No estoy seguro de cuándo se empleó el primer recogemigas, pero se ha convertido en un utensilio de primera necesidad para cualquier restaurante formal. En Le Gavroche, usamos una reencarnación moderna del tamaño de un lápiz, pero algunos de los más antiguos que he podido ver son magníficos: fabricados en plata, ornamentados y adornados con detalles preciosos. Con los años, han incorporado mejoras, como un cepillo y, posteriormente, un rodillo. Ahora son más discretos, lo que, a mi entender, es un acierto.

Hay un aspecto ritual en el hecho de que el personal de servicio se acerque a la mesa y hábilmente barra cualquier migaja de comida que haya podido escapar del plato. Aunque creo que algunos restaurantes se exceden en esta labor. A menos que el comensal haya comido pan, no creo que haga falta recoger las migas entre plato y plato. Según mi opinión, solo es preciso después del plato principal. El plato principal marca un momento clave, la transición de lo salado a lo dulce, en la evolución del banquete.

Jack Orton

 Hoy en día cada vez menos restaurantes usan manteles, por lo que el recogemigas no hace tanta falta, pero, por lo que a mí respecta, un humilde recogemigas transmite una sensación de ocasión especial, de distinción, que siempre tendrá un lugar reservado en las cenas.

 

Michel Roux Jr. es chef y propietario del restaurante Le Gavroche, en Londres, que ostenta dos estrellas Michelin.