Los beneficios de los barros en todas sus versiones (fangos, lodos, arcillas…) han pasado de generación en generación y se utilizan desde hace más de 2.000 años como fuente de bienestar. Los romanos valoraban su capacidad de aportar salud y fuerza y los egipcios se sometían a baños de barro como antiséptico. En la actualidad son muchos los que siguen beneficiándose de sus múltiples propiedades. 

Su propia naturaleza, es decir, su formación durante miles de años por la descomposición en el agua de cientos de plantas, es lo que los convierte en una fuente inigualable de minerales, vitaminas y fitonutrientes.

Dependiendo de su lugar de procedencia, son más o menos ricos en unos u otros minerales. Por eso no todos tienen ni el mismo aspecto ni las mismas indicaciones. Una de las cosas que llama la atención a simple vista, es la gama de colores, que proceden únicamente de su composición. Los más verdosos son ricos en cobre, los rojizos en hierro, mientras que la arcilla blanca, por ejemplo, carece de este mineral. 

Ente los principales beneficios que se le atribuyen a los barros está el de limpiar y purificar la piel, por eso es habitual encontrarlo en forma de mascarillas detoxificantes. Pero también tiene propiedades regeneradoras, calmantes, reductoras (son típicas las envolturas corporales con fangos)… Como son naturales y están libres de químicos, son aptos para tratar pieles con afecciones (dermatitis, psoriasis…) o especialmente sensibles.

Christopher Campbell

A pesar de su origen tradicional, son una tendencia en la cosmética actual, donde las marcas, a sus propiedades naturales, suman las últimas investigaciones, dando lugar a productos muy completos y eficaces para la piel del rostro, el cuerpo, e incluso para el cuero cabelludo. Ya los usaban nuestros ancestros, y los seguiremos usando por el resto de los tiempos.