Ir a contenido

LOS FELIGRESES

Comulgando en el parque

Los fieles con asiento en el exterior de la Sagrada Família vivieron con fervorosa devoción la ceremonia

La emoción se desbordó en el ungimiento y la exhibición de la bula basilical

RAFA JULVE
BARCELONA

«Si te hubieras apuntado de monaguillo, a lo mejor lo podrías haber visto desde más cerca», le recriminó una mujer, muy bien vestida, a su hijo, muy bien vestido, de 10 años. Quién sabe. Quizá tuviera razón o quizá solo lo decía para espolear la vocación religiosa de su vástago. Pero tampoco se podían quejar. Habían logrado una invitación para ver al Papa en las calles que rodean a la Sagrada Família. Eran las ocho de la mañana y caminaban apresurados por la calle de Provença por detrás del padre de la familia y del hijo mayor, que eran los encargados de encontrar el sitio por el que tenían que acceder.

Faltaba más de una hora y media para que Benedicto XVI llegara al templo de Gaudí procedente de la catedral. Hacía un frío que pelaba. Algunos fieles se acurrucaban en la silla. Otros se frotaban las manos y también había quienes cogían fuerzas a base de bocadillos de jamón de York. «Esto va a durar un buen rato. Así que más vale llenar el depósito porque hemos madrugado mucho», advirtió María Vicenta, una feligresa venida de Valencia. «Menos mal que ya falta poco, aunque por el Santo Padre esperamos lo que haga falta», añadió una compañera.

Situados todos en sus puestos, en este caso, en el parque de la plaza de Gaudí, los fieles empezaron a vitorear al Pontífice cuando vieron en las pantallas que el papamóvil salía del arzobispado. Aplaudieron a rabiar a los Reyes cuando aparecieron en la tele y volvieron a corear todo tipo de lemas cuando Benedicto XVI entró en la Sagrada Família.

Las palmas prosiguieron con estruendo en el momento en que Joseph Ratzinger abrió la puerta de la iglesia. Después, las expresiones explícitas de fervor dieron paso al silencio para atender a la homilía. Solo se oyó un tenue «ay, ay, ay» que le dirigió una mujer a su hermana cuando el Papa dijo que «la Iglesia aboga por adecuadas medidas económicas y sociales para que la mujer encuentre en el hogar [aquí hubo un leve parón]... y en el trabajo su plena realización».

Problemas con el opúsculo

Durante la liturgia de la dedicación, los feligreses tuvieron que recurrir al opúsculo que les habían dejado sobre las sillas para poder seguir las diferentes fases. Y no fue tarea fácil, porque el librito tenía las páginas de la izquierda en catalán y las de la derecha en castellano, con lo que a más de uno le costó pillar el truco para seguir la ceremonia. «Mira la pantalla», avisó un niño a un amigo que se había despistado. Benedicto XVI estaba ungiendo el altar con el óleo consagrado, uno de los dos momentos que despertaron más expectación y emoción. El otro se produjo cuando el arzobispo de Barcelona, Lluís Martínez Sistach, mostró la bula papal que otorga el título de «basílica menor» a la Sagrada Família.

El listón de confraternidad y alegría también se elevó a las alturas cuando los asistentes estuvieron tres minutos dándose la paz, cuando hicieron cola para comulgar en el parque gracias a la llegada de varios diáconos -que la gente podía localizar por los paraguas azules que portaban los voluntarios- y cuando el Pontífice salió al portal del Naixement a rezar el ángelus.

Una familia con 9 hijos

«Ha sido muy bello y el ambiente, espectacular, como cuando vas a Fátima o a Lourdes. El problema es que no tendrían que haber hablado tanto en catalán porque esto lo oye todo el mundo», resumió Francisco Tolosana, un vecino de Barcelona nacido en Alcanar (Montsià) hace 70 años. «Hay que aplaudir a monseñor Sistach por el gesto logrado en favor de la identidad nacional», le contradijo la joven Maria Garcia. A pocos metros de ella, Jaume Folqué, su mujer y sus nueve hijos («de entre uno y 17 años») se preparaban para abandonar la zona. «La ceremonia ha sido muy bonita. Sobre la referencia a la familia en la homilía, el Papa no ha dicho nada nuevo. Las familias cristianas sabemos cómo tenemos que actuar», concluyó este director de escuela de Sant Vicenç dels Horts.