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Más machista que papá

Uno de cada tres jóvenes españoles considera normal que un chico controle las amistades de su pareja

La escuela, la familia y los consumos culturales de los adolescentes no han logrado una verdadera igualdad

MARÍA JESÚS IBÁÑEZ / BARCELONA

Unas adolescentes muestran sus teléfonos móviles a la puerta de su instituto en Barcelona. 

Unas adolescentes muestran sus teléfonos móviles a la puerta de su instituto en Barcelona. 

Chicos que se sienten con el poder para decidir qué emoticonos debe (o no) utilizar su novia en los mensajes de WhatsApp. O que, si no les gusta, obligan a la chica a retirar la foto que esta tiene en su perfil de Facebook. Los jóvenes de hoy consideran “aceptable” y hasta “inevitable” la denominada violencia de control en la pareja. En esto, las nuevas generaciones son tanto o incluso más machistas que sus padres. “La noticia en este ámbito es que lamentablemente las cosas apenas han cambiado en los últimos años, no nos hemos movido”, constata Liliana Arroyo, socióloga e investigadora en el ámbito de innovación social de la Universitat de Barcelona (UB).

“Hace ya tiempo que, también desde las universidades, se está detectando un incremento de los denominados micromachismos, los pequeños actos cotidianos que perpetúan esta forma de poder de los hombres en relación a las mujeres”, constata Arroyo, “Las relaciones entre chicos y chicas siguen siendo hoy desiguales, pero, eso sí, con el añadido de que ahora las nuevas tecnologías y las redes sociales han multiplicado el efecto”, agrega. Algunas aplicaciones, señala la profesora a modo de ejemplo, “incluso se lo ponen fácil, como el doble ‘tic’ azul de WhatsApp”. Con todo, matiza, “ese tipo de control no es ya exclusivo de los hombres, ya que cada vez lo ejercen más las mujeres”.

Que ha habido un aumento de conductas machistas entre los jóvenes lo dicen también encuestas como la elaborada en el 2015 por el CIS y la Secretaría de Estado de Igualdad, en la que se ponía de manifiesto que un tercio de los españoles de entre 15 y 29 años justifican que un hombre pueda impedir a su mujer trabajar, estudiar o relacionarse con otras personas. También en el 2015, la Macroencuesta sobre Violencia contra la Mujer alertó de que un 25% de las jóvenes de entre 16 y 19 años habían sido víctimas, en algún momento, de acoso psicológico por parte de sus parejas.

NOVIOS MORDAZA

¿Qué explica ese retroceso en los derechos de la mujer, después de décadas y décadas de lucha por la igualdad? ¿Por qué hay todavía novios mordaza? “El problema es que muchas familias mantienen aún pautas de comportamiento -que luego los niños reproducen fuera de casa-, en las que el hombre mantiene una posición de dominio sobre la mujer”, señala Maria Rosa Buxarrais, catedrática de Teoría e Historia de la Educación.

“Y, por supuesto, también están las películas, los videos que miran por internet o las campañas de publicidad”, agrega. Los consumos culturales de los jóvenes (desde los primeros juguetes hasta las novelas románticas adolescentes pasando por los videojuegos) “refuerzan las diferencias de rol entre hombre y mujer”, indica Buxarrais.Y aquí, prosigue la pedagoga, la escuela tiene también una importante función a desarrollar. “Los maestros y profesores han de trabajar con el respeto como objetivo para todos. Que los niños y niñas vean que no somos todos iguales, porque no lo somos, pero que dentro de la diversidad hay que respetar la libertad de cada cuál”, subraya.

Es lo que se intentó hacer cuando, en mayo de 1976, en unas jornadas celebradas con motivo del Año Internacional de la Mujer, se planteó por primera vez en Catalunya que niños y niñas fueran juntos a una misma clase. “Pensamos que así se solucionarían muchas cosas, que acabaría con los estereotipos y conductas machistas… pero resultó insuficiente”, lamenta ahora Mercè Otero, profesora de secundaria e histórica activista del movimiento feminista.

“Unos años más tarde, en otras jornadas en 1985, vimos que la educación en las escuelas seguía siendo androcéntrica, en el lenguaje, en los modelos femeninos que se ponían en clase, en los espacios que se destinaban, por ejemplo, al juego de niños y niñas en el patio”, relata Otero, miembro del colectivo Ca la Dona.

Las leyes educativas que se hicieron en esos años, “en particular la LOGSE”, subraya la docente, apoyaron sin fisuras las reivindicaciones de las feministas, “se primaba la coeducación de forma clarísima”. Pero, una vez más, denuncia, “no hubo recursos ni económicos ni de formación del profesorado”, denuncia Otero, ya jubilada. Ahora, además, con la irrupción de internet y de las redes sociales, el objetivo se ve aún más inalcanzable, coincide.