El día del libro y la rosa

Sant Jordi 2022 sobrevive a un carrusel de tormentas

  • La jornada empezó de manera espectacular con las calles tomadas por la gente, pero los crueles chubascos impidieron una 'diada' histórica

Primera granizada del último día de Sant Jordi en el paseo de Gràcia.

Primera granizada del último día de Sant Jordi en el paseo de Gràcia. / MANU MITRU

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Elena Hevia
Elena Hevia

Periodista

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“Abril es el mes más cruel, hacer brotar / lilas en tierra muerta / memoria y deseo, remueve / lentas raíces con lluvia primaveral”. La crueldad del mes, tal y como la describe T.S. Eliot en ‘La tierra baldía’, tuvo este sábado, 'diada' de Sant Jordi, ración extra a tenor de las inclemencias del tiempo. Amaneció con el cielo tapado, con una lluvia modesta casi como pidiendo perdón, y a media mañana la gente se había lanzado en tropel a comerse hasta las pepitas de la supermanzana libresca. El engranaje de las firmas, la alegría de los lectores, las colas, nos devolvían una imagen que no veíamos desde 2019, esa exhibición impúdica de ciudadanía feliz, desenmascarada, dándose besos y oliendo las rosas (eso es casi una metáfora porque las rosas de Sant Jordi dejaron de oler hace mucho, pero sirve para retratar el grado de euforia). Para coronar la emoción, se apartaron las nubes y salió el sol.

Las tormentas azotan Sant Jordi y causan destrozos y heridos en Barcelona.

Tan emocionado estaba Javier Cercas recibiendo a sus lectores en un puesto de Paseo de Gràcia que no dejaba de repetir a quien le preguntaba eso que tanto le gusta decir: que Sant Jordi es un "milagro", una fiesta que no tiene parangón en ningún lugar del mundo. "Y para coronar el milagro mira qué sol espléndido hace ahora".

El cielo se desploma

Fue decir aquello y caer una tromba con granizo incluido, la primera de las cuatro oleadas de lluvia que a lo largo de la mañana y la tarde remojaron la ciudad de los libros, no ya cruelmente al modo de Eliot, sino más bien con saña y sadismo. Hacía tanto que se esperaba un Sant Jordi ‘comme il faut’ que no nos merecíamos lo que pasó. El libro es posiblemente uno de los objetos mejor diseñados del mundo, pero tiene un punto débil, el agua. Y agua cayó con saña. Y soplaron vientos que se llevaron algunas carpas de los estands en la parte baja de paseo de Gràcia, creando un caos que necesitó incluso de la intervención de los bomberos.

Muchos libros se echaron a perder, provocando en algún caso lágrimas en la lluvia de alguna librera que contemplaba como se echaba a perder el trabajo de muchos meses. Los toldos de los puestos empezaron a volar por los aires dejando el material a merced de la tormenta. Laura Huerga, editora de Raig Verd / Rayo Verde vio cómo 12 metros lineales de libros se convertían en pasta de papel. Para una editora independiente y pequeña un percance así es algo serio. El Gremi de Llibreters ha valorado que los niveles de participación y ventas han sido similares a los del 2019, antes de la pandemia.

Los gestos de los autores

Entre las diversas imágenes se pudo pudo ver a Jon Sistiaga, que presentaba ‘Purgatorio’, su primera novela, aguantando la carpa con una mano frente al viento con la ayuda de su editor, David Trías, y firmando con la otra. El periodista que cubrió conflictos como los de Afganistán o Irak, aseguraba no haberse visto nunca en una situación parecida.

Carles Porta, uno de los superventas del día gracias a su libro ‘Crims: llum a la foscor’, que forma parte de su proyecto transmedia radiofónico y televisivo (la próxima temporada de la serie se estrenará el 2 de mayo), viendo que sus incondicionales fans pese al aguacero no abandonaban la cola, salió a reunirse con ellos sin importarle quedar empapado. El gesto fue recibido con vítores. Más cauto fue Cercas, quien después de no triunfar como profeta invitó a sus lectores en pleno chaparrón pétreo a acompañarle dentro de la carpa. Es la primera vez que se ha visto una cosa igual en un Sant Jordi, pese a que la lluvia ha sido en muchas ocasiones un invitado indeseado.

El apunte chistoso vino de la mano de Tomàs Molina, hombre del tiempo de TV-3 con libro de Sant Jordi bajo el brazo que a primera hora de la mañana pronosticó que a las 13,30 del mediodía iban finalmente a despejarse las nubes. No fue así y él mismo no dejaba de tomárselo con filosofía guasona cuando se le recordaba el tuit.  

Pero más allá de las reacciones de los autores los que se merecen una mención especial fueron los lectores que aguantaron a pie firme y con paraguas que en la mayoría de los casos no les protegía de la tromba.

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La lluvia en fin ha ensombrecido un día en el que autores, editores, libreros y, especialmente, el público, ha puesto todo de su parte para que fuera grande. La recién llegada normalidad debería habernos llevado a hablar del regreso de los autores extranjeros como Jo Nesbo, Petros Márkaris o Theodor Kallifatides tras la travesía del desierto pandémica. El premio Nobel turco Orhan Pamuk pasó por Barcelona para participar en los diálogos de Sant Jordi pero tuvo que marcharse el viernes camino de París donde tenía otra cita. No quedó muy apenado por no estar en Sant Jordi porque, dijo, mejor no estar si estaba previsto que iba a llover.

Y aunque las inclemencias del tiempo le robaron el protagonismo al acto siempre es bueno recordar que Sant Jordi es una fiesta de muchos rostros, algunos más mediáticos –TV-3 es una fábrica experta en crearlos- otros, no lo son en absoluto, y que uno de ellos, el de la pregonera Imma Monsó en el almuerzo protocolario del Saló de Cent del Ayuntamiento que dio inicio a la jornada. Monsó hizo un encendido elogio de la literatura: “Quiero una literatura sutil y sin estridencias -dijo iniciando una letanía de deseos- que incluía una literatura adulta -incluso la dirigida a los niños-, virgen de censura –incluida la de la corrección política-, resistente a través de los años y que se resista a ser interpretada en clave política, que no busque hacer pedagogía -aunque la haga- y que sea también incómoda”. Fue consciente Monsó que su reivindicación podría parecer anticomercial y anti-Sant Jordi pero dijo que solo concebía “una literatura capaz de crear lectores y no de contar lectores”. Ojalá Sant Jordi dé para crearlos durante todo el año.