Imagínense una universidad estadounidense de élite que no solo cubre todos los gastos de sus alumnos, hasta el último centavo, sino que además les paga un sueldo mensual de 525 dólares. Una universidad, por si fuera poca, que ostenta un récord insuperable: al cien por cien de los que se licencien en ella se les asegura un trabajo con un salario anual de 53.000 dólares. Suena bien, ¿no?

Ahora vamos a imaginarnos una universidad que exige a todos sus alumnos que estén despiertos, vestidos, aseados y en perfecta formación cada día a las 6 de la mañana. Un lugar al que se accede después de superar una serie extremadamente exigente de pruebas físicas y psicológicas y que impone a su alumnado la prohibición de consumir alcohol durante los cuatro largos años que dura la licenciatura. ¿Que no te gustan los deportes? Da igual: la asistencia a los partidos de los equipos de la universidad es obligatoria todos los fines de semana, y hay que presenciarlos a pie de campo, perfectamente uniformados y en posición de firmes, aunque llueva, nieve o graniza (cosa que ocurre con cierta frecuencia en este rincón del país).

¿Sigue sonando tentador? Seguro que un poco menos. Desde luego, yo no cambiaría la sucesión de tardes de resaca, siestas y buenas intenciones echadas a perder de mis años universitarios por el régimen de disciplina castrense que se respira en esta escuela.

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Porque, como a estas alturas habréis deducido ya, no estoy hablando de una universidad cualquiera, sino de West Point, la Academia Militar Superior de las Fuerzas Armadas los Estados Unidos de América. El lugar en que se forman los oficiales del ejército estadounidense desde que la institución fue fundada oficialmente por Thomas Jefersson en 1802, aunque la fortaleza de West Point ya existía desde 1778, y en ella se formaron los ingenieros del ejército con el que el general George Washington derrotó a los británicos en la Guerra de Independencia.

En la actualidad, West Point cuenta con 4.000 alumnos que viven y estudian en una enorme extensión de casi 70 kilómetros cuadrados situada junto al río Hudson, unos 80 kilómetros al norte de la ciudad de Nueva York. Se trata de una zona, en el tramo central del valle del Hudson, que disfruta (o más bien padece) un microclima muy distinto del de la gran ciudad, con gélidos inviernos y un paisaje no muy distinto al de los fiordos de Noruega.

 

Élites disciplinadas

Decir que West Point es una universidad de élite no resulta en absoluto exagerado. Para empezar, solo el 9% de los que solicitan una plaza en esta academia consiguen superar las durísimas pruebas de acceso. Además de demostrar una condición física muy por encima de la media, los aspirantes se ven obligados, salvo excepciones, a conseguir la carta de recomendación de un miembro del Congreso. Esta última exigencia dio pie en su día a sonoros (y no siempre infructuosos) intentos de soborno, con sus correspondientes escándalos de corrupción. Ahora mismo, el nivel de escrutinio es tal que dudo mucho que los congresistas se arriesguen a ser sobornados, por lo que casi estoy tentado de creerme que esas cartas de recomendación se conceden basándose más en los méritos objetivos de los solicitantes que en razones "políticas" o "financieras".

Sin embargo, por exigentes que resulten los requisitos de entrada, acceder a West Point suele ser un estupendo negocio para los que lo consiguen. Una vez licenciados, adquieren el compromiso de servir al ejército en la posición que les asignen durante un periodo mínimo de cinco años, pero a partir de ahí pueden aspirar a prácticamente todo: de la academia han salido 18 astronautas, dos presidentes de los Estados Unidos y un considerable número de generales, gobernadores, senadores o miembros del cuerpo diplomático. Gente tan ilustre como el actual secretario de estado, Mike Pompeo, para citar solo un ejemplo muy reciente.

Pero West Point no forma solo a futuros servidores del estado al máximo nivel. En realidad, es una gran escuela de liderazgo, una cualidad que las empresas privadas tienen en muy alta estima. Eso explica la gran cantidad de licenciados en West Point que ocupan cargos directivos en muchas de las principales compañías de Estados Unidos. En un país en el que el ejército tiene una muy destacada presencia en la vida cotidiana, de la compañía de seguros de las Fuerzas Armadas, con cuñas e inserciones publicitarias en televisión, prensa y radio, a los poco menos que inevitables desfiles militares en eventos deportivos de todo tipo, la combinación de “virtudes marciales” y excelencia académica que ofrece West Point resulta muy atractiva en el mundo corporativo.

 

La guarida de los Alfa

Además, aunque en los últimos años la academia ha ganado en diversidad racial, socioeconómica y de género (en realidad, ahora mismo presenta un alumnado más diverso que el de muchos de los centros de la Ivy League), West Point sigue siendo, en primer lugar, una guarida de machos Alfa en la que completan su formación hombres blancos, fuertes, sanos, de buena familia y nacidos para dar órdenes.

