dice Sergio en el restaurante París, situado justo a la entrada de Figueiró, en el punto exacto en el que los agentes de la Guardia Nacional Republicana (GNR) cortaron la N236 el pasado sábado por la tarde. Su cordón policial se convirtió en una línea simbólica -y trágica- porque los que no la alcanzaron son también los que murieron intentando hacerlo. Sergio jugaba a futbol con Gonçalo Conceiçao, el bombero voluntario de Castanheira que perdió la vida socorriendo a una familia atrapada en esta carretera.

El único 'bombeiro' difunto era un hombre "muy fuerte". Por eso jugaba de centrocampista en el equipo de veteranos Os Jolas (los cerveceros). "Era un buen amigo, alguien que nunca decía que no", le piropea Sergio. La mayoría de los bomberos de la zona que ha quemado el fuego de Pedrógao son voluntarios. Gonçalo, padre de un niño de 10 años, trabajaba en un restaurante familiar de Castanheira, que todavía sigue cerrado.

LA LÍNEA DE FIGUEIRÓ

La dueña del bar París posa el dedo sobre la página del periódico cada vez que reconoce la cara de una víctima. Lo hace con demasiada frecuencia. Su dedo se apoya ahora sobre la de Mario Carvalho, un empresario maderero que falleció junto a su sobrino. Mario no era de los que huían del incendio, todo lo contrario. "Se peleó con los policías porque decía que tenía que ir a buscar a su madre. Al final los convenció y le dejaron pasar", explica. Mario logró llegar hasta la casa de su madre y confirmar que se encontraba bien, pero no logró convencerla para que los acompañara de nuevo a Figueiró. Antes de regresar, quiso también acercarse a su aserradero "a guardar un camión". Entonces fue cuando lo atraparon las llamas, a él y a su sobrino. 

Hubo tantas víctimas que se encontraron en la N236 porque esta es la mejor carretera. Y todos creen que sin el humo los que huían habrían llegado a Figueiró. Ese fue el problema, se veía tan poco que varios coches perdieron el control y colisionaron. Formaron embudos y las llamas los alcanzaron. Murieron intoxicados, o directamente abrasados. En cada vehículo viajaba una familia asustada de una aldea cercana. De Vila Facaia, de Sarzedas de Sao Pedro, de Sarzeada do Vasco, Nodeirinho, Pobrais… En esta última, el incendio se ha llevado a 11 de los 30 vecinos.

Eduardo Cunha, de 82 años, vive en Pobrais junto a la casa de un matrimonio fallecido, el que formaban Jaime y Fátima. "Su hijo vino a buscarlos y se los llevó, pero no llegaron muy lejos", explica con otro diario portugués extendido sobre la mesa, abierto por la página que informa del final que encontraron sus vecinos. Eduardo no quiso huir. "Esta casa la construí yo, sobre los cimientos de la vivienda en la que nació mi mujer", matiza para que se comprenda por qué marcharse no era una opción.

UN ACCIDENTE PROVIDENCIAL

El sábado a las siete de la tarde sobre Nodeirinho estaba lloviendo fuego. "Fue horrible, tan horrible, que nos entró el pánico", reconoce Marcos, que sí tomó la decisión de huir. Subió al coche a su hermana Vera, a su abuela María Rosa y a su perro, un labrador que se llama Messi. Chocaron cuando solo habían recorrido unos 30 metros porque el humo era muy espeso y Marcos ni siquiera intuyó la primera curva. 

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Al estrellarse, bajaron del vehículo y corrieron a refugiarse de nuevo a casa. "Si no hubiéramos tenido ese accidente, habría sido peor", razona ahora Marcos con una débil sonrisa. Iban directos a la carretera de la muerte. Y a esa hora ya estaba embozada. Este miércoles va sin camiseta por Nodeirinho y se ha acercado a ver qué hacen los bomberos. Messi está atado dentro de un corral calcinado. Por más calor que tenga, menea la cola cada vez que alguien le hace caso  La abuela María Rosa sigue demasiado preocupada para valorar que sobrevivieron por los pelos. "Estamos en la miseria, no tenemos vino, no tenemos aceite, no tenemos patatas, no tenemos madera, está todo quemado, todo quemado", repite desde una aldea rodeada de campos tan negros como el pelo de Messi.

Manel Costa, otro vecino de Nodeirinho, no tiene ninguna suerte que valorar. Ha perdido a un hijo y a un cuñado. La historia de los dos se parece demasiado a las del resto de víctimas: intentaron huir pero no lo consiguieron. "El humo los mató", dice antes de avisar de que no va a conceder ninguna entrevista. Ha hablado con muchas televisiones "españolas, francesas, alemanas…". "No puedo más", asegura con una mirada en la que no cabe más tristeza.