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Rincón para sestear en el Lobster Roll Barcelona.

Rincón para sestear en el Lobster Roll Barcelona. / Instagram

Miqui Otero

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A ver, un momento: si yo estoy dormido, ¿quién está escribiendo esto?

Hoy me dispongo a hacer algo imposible. Voy a escribir una crónica de una siesta, siendo yo el que la echa. He escrito sobre sucesos de los que apenas tenía memoria, que había vivido en estados alterados, incluso de eventos soñados, pero jamás sobre algo que he vivido dormido

Uno tiene sus rituales: preparo el cepillo de dientes y los auriculares (no encuentro el antifaz). No me voy de viaje, sino a comer. Hoy iré a una especie de restaurante donde los clientes pueden descabezar un sueñecito en unos cubiles al fondo a la izquierda. 

Soy un fanático de las siestas breves. No tanto de las que proponía Cela (de pijama y orinal) como de las que ejercitaba Dalí: después de comer, cerraba los ojos en una butaca sosteniendo una cucharita de café con la mano, de modo que cuando se quedaba dormido, el clic de la plata en el suelo lo despertaba. Suficiente. 

El lugar donde ofrecen este servicio se llama The Lobster Roll (Muntaner, 22). Es un maridaje más improbable, pero también tan inspirado, como el de los Rápidos donde remiendan zapatos y copian llaves. Comerte un sándwich de brioche preñado de gamba o langosta y luego sestear un ratito. Degusto la clásica, con salsa Conneticut y de la casa (mantequilla y limón), acompañada de chips. 

El invento de la siesta lleva por nombre Napuccino, contracción de Nap (siesta) y capuccino (supongo, vaya), nombre de una microcadena de pequeños rincones para dormir en público. En este caso, es una litera de madera que puedes tapar con persianas para convertirla en un cubículo con su luz tenue, su enchufe y sus cojines convenientemente desinfectados.

Sueñecitos en Ikea y Glòries

Podría ofrecerles aquí un listado de lugares barceloneses donde he abrazado (o he soñado con hacerlo) a Morfeo con ganas: bibliotecas públicas con calefacción en febrero, las tumbonas de la Clariana de Glòries en junio o la sección de sofás (mejor aún, en los simulacros de habitación) de Ikea. Me he dormido, a qué negarlo, en el banco de la estación de Marina a las cinco de la mañana esperando el primer metro. Pero esta siesta pública será madura, civilizada.

Elijo, como en las colonias, la litera de arriba y leo la primera página de un cuento de Chejov: “Andrei Vasilich Kovrin, Magister, estaba agotado y tenía los nervios de punta”. Y luego me pongo los auriculares. De fondo, el hilo musical del local y las conversaciones, cada vez más apagadas. Una sensación uterina, similar a la de sobar en un tren. En mis auriculares, como siempre, un pódcast de ocultismo y teología (uno tiene sus filias narcolépticas) de un señor de Murcia. Elijo el capítulo titulado '¿Confirma la Biblia que existieron los seres humanos gigantes?' 

Aquí es donde debería acabar la crónica, porque ya estoy durmiendo. Y, sin embargo, continúa el tecleo. Soy como esos escritores pedantes que dicen: “Llegados a cierto punto, la novela se escribe sola”. Porque estoy en mi sueño, donde aparece la langosta de Mariscal atracando a Cobi con una navaja mariposa en el Moll de la Fusta (lo juro), pero también percibo las conversaciones de los comensales. Un portazo en el baño me despierta de un cuarto de hora reparador. Le pongo un 8,5, a esta siesta.

No me ha dado vergüenza alguna dormir aquí y, sin embargo, me da cierta aprensión salir ahora con pelo despeinado y pinta de mapache. No me saco los auriculares y paso al lado de la mesa donde una comensal con la boca abierta me mira: “De dónde ha salido este”, dicen sus ojos. De un lugar mejor. Bon profit y bona nit.