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Y no se trata solo de una imagen estereotipada del liderazgo. Recientes estudios parecen demostrar que las cualidades personales que West Point imbuye y desarrolla entre sus alumnos resultan tan útiles en los consejos de administración como en el campo de batalla. En concreto, una investigación de 2016 demostraba que las empresas que contaban con directivos formados en el ejército estaban entre las más rentables del país. Una de las más rentables según su índice bursátil, Johnson & Johnson, tiene como director general a un exalumno de West Point, Alex Gorsky. No es una simple cuestión de rancias costumbres clasistas: al parecer existen razones objetivas para que los licenciados de la academia del valle del Hudson sigan formando parte de la absoluta élite empresarial y política de los Estados Unidos, de Wall Street a la Casa Blanca.

Hace un par de semanas, decidí visitar este último bastión del macho Alfa estadounidense. En una plácida tarde de otoño, conduje en dirección norte para disfrutar de uno de los alardes de masculinidad más rotunda y marcial que pueden disfrutarse en los Estados Unidos de finales de 2019: un desfile militar en West Point seguido de un partido de fútbol americano en el Michie Stadium, un recinto con capacidad para 38.000 espectadores.

La experiencia resultó abrumadora. Werst Point cuida mucho la liturgia. Todo, desde el desfile de los 4.000 cadetes (al que asistieron el secretario de estado y su equipo de seguridad, integrado por decenas de agentes) a la exhibición de paracaidismo acrobático pasando por los cazas de guerra que sobrevolaron el estadio, fue una rotunda manifestación de omnipotencia y orgullo castrense. Al ver los rostros crispados, la tensión contenida y la concentración extrema que se aprecia en los rostros de estos hombres y mujeres de alrededor de 20 años que han asumido ya un compromiso de por vida con los valores marciales, me quedó claro que el estilo de vida que propone West Point no es para todo el mundo.

 

Los plebeyos

Según me cuentan mis interlocutores, la vida aquí es especialmente dura para “la plebe”, el desafortunado nombre con el que se conoce a los cadetes de primer año. Todos coinciden en señalar que el programa de ese curso de iniciación es “exigente” y “estresante”, porque de lo que se trata es de que sirva de filtro, descartando a ser posible en las primeras seis semanas, que se dedican a un programa de entrenamiento básico, a los que claramente “no sirven” para esto.

Cada día, los miembros de la plebe deben estar listos para que les pasen revista a las seis en punto, ni una fracción de segundo más tarde. Y no se trata de ningún trámite, sino de una inspección metódica y, en ocasiones, más bien arbitraria, el primero de los rituales humillantes al que el recién llegado deberá someterse durante la jornada. La horda de indefensos plebeyos obedece en todo momento a la autoridad no solo de sus superiores, sino también de cualquier cadete veterano al que apetezca hacerse servir el desayuno durante una semana seguida (todos comen juntos, en un inmenso comedor abastecido por la que parece ser una de las mejores compañías de catering del mundo) u ordenarles que le hagan un resumen pormenorizado de las principales noticias del New York Times.

La vida cotidiana tiende a mejorar un poco a medida que se van superando los semestres. Pero, durante los cuatro años que dura esta instrucción marcial de élite, no pasa un día sin que los cadetes se vean obligados a hacer frente a alguna alta exigencia de tipo intelectual o físico. Como se afirmaba en un artículo reciente, “los de West Point son los estudiantes universitarios más estresados del país”. Nadie se esfuerza tanto ni le saca tanto partido a su tiempo como ellos.

También deben ser los universitarios que mejor se portan. El Código de Honor de la escuela especifica que todos los estudiantes “deben conducirse con absoluta integridad y decoro, tanto en sus palabras como en sus actos”. Cualquier transgresión a esta sencilla pero intransigente máxima se traduce en la asignación de una serie de puntos de demérito que, al acumularse, equivalen a penitencias físicas con las que los cadetes deben purgar sus pecados.

El castigo más frecuente son los llamados “paseos por el recinto”, que consisten en marchas circulares a paso ligero, con uniforme completo, calzado rígido y el fusil al hombro, que se pueden prolongar durante horas. Delitos tan menores como no haberse atado bien los zapatos o llevar desabrochado un botón de la camisa pueden llegar a castigarse con diez horas de paseo. Transgresiones mucho peores, como beber alcohol o quedarse dormido durante un discurso televisado del presidente, pueden suponer una condena de varios días de marcha, sin más pausas que las necesarias para comer o dormir.

¿Vale la pena someterse a semejante régimen de disciplina y privaciones seguido de cinco años de servicio militar después de licenciarse? Muchos de ellos creen que sí. Que la perspectiva de licenciarse en una universidad de prestigio sin contraer una deuda de por vida, sin estropearse el hígado y sin arriesgarse a ser arrastrados por el fango en las redes sociales, como les ocurre al resto de universitarios del país, lo compensa todo.

¿Qué pasa, en cualquier caso, si te vuelves loco, si no aguantas la presión, si te deprimes o te derrumbas? Seamos honestos: ¿qué prefieres? ¿Pasar cuatro años asistiendo a fiestas desmadradas y atiborrándote de alcohol o sometiéndote a un estricto régimen de jerarquía y disciplina exacerbadas con la promesa de resolver tu futuro a muy largo plazo? Como os decía, West Point no es para todos.