Insultos, malos gestos, enfados, salidas de tono o simples incoherencias terminan siendo una norma habitual entre muchos conductores que sin embargo, en la vida cotidiana, se muestran como personas tranquilas, educadas, respetuosas y pacíficas. ¿Qué es lo que les lleva a comportarse así cuando se ponen al volante? Tal vez sea la sensación de impunidad que ofrece estar encerrado dentro de su vehículo. Esa privacidad les permite soltar toda su rabia y descontrolarse ante situaciones que no pueden dominar.

Mutación sobre cuatro ruedas

El tráfico en las grandes ciudades (y a veces también en las pequeñas) genera una enorme cantidad de estrés y eso puede exasperar a cualquiera. Pero también es cierto que algunas personas ya vienen así de casa, dispuestas a convertirse en un energúmeno a la mínima que les den una excusa. Otros consideran, directamente, al resto de los conductores como enemigos. Por principio. Muy a menudo al volante sale lo peor de cada uno, el sujeto más individualista, antisocial, inconsciente y vehemente.

Fotograma de 'Relatos Salvajes' (2014). Kramer & Sigman Films/El Deseo/Telefe |

Hay personas que pasan mucho tiempo encerradas en su coche, a solas en un espacio reducido, un lugar que en ocasiones es una extensión de su poder, de su estatus o de su personalidad, en el que la intimidad permite hacer cosas que cualquiera no haría, por ejemplo, en un transporte público. Ahí puede dejarse llevar y olvidarse del entorno, de su exposición a través de los cristales, de transformarse en la fiera que lleva dentro.

Para muchos, el coche es su castillo y liberan en él la parte más oscura y negativa de su carácter. Es el momento de desahogarse de las frustraciones, de las inseguridades e insatisfacciones personales, de la ansiedad que genera el día a día. En cierto modo para algunos conductores supone un alivio tocar el claxon en cuanto se pone en verde el semáforo, darle tres gritos al que ha girado sin poner el intermitente o hacer un gesto obsceno al que circula más despacio. Es una liberación que, además, se produce desde el anonimato, ya que nadie sabe quién eres, dónde vives, en qué trabajas, cómo es tu familia…

Una negatividad peligrosa

Esa conducta agresiva e irresponsable influye también en la seguridad vial, ya que aumenta la tensión, favorece la competitividad con otros conductores, distrae de la circulación, provoca una conducción combativa, ya sea a la defensiva porque todos son rivales o provocadora porque el resto son inferiores.

El vehículo representa muchas veces un sustitutivo de nuestra identidad. Todo el mundo es un potencial enemigo, todos son culpables de algo, ellos (el resto) siempre lo hacen todo mal. Y esa visión negativa termina por convertirse en una costumbre y el lado más tenebroso se va apoderando de la persona hasta el punto de terminar siendo un sujeto desconocido para sí mismo e incluso, con el tiempo, para los que viajan abordo con él. Y pasan miedo. Es una transformación en toda regla.

Fotograma de 'Un día de Furia' (1993). Alcor Films/Warner Bros |

Consejos para volver a ser un tipo encantador

Todo esto no es meramente anecdótico, y puede tener consecuencias muy graves, no solo para el propio conductor. Según informes de la Organización Mundial de la Salud, los accidentes de tráfico se han convertido en uno de los problemas de salud pública más graves. Un estudio realizado conjuntamente por BP, Castrol y RACE revela que el estrés al volante aumenta un 28% el riesgo de sufrir un accidente de tráfico, y que estas personas  dejan de ver un 20% de las señales de tráfico y sufren lo que se llama “visión túnel”. Esto es, un ángulo de visión inferior a 70 grados. Como guinda, reduce el nivel de concentración hasta en un 12%.

Hemos recurrido a varios expertos en psicología y seguridad vial para recopilar unas pautas que eviten salidas de tono mientras conducimos. Todos coinciden en que para erradicar estos malos hábitos lo primero que hace falta es la firme voluntad de cambiar. A partir de ahí es posible. Pero hay que saber cómo modificar las pautas de conducta en el coche para suavizar el carácter. Estas son algunas directrices: Reflexión: analizar nuestro comportamiento y marcarse un punto de inflexión. Valorar a nuestros seres queridos: ¿actuaríamos igual si nuestros hijos o nuestros padres estuviesen delante? Seguramente no. Comprensión: cualquiera puede cometer un error, incluso nosotros. Un poco de empatía nunca viene mal. Balance: tras un altercado, ¿cuál es nuestro estado de ánimo, compensa? No hay necesidad de pasar un mal rato. Sensación de ridículo: seguramente hemos presenciado más de una discusión o visto a alguien perdiendo los papeles y entonces hemos sentido vergüenza ajena. Así se nos ve a nosotros cuando somos los protagonistas. El coche es una herramienta: hay que valorar el vehículo como lo que es, un método de transporte, no una prolongación de nuestro ego ni un sistema para dar rienda suelta a nuestras emociones. Di adiós a las provocaciones: es mejor huir de una provocación que caer en ella. Muchos accidentes empiezan así. Cambia de carril, déjale pasar, hazte invisible. Nunca empieces una discusión: da igual si tienes razón o no, de nada vale pelear. Se inteligente y zanja la cuestión. Haz oídos sordos y sigue tu camino.

 

Desde la DGT, a través de su informe Psicología aplicada a la conducción, proponen ser más proactivos para gestionar nuestras emociones al volante. Eso incluye técnicas fisiológicas, como el control de la respiración. “Inhalar lentamente por la nariz contando hasta cinco permitiendo que el pecho y el abdomen se expandan, y luego exhalar por la boca contando de nuevo hasta cinco”, explican los responsables del informe, que también recomiendan a los conductores habituales el ejercicio físico frecuente e incluso practicar mindfulness.

La influencia de la personalidad

El estudio de la DGT también se refiere a cómo influye la personalidad de cada uno sobre su manera de conducir. Existen niveles de inteligencia emocional muy comunes entre los conductores y que se repiten una y otra vez. De los llamados “conductores peligrosos” explican: “Es una personalidad mezclada con una deficiente gestión del estrés e interpretaciones amenazantes de la realidad, en este caso de las reacciones de los demás conductores”, y zanjan: “Es el cóctel perfecto para una respuesta agresiva al volante”.

Algunos expertos delimitan en la llamada “conducción defensiva” a las personas de este grupo se muestran siempre en guardia al volante, pendientes de los demás, de sus reacciones y sus actos. Esto, que en principio es positivo, puede degenerar en una actitud paranoica y miedosa que lleva a una reducción de la velocidad, a transmitir inseguridad y a provocar confusión. El encuentro de alguien así y alguien del primer grupo es una bomba.

Finalmente, la denominada “conducción amable” es la propia de personas inteligentes que actúan de forma tolerante, cooperadora y amistosa.  Permanecen atentas a lo que sucede a su alrededor pero sin provocar tensión ni miedo. Siempre se adelantan a las intenciones de los demás cediendo el paso, permitiendo sus movimientos, comprendiendo sus fallos... En definitiva, es el conductor ideal. Y por desgracia, y vistas las estadísticas de accidentes de tráfico fruto del estrés, no es el más habitual.