Salou contra el Saloufest

La juerga universitaria vive una edición tensa debido al rechazo explícito de la Generalitat, el ayuntamiento y los hoteleros

El sector del ocio nocturno defiende sin embargo que el festival es compatible con el perfil familiar de la localidad turística

Participantes en el Saloufest, el miércoles por la tarde.

Participantes en el Saloufest, el miércoles por la tarde. / XAVI MOLINER

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ESTHER CELMA / SALOU

“Mi tesssoro”, silabeaba Gollum dividido entre el poder y el deber. El entrañable personaje de la épica trilogía de 'El señor de los anillos', roto en dos personalidades, bien podría encarnar las reacciones enfrentadas que suscita el festival universitario Saloufest.

Es ya la décimo sexta edición del viaje de fin de curso a la británica -ir de marcha disfrazados, desnudarse con excusa o sin ella y, sobre todo, emborracharse mucho en el menor tiempo posible- a Salou.

Pero, por primera vez, tras quince años de disfraces, nudismo y alcohol, la capital simbólica de la Costa Daurada ha dicho que ya basta. El Ayuntamiento de Salou, la Generalitat y los hoteleros han avisado alto y claro de que los estudiantes no son bienvenidos. La razón que esgrimen: o Saloufest o el turismo familiar.

El ultimatum se ha hecho en bloque y no es un farol. Hay un férreo control policial en la calle, que se intensifica en la zona de mayor concentración de bares, y también se inspeccionan los hoteles que alojan a los jóvenes. Los ayuntamientos de Salou y de Reus (Baix Camp) han vetado el acceso a las instalaciones deportivas municipales a un festival que se promociona como fiesta y deporte.

240 EUROS

Cada saloufiestero paga 180 libras (unos 240 euros) por una semana y por 20 libras extra (unos 25 euros) pueden ir un día de excursión a Barcelona. Lo que individualmente son precios muy baratos, en conjunto suponen cinco millones de euros. Son los cálculos del sector de ocio nocturno y la restauración, agrupado en la Asociación de Empresarios de la zona turística de Salou, y los pocos hoteleros que sí están favor del festival.

El frente institucional contra el festival se nota, para alegría de unos y desesperación de otros. Este año se sabe que han venido unos 2.000 universitarios menos que los 9.500 del año pasado -la empresa receptora, Sol Active Tours, declina detallar cifras-, pero es misión imposible hablar con los auténticos protagonistas.

Los universitarios van en grupos coloridos, languidecen al sol, se tumban en la arena de la playa, ocupan las terrazas de los bares, pero están controlados a rajatabla por los monitores de la organización, I Love Tours. Se entiende que la rigidez de las institutrices inglesas no es ningún mito. Los jóvenes obedecen sin rechistar.

MIRADAS RECELOSAS

En la calle, la policía local vigila que nadie consuma alcohol. Otra cosa es ver a grupos de jóvenes comprando botellas en las tiendas para beberlas más baratas que en su hotel. Tampoco aquí se puede esquivar el placaje de los monitores ni las miradas cargadas de recelo de los estudiantes.

“Están hartos de los periodistas y nosotros también, tenéis que entender que el invierno es muy largo. Se nota que hay menos alegría y a este paso, lo perderemos todo”, se justifica un camarero mientras señala la salida.

Josepa Loos, vicepresidenta de la Asociación de Vecinos Cap Salou, tira un torpedo a la línea de flotación del modelo de turismo familiar: “¿No hay jóvenes en las familias? Se trata de que cada uno encuentre su sitio, desde los bebés hasta los jubilados, pero si quieren un balneario, en la Costa Daurada también hay”.

MULTAS PAGADAS

La primera tanda del Saloufest, justo antes de Semana Santa, fue de 2.000 estudiantes que dejaron un reguero de 46 multas de entre 100 y 300 euros por beber y orinar en la calle. Todas pagadas, según el consistorio, religiosamente al contado y en el acto.

Se nota el aliento policial en las nucas color de fresas con nata de los 3.900 universitarios más que llegaron el lunes y se irán este sábado. Visten igual de desinhibidos, lucen las mismas caras infladas de sueño, se acomodan igual en los bares, las consumiciones se amontonan igual en las mesas y los tragos se beben igual de glotones que siempre. Pero se palpa más quietud y menos estridencia en el ambiente.

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“No roban. Son folklóricos, pero muy educados”. Lo dice Edu, un veterano dueño de dos tiendas en primera línea de Salou. Sospecha que “tanta campaña en contra es para llevárselos a otro sitio, ya veremos qué pasará”. De momento, “se nota menos alegría y la caja también lo nota.”.

Otro empresario, que regenta locales de comida rápida, coincide en que “los que han faltado este año en Salou ya están gastando en otro sitio. Alguien se frota las manos a costa nuestra”. Ay, Gollum.