Aunque pueda parecer extraño, hubo un momento en que la escultura parecía a punto de perder su lugar preferente entre la bellas artes. Hoy sorprende constatarlo, pero al menos una parte de los jóvenes rebeldes de las vanguardias de la primera mitad del siglo XX rechazaron el arte escultórico por considerarlo un ejemplo sofocante de previsibilidad académica.

En el Reino Unido, esta actitud se ejemplificó en el rechazo a las estatuas de mármol atenienses que forman parte de la colección de Lord Elgin en el Museo Británico de Londres. Los jóvenes turcos del modernismo veían en ellas una manifestación de arte adocenado, con su inspiración religiosa o patriótica, sus anatómicamente idealizadas y su carácter de vacuos adornos sobre zócalo para plazas públicas y edificios singulares.

Por entonces, la escultura estaba siendo eclipsada por la pintura experimental, aunque artistas tan audaces como Henri Matisse y Pablo Picasso exploraron en ocasiones el potencial de las formas tridimensionales sin por ello renunciar al compromiso esencial de dejar las huellas de su personalidad artística sobre un lienzo.

 

 

Sin barreras

También Marcel Duchamp se propuso llevar la escultura un paso más allá. Su polémica e innovadora exploración de las cualidades artísticas de objetos cotidianos (una rueda de bicicleta, un botellero, el célebre urinario con el que conseguió que la trivialidad escatológica entrase, por fin, en los museos) abrió inmensas posibilidades para los escultores radicales. A fines del siglo XX, los escultores habían recuperado su conexión con la modernidad y se sentían libres de desplegar en su trabajo una gama extraordinariamente amplia e impredecible de materiales.

Ahora, como atestigua este libro de manera convincente y vigorosa, los escultores del mañana se niegan a verse limitados de alguna manera por los enfoques tradicionales. La vieja apuesta por el bronce como material escultórico por excelencia ya no forma parte del universo mental de esta nueva generación. En cambio, no tienen miedo de usar alternativas tan frágiles como el vidrio.

La escultura fue en sus orígenes un arte mimético, que aspiraba a la perfección en su intento de imitar a la naturaleza, y sólido, de una fisicidad ‘dura’. Las esculturas se concebían como piezas de arte consistente, pensado para superar la prueba del tiempo. Sin embargo, muchos de los que practican esta forma de arte en el siglo XXI se sienten cada vez más seducidos por la idea de vulnerabilidad. Las imágenes dañadas o destrozadas juegan un papel central en la escultura reciente. Incluso en su forma más monumental, las nociones conmovedoras de fragilidad y pérdida acechan a menudo en la obra, lo que refleja vívidamente la inestabilidad generalizada y la violencia repentina e impredecible que amenaza el mundo que habitamos hoy.

También ha pasado a la historia la tendencia a considerar la escultura como una actividad exclusivamente masculina. Durante el siglo XX, practicantes como Barbara Hepworth y Louise Bourgeois rompieron esta barrera sexista y demostraron que las mujeres podían crear piezas tridimensionales excepcionales y pioneras. Combatieron la hostilidad despectiva de los indignados defensores de la escultura como una búsqueda varonil, y hoy ese prejuicio se considera una aberración del pasado. Las practicantes femeninas están ampliamente representadas a lo largo de este libro y juegan un papel crucial en la ampliación de las posibilidades de la escultura actual.

Las fronteras nacionales restrictivas también han sido en gran medida derribadas. Muchos artistas ahora viven y trabajan en lugares muy alejados de los países en que nacieron. Esa propensión natural al nomadismo creativo enriquece su trabajo y potencia el diálogo estimulante entre escultores de todo el mundo.

Hojeando las páginas de este libro, es fácil darse cuenta de la riqueza de conceptos, aproximaciones y enfoques presenes ahora mismo en el campo de la escultura. Lejos de estar limitado por reglas estrictas, defensivas y pedantes, su potencial parece ilimitado y seguramente jugará un papel cada vez más interesante en el arte del futuro.

100 Sculptors of Tomorrow, de Kurt Beers, se publica a nivel internacional en septiembre.