Se acaban las vacaciones y, llegado el momento de afrontar un nuevo curso laboral, nos preguntamos: ¿es esta la vida que queremos tener? ¿No habrá nacido el ser humano para ser feliz en la playa comiendo sardinas y bebiendo daiquiris? ¿Nos relevará algún día la tecnología y podremos existir en un eterno verano tumbados al sol? ¿Ha sido el estío solo un sueño fugaz?

Son preguntas que se nos plantean cuando volvemos a la rígida dictadura de los horarios y las preocupaciones, cuando nos encontramos inmersos de nuevo en la tristeza masiva del transporte público a primera hora de la mañana, cuando el deseo se da de bruces contra la realidad. Malditos despertadores… Preguntas, en fin, que nos embargan cuando por estas fechas se presenta el síndrome postvacacional. ¿Qué hacer, entonces?

La clave es la siguiente: ante todo mucha calma. Lo mejor para apaciguar a las tristezas septembriles es tratar de adaptarse poco a poco a la nueva situación, por ejemplo, pasando los últimos días de las vacaciones ya en casa, para que el cambio no sea tan traumático como cuando aterrizas justo el último día antes de currar. No hay que apurar tanto.

 

¿Síndrome, trastorno o depresión?

Pero ¿de qué hablamos cuando hablamos de síndrome (y no depresión, como suele decirse) postvacacional? “Es la respuesta emocional que damos a reincorporarnos a la vida cotidiana y al trabajo después de las vacaciones. No sería un trastorno como tal, ni se podría hablar de depresión, sería más bien el conjunto de respuestas negativas, básicamente de tristeza y baja activación, que experimentamos al volver a la rutina”, explica Guillermo Fouce, presidente de Psicólogos sin Fronteras. Vaya, que te da un buen bajón. Un bajón que afecta al 41% de los trabajadores, según un estudio del Grupo Adecco.

Resulta muy recomendable no pasar de cero a cien: “No llegar de viaje e inmediatamente ponerse a trabajar, adoptar los nuevos horarios o hábitos de alimentación progresivamente, no pasar de dormir muchísimo a poquísimo”, apunta el psicólogo. “También es importante relativizar: no idealizar las vacaciones ni minusvalorar lo que aporta el trabajo o el día a día”. Conviene ver las vacaciones pasadas como lujazo que te has dado y no como los buenos tiempos que ya se han quedado atrás. Lo llaman “resaca positiva” y lo cierto es que suena bien, aunque no sea fácil ser tan optimista.

La existencia o no de este síndrome, o su intensidad, depende del carácter de cada uno y también de la naturaleza del trabajo o del grado de desconexión que haya logrado durante el estío. No es lo mismo volver a un trabajo sin perspectivas (o a la incertidumbre y la precariedad del paro) que a un trabajo que nos llena. No es lo mismo volver de un finde en la sierra que de un viaje de un mes por Indochina. El hecho de que el trabajo sea cada vez más absorbente y frenético (y que los robots no nos acaben de liberar) también influye en la intensidad de estas emociones.

 

Contraindicaciones inesperadas

Curiosamente, durante las vacaciones también se pueden producir problemas psicológicos: tenemos tiempo para pensar y la mente que no se ocupa, se preocupa. “Pueden aflorar problemas de relación (por ejemplo, se dan más divorcios) y se puede ser más consciente del tipo de realidad que se vive”, dice Fouce, “es decir puede haber una clarificación”. Podemos descubrir que, cuando nos quitan las distracciones externas, estamos hechos un Cristo por dentro. Cuidado con el tiempo libre.

Una buena alimentación también es importante a la hora la rentrée, sobre todo si uno se ha dejado llevar por las bajas pasiones y cometido excesos veraniegos. “Volver al orden desde el punto de vista nutricional: nada más y nada menos que agrupa lo alimenticio, por supuesto, la logística doméstica, la compra, volver a cocinar con regularidad y activar toda esa serie de artefactos que vamos a necesitar para guardar, congelar, etc”, explica la nutricionista Laura Pire. Un buen lio. 

Una vez más hay que adquirir rutinas (“no hay duda sobre los beneficios de la rutina para la salud”, dice la nutricionista) y tomárselo con calma, progresivamente. “Nada de vida espartana el lunes, primer día de trabajo. Debemos conservar la salida de tarde con una caña o un vino, pero vamos a empezar a cortarnos de comer el pincho, la patatita o el cacahuete”, explica Pire.

Al llegar a casa, cenaremos algo ligero y vegetal: crema de verduras, pescado o alguna buena conserva. Según esta nutricionista, los productos preparados ya no son el enemigo. Hay un montón de soluciones en precocinados que no tienen nada de malo y nos pueden surtir fácilmente para comenzar nuestro plan de ordenar nuestra vida: parrillas de verduras congeladas, cremas de verduras, ensaladas completas… “Son una opción mucho mejor a comer mal”, explica Pire, “a veces parece que o todo es biológico y maravilloso, cocinado por una persona experta con todas las medidas de salud modernas adaptadas a nuestro plato, o no merece la pena molestarse. Pero no es así en absoluto”. 

Otra propuesta sencilla: hacer una comida cada tres horas más o menos, y lo más importante, dejar ese hueco entre tomas totalmente libre de cafés, infusiones o cosas con azúcar. Solamente agua. Que no haya sabores. “Esto descansa nuestro sistema hormonal del desmadre veraniego”, dice la nutricionista, “pasaremos hambre, ruiditos gástricos y sensaciones extrañas durante tres días y luego, a vivir”. Todo resultará más sencillo y podremos pasar a la vida más ordenada, sin la nostalgia de la caña y la gamba.  “Eso sí, no nos olvidemos de ‘veranear’ un día a la semana. Fundamental para la cabeza. Y para el cuerpo, aunque parezca extraño, le viene genial”, concluye Pire.

 

Mantenerse en forma

Por último, toca ocuparse de la forma física, que tal vez hemos descuidado tumbados en la piscina. Una vez más, despacito y buena letra. “Hay que empezar poco a poco, tener paciencia, ponernos algún objetivo realista a corto plazo”, explica la entrenadora y triatleta Isabel del Barrio. “Hay que tener en cuenta que necesitaremos un período de unas cuatro semanas para volver a ponernos en forma como antes, no podemos llegar y a los dos días querer hacer mil cosas”. 

Para vencer la pereza de la vuelta al gimnasio conviene elegir las actividades que más nos gusten y así empezar a disciplinarnos de nuevo. “Es importante también que la gente se deje asesorar por profesionales que les den las pautas básicas”, dice la entrenadora. Lo ideal, según explica, serían hacer unos 150 minutos de ejercicio a la semana y coger hábito: recuperar la rutina es fundamental. Por supuesto, una alimentación sana y equilibrada, como siempre.

Y así, en unos días, habremos superado el inconveniente de la tristeza postvacacional. O, visto de otro modo, nos habremos doblegado de nuevo y con una sonrisa a este sistema alienante y cruel. Hasta las vacaciones que vienen.