Viernes, 15 de julio de 2016

Son más o menos las siete de la tarde. Estoy en mi piso de Taksim, comiendo melón y bebiendo té negro. He venido a Turquía para sentar las bases de un proyecto fotográfico centrado en la crisis de los refugiados. Me he pasado los días caminando por las calles adoquinadas de Karaköy, consiguiendo apoyos y haciendo planes. La humedad de hoy es insoportable. No tengo fuerzas.

Leo un tuit reenviado hace unos instantes por el periodista Borzou Daragahi. Borzou, el fotógrafo Ivor Prockett y el cámara Jeremiah Bailey-Hoover son tres buenos amigos. Años atrás, coincidimos en un cursillo sobre cómo actuar en caso de conflicto bélico en Hereford (Inglaterra). Pasamos una semana preparándonos juntos para experiencias aterradoras. Los tres están ahora mismo destinados en Estambul.

Twitter informa de que el puente del Bósforo y el de Faith Sultan Mehmet están ocupados por tanques. Circulan rumores de un posible golpe de Estado. Los helicópteros sobrevuelan la ciudad, Cuando miro por la ventana, veo la preocupación en el rostro de los que pasan por la calle.  

No hace mucho, yo era un fotoperiodista que cubría acontecimientos internacionales, pero ya dejé atrás esa etapa de mi vida. 

Recibo un mensaje de Whatsapp desde Londres. Es mi hermano. 

"Confío en que tomarás las decisiones correctas en la vida. Aquí tienes a dos hijos pequeños y a tu mujer. Se lo debes a Nimisha, Maya y Sehn: mantente fuera de peligro. Gracias". 

La BBC asegura que acaba de producirse un intento de golpe de Estado. Ya no puedo acceder ni a Twitter ni a Facebook, pero The Guardian y The Telegraph informan de lo mismo. 

Mi madre está al teléfono. Me esfuerzo por tranquilizarla. 

Karpesh Latigra

La historia en tiempo real

Llamo a Nim y acordamos no decírselo a los niños. Me conoce demasiado bien y no me presiona. "Solo ten cuidado", me dice. 

En la mezquita, están pronunciando un tipo concreto de plegaria, el Salat, que suele reservarse para anunciar funerales. Era muy habitual en tiempo de guerra, en la época del Imperio Otomano, pero empezó a resultar menos frecuente tras el establecimiento de la república, no se habían vuelto a escuchar. Su eco resuena en unas calles que, poco a poco, se han ido llenando de una riada de gente que porta banderas rojas. 

Cojo mi cámara y salgo al encuentro de lo que ocurre en las calles. 

En la plaza Taksim, veo una multitud que rodea el Monumento a la República. Kemal Ataürk lo convirtió en símbolo de la Turquía secular, de la separación entre religión y Estado. Me acerco un poco más y veo que la muchedumbre enardecida rodea a un grupo de soldados. Algunos parecen protegerlos, otros están a punto de cargar sobre ellos. Puedo distinguir el miedo reflejado en las caras de esos jóvenes militares.

 

No siento ni miedo, ni entusiasmo, ni adrenalina. Me escurro entre la gente, haciendo fotografías casi por instinto. Los minutos pasan y los helicópteros sobrevuelan el gentío. Hay disparos, dos hombres caen delante de mí. Otros intentan arrebatarles los rifles a los soldados. Hago fotografías con rapidez y eficacia, como solía hacer en el pasado.

Llegan las ambulancias. Oigo que otro fotógrafo dice que un hombre que iba en motocicleta ha disparado a la muchedumbre. Me voy.

De vuelta al piso, descargo las imágenes que acabo de tomar y las envío a un periódico alemán con el que aún conservo relación. Puedo oír cómo los cazas sobrevuelan la ciudad. El zumbido de los aparatos sacude los edificios con tanta violencia que algunos cristales se hacen añicos. 

Kalpesh Lathigra

 

En un impulso

Vuelvo a salir. Un hombre se cuelga de mi solapa y me implora que vuelva a casa. Hay bombas. Es peligroso. Pero yo sigo mi camino. Al llegar a la plaza, veo que ahora hay mucha menos gente. Los soldados han sido arrestados, se los ha llevado la policía. Busco a Ivor. Su perfil de Instagram indica que estaba aquí hace unos minutos. No lo he visto. 

La mañana trae consigo la calma. Recupero horas de sueño y llamo a amigos y familia. Twitter y Facebook ya han vuelto y la gente me ha estado dejando mensajes: "Ponte a salvo".

Mientras tomo una cerveza con Ivor esa misma tarde, coincidimos en lo egoísta que resulta jugarnos el pellejo trabajando en las calles, sin pensar en las consecuencias que podría tener para nuestras familias y nuestros amigos. Las manifestaciones continúan noche tras noche, pero yo no voy a hacer más fotografías. Ya he dicho todo lo que tenía que decir.